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sábado, 5 de agosto de 2023

Feria en Sevilla (1962)




Directora: Ana Mariscal
España, 1962, 86 minutos

Feria en Sevilla (1962) de Ana Mariscal


Pese a que su padre insiste vehementemente en hacer de él una figura del toreo, al joven Rafael sólo le interesa triunfar en el mundo del espectáculo. Entre otras cosas porque posee una voz privilegiada que fascina a cuantos le escuchan cantar. Y así, acompañado de sus inseparables Pepillo (Ángel Ter) y el gitanito Agustín (Juan Salazar, Porrinas hijo), se lanza a la aventura para ver si logra hacerse un hueco en el panorama artístico de la capital andaluza.

Puede que el argumento de Feria en Sevilla (1962) resulte un tanto anodino desde el punto de vista cinematográfico, aunque ya se sabe que este tipo de productos solían estar al servicio del astro de turno que los protagonizaba. Que en este caso no era otro sino Pedrito Rico (1932-1988), «El Ángel de España», como lo apodaron aquí y, sobre todo, en Argentina, adonde cosechó un éxito tan notable que Buenos Aires llegaría a convertirse en su residencia habitual.



Huelga decir que los números musicales incluidos en la cinta destacan por encima de la propia acción, siendo los temas más remarcables (con música del maestro Solano y letra de Ochaíta y Valerio) una versión del "Porón-pon-pon" ligeramente distinta a la popularizada por Manolo Escobar o "La de la Calle Pureza", interpretada en un lujoso escenario por Conchita Bautista, quien da vida a una estrella ya consagrada que responde al sonoro nombre de Cruz de los Reyes.

Y como suele ser habitual en las películas por ella dirigidas, Ana Mariscal se reserva un breve papel, ya hacia el final de la trama, concretamente el de una bella cazatalentos que, ante la imposibilidad de contratar a Cruz, propondrá una suculenta oferta a Rafael para que actúe en el circuito de teatros que posee en América y para la televisión. Declaración de intenciones por parte de una cineasta que, bajo la apariencia bobalicona de esta comedia repleta de tópicos (subrayada por la presencia en el reparto de un Miguel Ligero que lo mismo hace de turco que de representante artístico un tanto trilero), ensalzaba la figura de un artista, Pedrito Rico, hostigado durante el franquismo por su condición de homosexual.



jueves, 29 de abril de 2021

Senda torcida (1963)




Director: Antonio Santillán
España, 1963, 83 minutos

Senda torcida (1963) de Antonio Santillán


Con cada nueva entrega en nuestro particular periplo por la filmografía de Antonio Santillán se van perfilando una serie de constantes en su estilo. De entrada, el especial apego del cineasta madrileño (y barcelonés de adopción) hacia el cine policíaco, género en el que se inscriben la inmensa mayoría de las producciones por él dirigidas. En el caso concreto de Senda torcida (1963), se aprecia de inmediato una idea que, diez años antes, ya estaba presente en Almas en peligro (1952): la preocupación respecto a una juventud descarriada que no va por buen camino pese a haber contado siempre con el amor incondicional de sus padres. Rafael (Víctor Valverde) forma parte, precisamente, de dicho colectivo...

Cuando, durante la cena, la pobre señora se escandaliza por la noticia que su marido acaba de leer en el periódico (a saber: que la policía ha detenido a un individuo responsable de agredir a un sereno para quitarle la pistola), no sabe que su propio hijo, al que ellos creen un santo, se dispone a salir a dar una vuelta por los callejones del Barrio Chino de la Ciudad Condal con la intención de cometer justamente el mismo delito. Y es que el muchacho, cuya novia (Marta Padovan) es una artista de varietés que actúa en El Molino, aspira a llevar una existencia más holgada que la de sus progenitores, beneficiarios habituales de los servicios de Cáritas.



Pero las cosas se precipitan y Rafael, que se ha asociado con un grupo de maleantes sin escrúpulos, emprende la huida en compañía del sanguinario Silvestre (Gérard Tichy) con la esperanza de alcanzar la frontera francesa y así eludir los controles policiales. Mientras, el comisario de turno (Antonio Casas) y el inspector Castillo (Estanis González) intentarán dar con los indicios necesarios para detener al culpable de la espiral de crímenes que están asolando la ciudad.

La excelente banda sonora jazzística del maestro Federico Martínez Tudó aporta el tono ideal a este ejercicio de cine negro en el que el artesano Santillán sigue dando muestras de su pericia a la hora de narrar historias de gansterismo en el contexto de una Barcelona gris y miserable que hoy se nos antoja lejanamente familiar. Con el matiz, en esta ocasión, de una leve influencia hitchcockiana (véase el recurso de unas tijeras que sirven de arma homicida, en clara referencia a la célebre escena de Crimen perfecto) y el poderoso ascendente que puede llegar a ejercer la figura materna sobre la conducta de un criminal. A fin de cuentas, y tal y como se repite en un par de ocasiones a lo largo de la película: "La mejor servidora del hombre es su madre...".



lunes, 1 de junio de 2020

Morena Clara (1954)




Director: Luis Lucia
España, 1954, 91 minutos

Morena Clara (1954) de Luis Lucia


¿Remake o parodia? Bien mirado, esta nueva versión, en desvaído Gevacolor, de Morena Clara, el clásico de 1936 que protagonizara Imperio Argentina a las órdenes de Florián Rey, tenía un poco de ambas cosas. Sobre todo por ese ocurrente introito histórico en el que se repasa la evolución del pueblo gitano desde el Egipto del faraón Ramsés XLV, "de la vigesimotercera dinastía de los Ptolomeos", hasta nuestros días y que, burla burlando, contiene algún que otro comentario abiertamente racista.

Como cuando se detiene en plena Edad Media, coincidiendo con un episodio en el que doña Berenguela, encaramada en lo alto de un torreón y molesta por la prolongada ausencia de su marido (quien se había largado a las Cruzadas dieciocho años antes por no aguantarla), lanza un jarro de agua fría sobre un grupo de ufanos bailaores, origen, según revela la voz en off de Fernando Fernán Gómez, de "la incompatibilidad con la ducha que desde entonces distingue a los calés" ¡Toma ya!



Evidentemente, no debe juzgarse una cinta estrenada a mediados de los cincuenta según los valores vigentes hoy en día. Más que nada porque se corre el riesgo de condenar injustamente lo que en su momento pasó por comedia amable y aun musical folclórico. En cuyo reparto, por cierto, repetían dos de los actores del elenco original: Miguel Ligero, de nuevo como Regalito (si bien ahora, transcurridos veinte años, ya no como hermano, sino en el papel de tío de la protagonista) y Manuel Luna, que cedía su puesto de fiero fiscal al mencionado Fernán Gómez para interpretar al venerable juez don Elías.

Al margen de los tópicos tan cuestionables que explota el filme (la mayoría en torno a la idea de que los gitanos son ladrones, gandules y simpáticos) o una cierta caricatura de la España de pandereta, lo cierto es que el mensaje de fondo no deja lugar a muchas dudas: el amor, que todo lo puede, acaba redimiendo a ambos protagonistas, de modo que Enrique será menos adusto, mientras que Trinidad (Lola Flores), previo aprendizaje trabajando como empleada doméstica en casa del susodicho, será capaz de comportarse (o por lo menos de vestirse) igual que una paya, como si de una versión cañí del mito de Pigmalión se tratase.


sábado, 11 de noviembre de 2017

La luna vale un millón (1945)




Director: Florián Rey
España, 1945, 80 minutos

La luna vale un millón (1945)


L'homme du train, dirigida en 2002 por Patrice Leconte (y que ya tuvimos ocasión de comentar en este blog hace un par de años) planteaba el curioso caso de dos individuos con trayectorias radicalmente opuestas (el uno, culto y hogareño, interpretado por el recientemente fallecido Jean Rochefort; el otro, un impetuoso matón al que encarnaba Johnny Hallyday) que, por diversos avatares, terminan intercambiando sus respectivos modos de vida. Con la particularidad, además, de que el hombre de acción se aficiona al sosiego doméstico del profesor jubilado y viceversa.

Semejante argumento, sin embargo, como casi todo en este mundo, distaba bastante de ser del todo original: muchos años antes, el mítico Florián Rey había dirigido un guion coescrito por José López Rubio y Luis Marquina en el que un rico hombre de negocios barcelonés y un vagabundo de asombroso parecido físico intercambian sus identidades tras un accidente de aviación. Aunque la gracia del equívoco residía, como en el caso del filme francés que antes mencionábamos, en cómo cada uno aprende a valorar en la existencia del otro lo que le falta a la suya.



Así pues, el ejecutivo agresivo que es don Fernando Burgos (Miguel Ligero) regresará transformado de su aventura en la masía de Ripoll, sita en Castell del Mar (provincia de Tarragona), idílico entorno campestre en el que tendrá ocasión de descubrir, de la mano de la bella e inocente Teresa (Leonor Fábregas), que: "Se está mejor aquí: este silencio, esta paz... En las ciudades no se ven las estrellas. Las tapan los anuncios luminosos. Allí no se ve nunca la luna..." Por eso vale un millón: porque en el incesante ajetreo que fue su día a día hasta el momento del accidente acumuló muchas posesiones, pero ninguna riqueza.

En realidad, el mensaje que encierra la película no deja de ser un tanto mezquino, ya que Anselmo, reverso cómico del Segismundo de La vida es sueño, renuncia alegremente a las comodidades que ha podido disfrutar durante unos días en la gran ciudad, para regresar a la apacible pobreza de sus harapos. Vamos: que la situación envidiable es la del mendigo y no el estrés del millonario. Curiosa versión de la aurea mediocritas en plena autarquía franquista...

Anselmo & Fernando: Ligero & Ligero

domingo, 6 de agosto de 2017

Nobleza baturra (1935)




Director: Florián Rey
España, 1935, 85 minutos

Nobleza baturra (1935) de Florián Rey


Por más que se estrenase durante la Segunda República, el ideario que hay detrás de una película como Nobleza baturra desciende, por vía directa, de la más rancia tradición calderoniana. La exaltación religiosa (con escena final ante el altar de la Pilarica) y, sobre todo, el tema de "la negra que llaman honra" así lo acreditan. No hay que restarle méritos, sin embargo, a la soberbia puesta en escena de Florián Rey, con un uso del primerísimo plano que denota la clara influencia del cine mudo soviético, ni al innegable olfato comercial de un hombre que supo sacarle el máximo partido al texto de Joaquín Dicenta hijo. No en vano, de las tres adaptaciones cinematográficas que se llevaron a cabo de la obra (a saber: la muda de Vila Vilamala en 1925 y la versión en color de Juan de Orduña del 65) ha sido ésta la que aún perdura en el recuerdo.

Pero volviendo al conservadurismo que destila la película, encarnado en la idealización del folclore y las costumbres aragonesas, encontramos en ella detalles que ponen de manifiesto un nacionalismo a ultranza. Como el hecho, aparentemente sin importancia, de que Perico (el gracioso interpretado por Miguel Ligero) bautice a su asno con el nada inocente nombre de Abd el-Krim, líder de la insurrección rifeña durante los años veinte. A lo mejor es por eso que éste era, según dicen, uno de los filmes preferidos de Franco.

"¿Es verdad lo que dicen...?"

En cualquier caso, es precisamente el personaje de Perico, tipo que en el cine patrio posterior sería perfeccionado por Paco Martínez Soria y quintaesenciado por Alfredo Landa, el que nos aporta la nota exacta del espectador al que iba dirigida Nobleza baturra: un ser despreocupado y bonachón, orgulloso de su estulticia y decidido defensor del orden establecido. Sin olvidar al padre Juanico (Juan Espantaleón) y su sonrisa beatífica o al trío formado por María del Pilar (Imperio Argentina), Sebastián (Juan de Orduña) y Marco (Manuel Luna). A decir verdad, todo el meollo de la intriga dramática se basa en si han visto saltar a alguien de madrugada desde el balcón de la muchacha, lo cual no puede ser más revelador: el público que fue a ver en masa esta película comulgaba todavía, aunque fuese tácitamente, con planteamientos abiertamente misóginos en lo que a libertad femenina se refiere.

Cierto que la Pilar que interpreta Imperio Argentina es una mujer fuerte, que no se arredra ni ante su padre ni ante el arrogante Marco. Más cierto aún que la película ridiculiza a los murmuradores y comadres que sacan coplas mordaces sobre su reputación. Pero si así fue, ello obedecía más a una voluntad didáctica encaminada a influir sobre la malsana costumbre de la maledicencia entre las clases populares (dorándoles la píldora, a tal efecto, con números musicales) que no a una verdadera defensa de valores vinculados a la modernidad.

"Bien se ve que estás, mañica, de un mañico enamorada".

sábado, 29 de octubre de 2016

El barbero de Sevilla (1938)




Director: Benito Perojo
España/Alemania, 1938, 99 minutos

El barbero de Sevilla (1938) de Perojo


El barbero de Sevilla es una de las películas que en plena Guerra Civil se rodaron en el Berlín nazi con actores españoles y equipo técnico alemán y que sesenta años más tarde serían evocadas en La niña de tus ojos de Fernando Trueba. El argumento, un pastiche inspirado en los personajes de Beaumarchais y en la ópera homónima de Rossini, quizá sea lo de menos, toda vez que la finalidad de este tipo de cine era meramente la evasión: enredos palaciegos, elegantes bailes en lujosos salones rococó (donde lo mismo suenan el Minuetto de Boccherini que la Pequeña serenata nocturna de Mozart), empolvadas pelucas, refinamiento dieciochesco... pero también los ambientes populacheros de un casticismo de cartón piedra que encarna a la perfección la gitana interpretada por Estrellita Castro. A lo que sólo faltaría añadir el gracejo del Bartolo compuesto por Miguel Ligero para obtener el trinomio infalible: ópera, coplas y humorismo.

Un sentido del humor que reflejan los diálogos, trufados de pareados ("Para mí es dicha y honor besar la mano a una flor", dirá el Conde de Almaviva), y secundarios como Alberto Romea, quien da vida al glotón don Basilio:

BARTOLO: El Conde de Almaviva está en Sevilla y, si no está, llegará de un momento a otro. Tantos detalles he pescado, que ya estoy frito. ¿Quiere usted más? 
DON BASILIO: [con la boca llena] ¿Pescado y frito? 
BARTOLO: Sí. 
DON BASILIO: Bueno, que me traigan una barca. 
BARTOLO: ¿Pero usted no piensa más que en comer?

Y, mientras tanto, el pícaro Fígaro (Roberto Rey) lo mismo afeitará barbas que arrancará muelas, escribirá cartas en verso y hará las veces de simpático alcahuete.

"-¿Y si yo fuera a verte? ¿Qué pasaría?
-Que a lo mejor no canto de la alegría".
Roberto Rey y Estrellita Castro

lunes, 11 de enero de 2016

El crimen de Pepe Conde (1946)







Director: José López Rubio
España, 1946, 98 minutos



Secuela de Pepe Conde (dirigida también por José López Rubio en 1941 a partir de un personaje ideado por el dramaturgo Pedro Muñoz Seca), El crimen de Pepe Conde desarrolla en clave humorística un lugar común de la España profunda: lo que Joaquín Sabina llamaría "el señorito que se ríe de los catetos". El señorito en cuestión es el Marqués de Hinojos, quien concibe todo un complejo entramado con el único objetivo de burlarse a costa del ingenuo sevillano. A tal efecto, no dudará en proponer a Pepe un pacto con el mismísimo Lucifer para lograr los favores de la bella Reyes (Antoñita Colomé). Sólo que el supuesto diablo no es más que un hábil ilusionista conchabado con el Marqués para llevar a cabo la despiadada broma.

Se trata de una de las muchas comedias rodadas en la época para lucimiento de Miguel Ligero y la cuarta película producida por Cesáreo González (1903–1968), responsable de una extensísima nómina de títulos, siempre bajo el estandarte de la mítica Suevia Films. La ambientación sevillana y los números musicales folclóricos se combinan con ciertos elementos propios de las historias de terror, lo cual da lugar a una rocambolesca historia que en su día fue premiada por el Círculo de Escritores Cinematográficos.

Otro de los elementos de El crimen de Pepe Conde sobre el que merece la pena llamar la atención es que su protagonista sueña con dejar la pobreza en la que vive y, de hecho, se verá señor de una gran mansión y vestido con elegantes trajes, todo merced al engaño tramado por el Marqués, naturalmente. De todas formas, este delirio de grandeza es habitual en el cine patrio de los cuarenta y no pone de manifiesto sino la tremenda carestía que se estaba viviendo en la España de la autarquía. En ese sentido, hace algunas semanas comentábamos el caso similar de Los hijos de la noche, precisamente también con Miguel Ligero en el reparto.

lunes, 21 de diciembre de 2015

Los hijos de la noche (1939)




Directores: Benito Perojo/Aldo Vergano
España/Italia, 1939, 104 minutos

Los hijos de la noche (1939)


Aquello de "Siente un pobre a su mesa" levantó no poco revuelo cuando Luis García Berlanga se permitió caricaturizar dicho lema franquista, destinado en un principio a tranquilizar conciencias, en su comedia Plácido (1961). Muchos años antes, sin embargo, el mismo régimen daba ya muestras de la misma obsesión caritativa al auspiciar el musical cómico Los hijos de la noche, rodado en 1939 en los estudios Cinecittà de Roma en coproducción con la Italia fascista de Benito Mussolini. Saliendo como estaba España de una cruenta guerra civil, eran habituales este tipo de películas fruto de la colaboración con la industria cinematográfica de las potencias del Eje, entonces países "amigos". Suspiros de España (1939) sería otro ejemplo célebre, rodada en la Alemania nazi y parodiada muy posteriormente por Fernando Trueba en La niña de tus ojos (1998).

Como se observa en este programa de mano, el film no solo
se ambienta en época navideña sino que se estrenó
coincidiendo con esas fechas


El filme que nos ocupa, adaptación de una comedia de Leandro Navarro y Adolfo Torrado con diálogos adicionales del mismísimo Miguel Mihura, fue protagonizado por Estrellita Castro en el papel de la Inglesita y "el as de la pantalla española" (así reza en los títulos de crédito iniciales) Miguel Ligero. La trama, acompañada por la música de (entre otros) Jesús Guridi, es de lo más simple: Navidad. Mientras los ricos burgueses se regocijan en opíparos banquetes, un grupo de míseros pedigüeños se refocila con lo poco que tiene.

El punto de vista adoptado, sin embargo, es el de los parias: no hay más que reparar en que la película arranca en plena Misa del gallo, con Estrellita Castro cantando una súplica al niño Jesús para que la acorra en la adversidad. Lo cual es una forma, por otra parte, de desmarcarse de la burguesía degenerada y decadente subrayando que la Inglesita y los suyos, aunque pobres, son honrados.

Diez minutos largos transcurren hasta que, tras las dos canciones iniciales interpretadas por los pobretones, se da protagonismo al diálogo, ya en la cena de gala. Y, para mayor contraste, se realiza mediante un brindis que no tiene desperdicio: ahí se hace evidente la mano de Mihura, por lo absurdo de las palabras de don Francisco, que se dirige a la atónita concurrencia diciendo que debe matar un toro (??) o una vaca (???). Charo recibe a continuación una lujosa pulsera de diamantes, pero al espectador le ha quedado claro que don Francisco es un personaje de lo más tronado.

Acto seguido volvemos al otro extremo: seis cabezas menesterosas, filmadas en plano Nadir, se reúnen expectantes en torno a la billetera que ha robado Currichi, dejando patente la voluntad de Perojo de incorporar a su narrativa elementos visuales ligeramente vanguardistas. Pero poco dura la alegría en casa del pobre: el billete que contiene es falso, con lo que, a pesar de la euforia y el chotis, el suculento ágape se desvanece en cuestión de segundos para, acto seguido, ser expulsados de la taberna de Venancio y devueltos a la cruda realidad de chabolas, hambre y chinches.

Piruli y la Inglesita registrando la billetera de don Francisco


Tras un frustrado intento inicial de sustraerle la cartera a don Francisco (Alberto Romea), ambos bandos llegarán a un acuerdo de conveniencia. Tres de los desharrapados se instalarán en la mansión del susodicho con la finalidad de hacerse pasar por sus hijos y así continuar engañando a su hermana doña Irene (Hortensia Gelabert), que ha estado enviándole cuatro mil dólares mensuales a don Francisco desde EE.UU. a cuenta de sus supuestos sobrinos y que ahora regresa al cabo de veintidós años.

Puede imaginarse la cantidad de equívocos que generará esta farsa, con el divertido trío de pícaros intentando aparentar lo que no son y su a marchas forzadas proceso de aprendizaje, asistidos por el mayordomo Severo (nunca mejor dicho, con semejante nombre).

De izquierda a derecha: Pedro Fernández Cuenca (Severo),
Miguel Ligero (Currichi), Estrellita Castro (Inglesita) y Julio Peña (Piruli)


Ya en la imponente mansión de la calle Velázquez, Perojo volverá a dar rienda suelta a su inventiva: uso de la cámara rápida (adelante y atrás, el trío protagonista sube y baja las escaleras), la ropa y los zapatos relucientes que cobran vida y se desplazan hasta acabar colocados en sus nuevos dueños o la imagen de Estrellita Castro reflejada en varios espejos al tiempo que entona una de sus canciones.

En resumidas cuentas, ni en el año 39 estaba el horno patrio para muchos bollos ni Los hijos de la noche es Les enfants du paradis, pero, con todo y a pesar de lo superficial del rancio y paternalista mensaje que de ella se desprende (ni rastro de explicaciones ahondando en las posibles causas de la pobreza: basta una tía ricachona para redimir a los tres hampones), la película alberga sorpresas que están sin duda esperando a ser redescubiertas.

lunes, 15 de junio de 2015

La verbena de la Paloma (1935)




Director: Benito Perojo
España, 1935, 78 minutos

La verbena de la paloma (1935)


Estrenada en tiempos de la Segunda República, la versión que llevó a cabo Benito Perojo de la célebre zarzuela compuesta por Ricardo de la Vega (libreto) y Tomás Bretón (música) supo captar a la perfección el espíritu festivo de la misma. Los tipos, los ambientes populares, la esencia del Madrid castizo de organillos y chulapas de 1893 quedan estupendamente retratados en el filme. 

El actor Miguel Ligero (1890-1968), una celebridad en el cine español de los años treinta, fue el encargado de dar vida a don Hilarión el boticario y no sería la última vez, por cierto, ya que, en 1963, volvería a interpretar al mismo personaje en la adaptación de Sáenz de Heredia.

De entre los otros secundarios, también es destacable, por lo deliberadamente grotesco de su caracterización, Dolores Cortés en el papel de la bigotuda tía Antonia, la casamentera con la que viven las hermanas Casta y Susana.

Lo demás es de sobras conocido y forma parte de nuestro acervo cultural: el honrado cajista Julián que bebe los vientos por la ingrata Susana; el bueno de don Hilarión debatiéndose entre "una morena y una rubia"; la siempre afable "señá" Rita consolando y aconsejando a Julián...