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martes, 16 de abril de 2024

Pájaros (2024)




Director: Pau Durà
España/Rumanía, 2024, 100 minutos

Pájaros (2024) de Pau Durà


Los azares del destino unen a dos granujillas de medio pelo cuyas respectivas existencias parecen marcadas por una fatal tendencia a la mediocridad. Y lo cierto es que, aunque en el fondo no son malos tipos, la mala racha que ambos atraviesan hace ya tiempo que se cronificó. Uno (Javier Gutiérrez) se halla en trámites de divorcio y más o menos va trampeando para salir adelante con lo que gana como empleado en un garaje; el otro (Luis Zahera), tartamudo y convaleciente de no se sabe muy bien qué percances, irrumpe de improviso en el parking para proponerle al primero un viaje imposible hasta los confines de Europa...

No cabe duda de que Pájaros (2024), original y políglota road movie a cargo del alcoyano Pau Durà, hace honor a su título al convertir en protagonistas a este par de pobres diablos, entrañables a causa de esa misma condición de perdedores con un ligero toque romántico. Algo que, hasta cierto punto, entroncaría con el personaje central de Formentera Lady (2018), ópera prima de Durà en la que Pepe Sacristán se metía en la piel de un veterano jipi trasnochado.



Por otra parte, el hecho de que la cinta sea una coproducción con Rumanía justifica el que Colombo y Mario, que así se llaman los interfectos, atraviesen varias fronteras en busca de unas grullas que no son sino el macguffin necesario para que la acción avance. A fin de cuentas, como eso de contar mentiras se les da muy bien a los dos, tampoco sorprende demasiado que el interés de Mario por la ornitología obedezca finalmente a un ajuste de cuentas con su pasado en el que se mezclan cuestiones sentimentales y/o económicas en torno a una cuantiosa indemnización.

Correcta, aunque sin pasarse, la cinta que nos ocupa (tercera incursión de Durà en el largometraje) adolece, sin embargo, de inexplicables incoherencias a nivel de guion. Así pues, no acaba de entenderse por qué Elisabetta, el personaje interpretado por la italiana Teresa Saponangelo, desaparece tan pronto de escena si su influjo sobre Colombo pudiera haber sido determinante. O qué decir de la mitificada Olimpia (Diana Cavallioti) una vez que los aventureros culminan en Constanza su largo periplo: ¿acaso el reencuentro no queda un poco en agua de borrajas? De lo que cabría deducir si, pese a lo que digan ellos, tal vez hayamos asistido a una huida (hacia adelante) de estos dos troneras más que a una verdadera búsqueda.



domingo, 23 de febrero de 2020

Crulic, camino al más allá (2011)




Título original: Crulic - drumul spre dincolo
Directora: Anca Damian
Rumanía/Polonia, 2011, 73 minutos

Crulic, camino al más allá (2011) de Anca Damian


Un ciudadano anónimo es acusado injustamente por la maquinaria del Estado de un delito que no ha cometido. Parece el argumento de una película de Hitchcock, pero es lo que le ocurrió al súbdito rumano Claudiu Crulic durante su estancia en Polonia. Uno de esos casos en los que, inexplicablemente, todos los elementos parecen conjurarse en contra de un inocente, hasta el extremo de dejarlo morir en la cama de un hospital tras noventa días de huelga de hambre.

Tal y como arranca su historia, contada en primera persona por el interfecto, resulta fácil acordarse del inicio de Sunset Boulevard (1950), si bien, llegados al ecuador del relato, se introduce otra voz en off, neutra, que explica en inglés los pormenores de la instrucción.



Con un estilo a medio camino entre la acuarela, el stop-motion y el collage, la cinta se inscribe en la misma corriente artística que otros filmes de animación como Vals con Bashir (2008) de Ari Folman o La montaña mágica (2015) de la propia Anca Damian.

Y todo con ese aire de denuncia tan propio del cine político que pretende sacar a la luz las arbitrariedades cometidas por el consulado rumano en Cracovia y el equipo médico que "atendió" al paciente. La sombra de Kafka planea sobre el relato de unos hechos cuyo desenlace fatídico no pudo evitarse pese a las cuantiosas cartas escritas por Crulic desde su celda.


lunes, 31 de julio de 2017

Sieranevada (2016)




Director: Cristi Puiu
Rumanía/Francia/Bosnia/Croacia/Macedonia, 2016, 173 minutos

Sieranevada (2016) de Cristi Puiu


Quizá algún despistado crea que la acción de Sieranevada transcurre en una estación de esquí o que se trata de una peli sobre guiris que pasan las vacaciones en Andalucía. Pero no: estamos ante un intenso drama familiar, de casi tres horas, rodado en Rumanía, aunque con vocación universal. Y su director y guionista, Cristi Puiu (Bucarest, 1967), opta en varias ocasiones por situar la cámara a distancia, con alguno de los actores incluso fuera de campo. Una caligrafía que recuerda, por momentos, a la de un Haneke, pese a tratarse de cineastas bien distintos.

El viejo Emil ha fallecido y sus familiares y allegados se disponen a honrar la memoria del difunto con un banquete. Si, ya de por sí, este tipo de celebraciones suelen acabar como el rosario de la aurora, tanto en el cine (no hay más que recordar la genial Un conte de Noël [2008] de Arnaud Desplechin) como, sobre todo, en la vida real, ¿qué decir de un pequeño apartamento en el que se darán cita nostálgicos del régimen comunista, partidarios de la monarquía y de la Iglesia Ortodoxa, adúlteros confesos, defensores de la teoría de la conspiración durante el 11-S, médicos, un militar, un profesor de matemáticas y una yonqui croata?



Lo fácil sería concluir que se trata de una visión alegórica de la historia reciente de Rumanía, en la que la vivienda representa al país y los comensales a las sucesivas generaciones y clases que integran aquella sociedad. Así pues, cuando la anciana vecina (antigua miembro del Partido) comenta horrorizada que, en vida del difunto, jamás se habría permitido tamaño escándalo, es plausible pensar en una alusión velada al dictador Ceaușescu. O interpretar el ansiado viaje a Tailandia que proyecta la mujer de Lary, así como la discusión inicial en el coche a propósito de un disfraz Disney para la hija de ambos, bajo el prisma paródico de lo mal asimilada que está la economía de mercado por parte de unos individuos a los que el capitalismo hizo más horteras pero no más libres.

En cualquier caso, y ahí reside el mérito, uno puede obviar el contexto local y dejarse llevar únicamente por una lectura en la que prime lo humano por encima de todo. A fin de cuentas, los piques entre primos, hermanos y cuñados, con unos y otros metiendo cizaña y recriminándose mil y una perrerías, son un manido lugar común de alcance global, lo mismo en Bucarest que en Barcelona.


lunes, 27 de marzo de 2017

El molino de la fortuna (1957)




Título original: La 'Moara cu noroc'
Director: Victor Iliu
Rumanía, 1955-1957, 105 minutos

Viernes 24 de marzo

El molino de la fortuna (1955-57)


Dentro de la Muestra de cine rumano prevista entre marzo y abril, la Filmoteca de Catalunya proyectaba esta tarde La ‘Moara cu noroc’ (El molino de la fortuna), adaptación en blanco y negro de la novela corta homónima de Ion Slavici, todo un clásico de la narrativa decimonónica en el país de los Cárpatos, que dirigiera en su día el cineasta Victor Iliu.

Un poco como sucedía en L’auberge rouge (1951) de Claude Autant-Lara, aunque desprovisto de la carga satírica de aquélla, la posada en la que tiene lugar la acción se acabará convirtiendo en un espacio en el que codicia y cobardía se dan la mano.

Su protagonista, el apocado Ghita (Constantin Codrescu), representa al típico pusilánime: un hombre que, ávido de riquezas, se deja comer el terreno por su antagonista, Lica Samadaul (Geo Barton), seductor bandolero de tintes diabólicos, encarnación del mal absoluto y macho alfa acostumbrado a salirse siempre con la suya.

Viendo bailar a Samadaul al son de la enloquecida cadencia de los violines cíngaros uno llega a comprender que Ghita se sienta intimidado, tal es el brío y la fascinación que transmite este rufián de satinado mostacho negro. Es más: buscando su amparo, el posadero no consigue sino vender su alma al diablo, junto con la hacienda y la esposa. Una progresiva capitulación que, a nivel visual, tendrá su mejor equivalente en la voracidad de las llamas que devoran la fonda en el plano final.