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viernes, 23 de julio de 2021

¿Crimen imposible? (1954)




Director: César Fernández Ardavín y Ruiz
España, 1954, 98 minutos

¿Crimen imposible? (1954) de César Ardavín


Una música a lo Rajmáninov (en realidad es del británico Charles Williams) ilustra los títulos de crédito iniciales de ¿Crimen imposible? (1954), sobrio ejercicio de intriga policíaca, escrito y dirigido por César Ardavín, que partía de una premisa muy similar a la de la novela Le Mystère de la chambre jaune (1907) del francés Gaston Leroux: el exitoso escritor Eugenio Certal (Gérard Tichy) aparece muerto en el interior de su vivienda a consecuencia de un disparo por la espalda. Circunstancia del todo inexplicable, ya que la puerta se hallaba cerrada por dentro, el arma homicida aparece muy lejos del cuerpo de la víctima y un único casquillo de bala se encuentra en el rellano.

Hasta el lugar de los hechos se desplaza el inspector Basante (José Suárez), célebre por poner en práctica unos métodos un tanto sui géneris que no merecen la aprobación de sus superiores. Pero, aun así, éste se hará cargo del caso con el firme propósito de descubrir al asesino, lo cual le lleva a iniciar una serie de interrogatorios que, a nivel narrativo, se traducen en los consabidos flashback que ayudan a reconstruir las horas previas al crimen.



Llama la atención, asimismo, la particular sangre fría de la que hacen gala los dos agentes que velan el cadáver del novelista mientras no llega el juez al apartamento, uno echándose una siesta en el sofá y el otro, más glotón, asaltando la nevera del finado y dando buena cuenta de los víveres que allí encuentra. Nota humorística, tirando a corrosiva, que alcanza su punto álgido cuando se presenta de improviso la empleada doméstica (Irene Caba Alba) y el agente le comenta, con la boca llena y untando paté en el pan: "Prepare el serrín: la sangre mancha de una manera especial, ¿sabe? Se lo digo por experiencia. Sé mucho de estas cosas".

Al margen de las convenciones habituales del género, lo más destacable de la trama es el juego a dos niveles entre ficción y realidad. Hasta el extremo de que las distintas versiones aportadas por los declarantes se acabarán confundiendo con el argumento de las novelas del difunto Certal e incluso con la vida privada del propio inspector Basante. Curioso rompecabezas, muy en la línea de los cuentos de Cortázar, en el que lo de menos es dar con el culpable.



viernes, 23 de octubre de 2020

La trastienda (1976)




Director: Jorge Grau
España, 1976, 102 minutos

La trastienda (1976) de Jorge Grau


La trastienda feroz a la que alude el título de esta película mítica no es otra sino la provocada por la doble moral de una sociedad hipócrita que practica los vicios privados con la misma soltura con la que presume públicamente de sus virtudes. Porque ése es, y no otro, el verdadero tema de un filme que ha pasado a la posteridad por contener el primer (y fugaz) desnudo íntegro femenino del cine español. Lo cual terminaría eclipsando el auténtico interés de una historia centrada en el dilema interior que atenaza a un respetable cirujano pamplonica, miembro supernumerario del Opus Dei, cuya estabilidad familiar y matrimonial se verá seriamente amenazada cuando se cruce en su camino una joven enfermera hacia la que se siente irresistiblemente atraído.

Dotada de una fuerte impronta documental, pues buena parte del metraje recoge imágenes reales de la celebración de los sanfermines, La trastienda (1976) supuso el regreso de Jorge Grau a un cine más sociológico —en la línea de las anteriores Noche de verano (1963), El espontáneo (1964) y Una historia de amor (1967)— tras sus incursiones en el género de terror con Ceremonia sangrienta (1973) y No profanar el sueño de los muertos (1974). Fue, además, la antesala de lo que acabaría denominándose destape, amén de una de las cintas que mejor captaron la decadencia de los ambientes pequeñoburgueses durante el tardofranquismo.



Sin embargo, el planteamiento de los hechos adolece de un cierto maniqueísmo que se refleja en la poca profundidad psicológica de unos personajes comme il faut, típicos representantes del puritanismo provinciano que precisamente se pretende cuestionar. A este respecto, el doctor Navarro (Frederick Stafford, quien actuara a las órdenes de Hitchcock en Topaz) aparece caracterizado como lector asiduo del Camino de Escrivá de Balaguer, mientras que su "desconsolada" esposa (la italiana Rosanna Schiaffino) se la pega con uno de los amigos de la pareja. Aunque cuando el entorno del médico descubra los escarceos de éste en compañía de la rolliza Juana (María José Cantudo) reaccionará airadamente pese a practicar los mismos e incluso peores pecados en la intimidad.

Fariseísmo que hoy se nos puede antojar de lo más ingenuo, pero que en aquel contexto histórico hizo correr ríos de tinta (con nota incluida del Episcopado) a propósito de lo que se consideraba toda una osadía, consecuencia de las nuevas (y algo más permisivas) normas de calificación cinematográfica que se habían aprobado en febrero del 75. "No es la película de la apertura, es la película de la libertad", anunciaban los carteles publicitarios de lo que acabaría siendo un sonado éxito de taquilla. Y es que, para aquel entonces, apenas transcurridos algunos meses tras la muerte del dictador, la represión en materia carnal había alcanzado tales cotas que resultaba tentadoramente fácil confundir la morbosidad con el incipiente advenimiento de la democracia.



domingo, 12 de julio de 2020

Diego Corrientes (1959)




Director: Antonio Isasi-Isasmendi
España, 1959, 98 minutos

Diego Corrientes (1959) de Isasi-Isasmendi


Sierra Nevada, 1778... La acción arranca con un gran plano general de las montañas, entre cuya inmensidad la cámara detecta la presencia de un jinete. Al acercarse, se distingue la efigie del famoso bandolero que da título a la película: Diego Corrientes (1757-1781), apodado 'El Generoso' por su afición a robar a los ricos para repartirlo entre los más necesitados, como si de un Robin Hood dieciochesco se tratase.

Antes de que el eficiente Antonio Isasi-Isasmendi acometiese, con su habitual pericia, este proyecto, el personaje ya había inspirado un drama romántico a cargo de José María Gutiérrez de Alba, estrenado en 1848, una novela de Manuel Fernández y González (1866), así como dos películas mudas (de 1914 y 1924, respectivamente), más uno de los primeros filmes, allá por 1937, del prolífico Iquino.



"No os sorprendáis, nobles señores, que deje intactas vuestras bolsas y no me lleve vuestras alhajas. Repito que no soy un ladrón." Como se desprende de sus palabras, es el propio Diego, interpretado por el actor José Suárez, quien tiene clara su condición de justiciero. Que tendrá que vérselas con un conde engreído y petulante para evitar que el noble desahucie a los vecinos que no le pagan los tributos.

Cinta de pelucas, motines y localizaciones andaluzas, incluye, asimismo, varios números musicales de estilo folclórico, que era, junto con las aventuras a caballo de un cierto regusto wéstern, lo que más solía atraer al público de aquel entonces. Amén de la encrucijada entre dos amores, el de una aristócrata (Marisa de Leza) y el de la ardiente Carmela (Eulalia del Pino), en la que se debatirá el protagonista.


sábado, 23 de junio de 2018

Once pares de botas (1954)




Director: Francisco Rovira Beleta
España, 1954, 96 minutos

Once pares de botas (1954)
de Rovira Beleta


Decir Once pares de botas suena tan contundente como decir once pares de "narices" o algo todavía más fuerte. Que los eventos futbolísticos suelen ir acompañados de altas dosis de testosterona. Sabedor seguramente de ello, Rovira Beleta quiso darle a esta película un cierto toque femenino haciendo que parte del protagonismo dependiese de dos mujeres y una farola...

Efectivamente, las mujeres fueron Mari Carmen Pardo, que interpreta a la hija de un directivo y Elisa Montés, quien encarna a una intrépida reportera. Y en cuanto a la farola cuya voz en off narra la película (aquí Rovira Beleta quiso, sin duda, superar la proeza de Billy Wilder en Sunset Boulevard donde esa misma labor le correspondía a un cadáver flotando en una piscina) se trata, ni más ni menos, que de la monumental pieza art déco ubicada al principio de la Rambla de Canaletes.



Aun así, y al margen de su innegable tono festivo, si por algo llama hoy en día la atención un filme de tales características no es tanto por ver a los ases del esférico de aquel lejano 1954, sino por los roles tan marcadamente machistas de una sociedad en la que ellas estaban prácticamente predestinadas a llevar una existencia sumisa a la sombra del varón. Por eso tiene tanto mérito que Rovira Beleta ridiculizase dicha situación en la escena en la que un avasallador y bastante pueril Manolo Morán (acérrimo hincha del imaginario Hispania Club de Fútbol) apremia a su abnegada esposa para que le sirva la comida porque no quiere llegar tarde al partido.

Y en cuanto al argumento, y a pesar de que, en principio, no parece ser lo primordial en una cinta que usaba como reclamo a figuras de la talla de Ramallets, Aldecoa, Samitier e incluso Di Stéfano y Kubala, sí que resulta destacable el hecho de que el equipo de guionistas no quisiera dejarse en el tintero aspectos menos agradables como la compra de partidos (con un par de futbolistas que se dejan untar por el rival) o las estrecheces económicas de quienes un día fueron estrellas (caso de Martín), así como el vínculo entre deporte, religión y prácticas supersticiosas, tal y como queda patente cuando el párroco don Roque (Pepe Isbert) recomienda a su monaguillo que le ponga una vela a San Isidro si marca la selección española o a Santa Rita, patrona de los imposibles, en caso de que lo hiciera el equipo contrario.

José Suárez en el papel de Ariza

domingo, 27 de mayo de 2018

Marianela (1972)




Director: Angelino Fons
España/Francia, 1972, 101 minutos

Marianela (1972) de Angelino Fons


-La Nela es una muchacha que me acompaña; es mi lazarillo. Al anochecer volvíamos juntos del prado grande... hacía un poco de fresco. Como mi padre me ha prohibido que ande de noche sin abrigo, metime en la cabaña de Romolinos, y la Nela corrió a mi casa a buscarme el gabán. Al poco rato de estar en la cabaña, acordeme de que un amigo había quedado en esperarme en casa; no tuve paciencia para aguardar a la Nela, y salí con Choto. Pasaba por la Terrible, cuando le encontré a usted... Pronto llegaremos a la herrería. Allí nos separaremos, porque mi padre se enoja cuando entro tarde en casa, y ella le acompañará a usted hasta las oficinas.

Benito Pérez Galdós
Marianela (1878)

Pese a tratarse de la adaptación de la novela homónima de Benito Pérez Galdós, la Marianela de Angelino Fons denotaba la influencia de algunos grandes éxitos del cine del momento. En su presentación de la protagonista como una huérfana montaraz y deforme que habita las escarpadas cordilleras de la villa imaginaria de Socartes parece percibirse el eco de L'enfant sauvage (1970) de Truffaut. No en vano, estamos ante una coproducción con Francia cuya banda sonora a base de románticos violines con sordina corrió a cargo de Pascal Auriat. Puede que se trate tan sólo de una coincidencia, pero el tema central de la partitura recuerda enormemente al que escribiera un año antes otro compositor francés, Michel Legrand, para Verano del 42 y que le había reportado un Oscar.

La cantante Rocío Dúrcal, a punto de entrar en su madurez artística, fue capaz de adoptar un registro muy alejado de la imagen de niña prodigio que la había hecho célebre, si bien hay momentos en los que su actuación peca un tanto de histriónica.



El resto del reparto fue a parar a viejas glorias de la talla de Alfredo Mayo (don Francisco), José Suárez (doctor Golfín) o Lola Gaos (La Señana), aunque también cabe destacar los nombres de Julieta Serrano (La Canela), Amparo Soler Leal (Gerarda) y Germán Cobos (don Carlos).

En líneas generales, la versión que lleva a cabo Alfredo Mañas a partir del texto galdosiano posee una menor carga ideológica que la que firmara Benito Perojo en 1940 con Mary Carrillo como protagonista. Lo cual no tiene nada de sorprendente considerando que esta producción, rodada en espacios naturales de Asturias y Cantabria, apenas aspiraba a emular el éxito comercial de otras películas basadas en novelas de Galdós como Tristana (1970) o La duda (1972).


sábado, 23 de diciembre de 2017

La muralla feliz (1948)




Director: Enrique Herreros
España, 1948, 73 minutos

La muralla feliz (1948)


Cuatro años antes del estreno de Tres sombreros de copa, veía la luz una película que, por diferentes motivos, conecta (y mucho) con el particular sentido del humor de Miguel Mihura. No en vano, su director (Enrique Herreros) también trabajaría, como el dramaturgo, en la revista satírica La Codorniz. Filmada en los barceloneses estudios Diagonal (anteriormente conocidos por el nombre de Lepanto), La muralla feliz plantea un juego dramático similar al que ideara Unamuno en su nivola Niebla (1914), sólo que las intromisiones del realizador para cuestionar el modus operandi de sus personajes, lejos de poseer la trascendencia filosófica unamuniana, entroncan directamente con las ocurrencias absurdas y un tanto subversivas de los Hermanos Marx. Aunque, bien mirado, ese continuo trasiego a uno y otro lado de la cámara tiene bastante que ver con otro filme mítico del cine español, rodado apenas unos meses después: Vida en sombras (1949) de Llorenç Llobet Gràcia. De hecho, ambos títulos no sólo comparten algunas de las estrellas principales de su reparto (Fernando Fernán Gómez, Isabel de Pomés, Fernando Sancho...), sino que tanto el uno como el otro serían víctimas de una similar incomprensión por parte del público y posterior olvido.

En cualquier caso, hay que admitir la originalidad de un guion, obra de Luis Delgado Benavente, que sería premiado por el Sindicato Nacional del Espectáculo en la categoría de tema humorístico y en el que se hace referencia a la censura como si tal cosa. Claro que don Filiberto Aguirre (Alberto Romea) y su tronada familia hablan todo el rato de pesos, dando a entender quizá, mediante una aguda triquiñuela, que la acción se sitúa en el extranjero. Poco importa: al final lo que triunfa es el cinismo y la holgazanería de un clan que no duda en brindar "¡por la despreocupación total!" y cuyo patriarca se permite el lujo de vivir sin trabajar a la espera de una ansiada herencia (o de la cartera de algún cándido agente de seguros) que le resuelva la existencia.

Don Filiberto (Alberto Romea) "mejorando" la obra de su hijo


También cabe la posibilidad de interpretar alegóricamente una película en apariencia disparatada, pero con mucha más enjundia de lo que cabría esperar. La clave nos la da don Fulgencio Ríos, ese larguirucho de barba menguante magistralmente interpretado por Fernán Gómez:

"Francamente, cuando les conocí el efecto fue desastroso. Recuerdo mi entrada aquí con el paraguas y el sombrero. Hablaban de mí como si mi presencia no fuese tomada en consideración. Luego, recapacitando, me di cuenta de que algo nuevo tenía realidad en estas paredes. Que esto era como una muralla feliz. Fuera todo era caduco. Despreciable. Entendí que entre ustedes me salvarían. Tanto es así que mi amor por Lena aumentó a medida que me enamoraba de ustedes".

Palabras que encierran una declaración de amor hacia el cine tan peculiar como la propia película, habida cuenta de que la "muralla feliz" que le da título no es más que la pantalla en la que se proyecta la historia de los Aguirre. Si la verdadera realidad habita en el celuloide y la otra, como dice don Fulgencio, no es más que un fastidioso engorro "caduco" y "despreciable", no es de extrañar que prefiera quedarse a vivir con ellos, aun a riesgo de que el director le corrija de vez en cuando. Curiosa forma de que un personaje se deje fagocitar por la promesa de felicidad que le ofrece la cámara (la misma, por cierto, que, demostrando tener vida propia, se atreve a hablar, en un momento dado, con Enrique Herreros) sólo comparable, varios decenios después, a la que acontecería en Arrebato de Iván Zulueta.


domingo, 29 de octubre de 2017

El batallón de las sombras (1957)




Director: Manuel Mur Oti
España, 1957, 99 minutos

El batallón de las sombras (1957)


Por algún extraño motivo que se nos escapa, probablemente conectado con lo más profundo de nuestra propia idiosincrasia, el cine español ha tirado bastante a menudo de las historias corales ambientadas en patios de vecinos. Así, a bote pronto, me vienen a la mente un puñado de ellas sin demasiado esfuerzo. A saber: Historia de una escalera (Iquino, 1950), Mi calle (Edgar Neville, 1960), Cerca de las estrellas (César Fernández Ardavín, 1962), Nada (Edgar Neville, 1947), La comunidad (Álex de la Iglesia, 2000)... Por no hablar, por supuesto, de otros formatos en los que la fórmula gozó y sigue gozando de extrema popularidad (13, Rue del Percebe, La que se avecina, Aquí no hay quien viva...)

En ese mismo subgénero, si subgénero puede considerarse, se inscribe El batallón de las sombras de Manuel Mur Oti. Estrenada en 1957, la película comienza como comedia y acaba como un drama, pero en uno y otro caso con similar regusto amargo. Es ese toque sórdido, tomado directamente del esperpento valleinclanesco, que hace que algunos personajes, hombres en su mayoría, adquieran un aire grotesco en su patetismo. Como Carlos (Vicente Parra), aquel joven pintor que malvive a base de dar el sablazo a sus vecinas y que lo mismo les pide manzanas que un chorizo con la excusa de completar un bodegón. O Braulio (Antonio Vico), actor de reparto que "se muere" como nadie, pero al que ninguna compañía contrata. O Pepe (José Suárez), el inventor que, a pesar de devanarse los sesos, sólo es capaz de concebir lo que otros ya pensaron mucho antes que él.  Y así podríamos continuar con el compositor Enrique (Albert Lieven) o Damián (Albert Hehn), el cerrajero artístico.

Elisa Montés (Isabel) y Vicente Parra (Carlos)

Como contrapartida, las esposas de cada uno de ellos son mujeres fuertes, abnegadas en el sacrificio de sacar adelante sus respectivos hogares. Son, frente al "batallón luminoso" que supuestamente integran los hombres, el "batallón de las sombras" que da título a la película. Mensaje que haría pensar en un teórico feminismo avant la lettre, pero que, en realidad, denota una visión de la mujer todavía paternalista, refugio del guerrero. Como se pone de manifiesto al hacer que Lola (Emma Penella) únicamente adquiera estatus de persona al distanciarse de la vida fácil que ha llevado hasta ese momento ejerciendo de prostituta de lujo. Su redención la llevará a fregar escaleras, cambiar de nombre y enamorarse del repartidor de la bombonería de la esquina. Es decir: sacrifica su independencia en aras del modelo tradicional...

El narrador interpretado por Rolf Wanka presenta y cierra la historia sirviéndose de un discurso pretendidamente machista ("Porque... seamos sinceros: ¿para qué sirve la mujer? ¡Para nada. Absolutamente para nada!") que queda desmentido por los hechos, ya que en el número 47 duplicado sólo trabajan las mujeres, mientras que los hombres son apenas un atajo de inútiles soñadores que habrán de pagar un precio muy alto por su desidia.


domingo, 13 de noviembre de 2016

A tiro limpio (1963)




Director: Francisco Pérez-Dolz
España, 1963, 86 minutos

A tiro limpio (1963) de Paco Pérez-Dolz


Magnífico ejemplo del cine policíaco barcelonés, junto con otros títulos de Iquino o de Rovira-Beleta, A tiro limpio (dirigida en 1963 por Francisco Pérez-Dolz) es, a día de hoy, una película de culto con todas las de la ley. Y lo es por varios motivos.

En primer lugar, porque Pérez-Dolz apenas realizó dos largometrajes en un par de años y ya no volvió a firmar ninguno más (el otro fue la comedia, al servicio del humorista Cassen, El mujeriego). Pero, por otra parte, porque éste fue su proyecto más personal, con planos inolvidables que nos devuelven a una Barcelona de meublés y barracas que ya no existe.



Como el arranque, filmado en el asiento trasero de un coche en marcha conducido por Martín (Luis Peña) y Antoine (Joaquín Navales): ambos se dirigen a dar un golpe en un garaje a las 7:23 de la mañana y, mientras tanto, desde Radio Condal recitan poemas de amor de Lope de Vega y de Tirso de Molina. O aquel lavadero público, en el que los protagonistas se reúnen clandestinamente mientras las mujeres hacen la colada. O la memorable secuencia final, en la parada de metro de Lesseps (Línea 3), donde un cadáver asciende lentamente sobre las escaleras mecánicas...



Conviene no perder de vista, aun así, que estos forajidos no son delincuentes comunes sino que provienen del maquis, lo cual confería a la película un matiz político que contribuyó todavía más a mitificarla: de hecho, el mencionado Martín o Román (José Suárez) y el Picas (Carlos Otero) no dejan de estar inspirados en Facerías, el legendario guerrillero urbano cuya vida recreara, años más tarde, Carles Balagué en el documental La casita blanca (2002). Como míticos son, en otro orden de cosas, la banda sonora jazzística compuesta por el maestro Francisco Martínez Tudó o los títulos de crédito iniciales, con aquellas metralletas en blanco y negro que anunciaban cuál iba a ser el leitmotiv de la película.



En definitiva, todo en A tiro limpio (de la que Jesús Mora llegó a rodar un remake en 1998) parece haber sido concebido en estado de gracia . Y si a cuanto llevamos dicho, que no es poco, se añade el vínculo personal que, durante tres generaciones, unió a la familia Pérez-Dolz con el Colegio San Miguel, se comprenderá, aún más, por qué nos entusiasma tanto esta película. Os dejamos, pues, con una selección fotográfica de la misma.

Paco Pérez-Dolz, en un curioso cameo a lo Hitchcock

Interior del Hospital Clínico de Barcelona

Exterior del Hospital Clínico (Calle Provenza)

Román (José Suárez)

Sardanas en la plaza de la Catedral

Amor/odio: Román y Marisa (María Asquerino)

En el metro: Lesseps (Línea 3)

¡A tiro limpio!


sábado, 11 de junio de 2016

Brigada criminal (1950)




Director: Ignacio F. Iquino
España, 1950, 80 minutos

Brigada criminal (1950) de Iquino


A Iquino se le puede perdonar casi todo: que la sombra de un micro se proyecta durante unos segundos sobre la frente de uno de los gánsters: no pasa nada; que unos transeúntes curiosos se paran a mirar el rodaje en el transcurso de una escena filmada en plena calle: no tiene importancia; que el objetivo de la cámara está rallado, cuando no sucio y lleno de polvo y pelos: ¡bah, bah, eso son remilgos en los que un auténtico cineasta no repara! Sobre todo si, a cambio, aporta soluciones creativas e innovadoras: prescindir de los decorados tradicionales y del plató para situar la acción en espacios reales (una serrería, una oficina bancaria, las calles de Madrid y Barcelona), continuos planos en contrapicado a lo Orson Welles... Incluso el patadón que Óscar (Alfonso Estela) le propina a un pobre gato que pasaba por allí. La banda sonora, en cambio, corrió a cargo del Maestro (sic) Augusto Algueró: grandilocuente nombre si se tiene en cuenta que el compositor apenas contaba 16 años en aquel entonces.

Brigada criminal supuso un intento de aclimatar a la realidad española el cine negro americano, quizá con ese toque cutre al que aludíamos al principio y que tan a menudo marcó buena parte de la filmografía del director catalán. Bueno, a ver: tampoco nos pasemos. Hemos comenzado diciendo que a Iquino se le perdona todo porque, a pesar de la escasez de medios propia del país y de la época, fue capaz de levantar un imperio y un sistema de producción que es lo más parecido a una industria cinematográfica que hayamos tenido por aquí. Así que poca broma al respecto.

El realizador en una imagen de los inicios de su carrera


La trama, una historia concebida por José Santugini y posteriormente desarrollada por Juan Lladó y Manuel Bengoa, se basa en la típica relación paternofilial que se establece entre el poli veterano (un inspector un tanto cínico interpretado por el debutante, al menos en el cine, Manuel Gas) y el poli novato (José Suárez). A este último lo veremos recibir sus credenciales en la Academia de Policía al inicio del filme para, gradualmente, ir conquistando sobre el terreno los méritos que hagan de él un adalid en la lucha contra el crimen organizado. Así pues, Brigada criminal será a la vez la crónica de su bautismo de fuego y un panfleto propagandístico a mayor gloria de la Policía española, a la que se califica en los títulos de crédito iniciales como una de las mejores del mundo.

Es por ello que, debido al uso de las distintas voces en off que narran la relación de los hechos, la película acaba adquiriendo un cierto aire documental cercano al reportaje al que se suma el panegírico de los abnegados agentes, cuyas sufridas esposas apenas podrán disfrutar de su compañía al estar ellos en todo momento al pie del cañón... Curioso apunte, entre épico y cómico, con el que concluye el filme.

Manuel Gas (izquierda) y José Suárez en Brigada criminal

martes, 1 de septiembre de 2015

Calle Mayor (1956)




Director: Juan Antonio Bardem
España/Francia, 1956, 99 minutos

Calle Mayor (1956) de Juan Antonio Bardem


Basándose en La señorita de Trevélez de Carlos Arniches, Juan Antonio Bardem pergeñó una historia marcada por el ambiente sofocante que se respira en una pequeña ciudad de provincias. En ella, pasear por la Calle Mayor es, junto con alguna que otra borrachera y matar el tiempo en los billares, la distracción principal para muchos jóvenes. Y las bromas pesadas, claro.

El grupo de amigotes que forman Juan y los suyos ha sido comparado con la camarilla de zánganos que protagonizan Los inútiles de Fellini (1953): señoritos de vida disipada, sin oficio ni beneficio, que dilapidan su tiempo y su dinero entre gamberrada y gamberrada.

Los amigotes en el billar


Y, como la ociosidad excesiva es la madre de todos los desmanes, no se les ocurre nada mejor que dar rienda suelta a su crueldad intentando seducir a la solterona del pueblo para luego, tras haberle prometido matrimonio, mofarse de ella plantándola. Isabel, la víctima elegida, es interpretada por la estadounidense Betsy Blair, algo insólito en una película española del año 56, especialmente si se tiene en cuenta el enorme éxito cosechado gracias a Marty (Delbert Mann, 1955), en la que actuaba junto a Ernest Borgnine. Aun así, Bardem logró convencerla para que protagonizase Calle Mayor, logrando obtener de ella una más que convincente composición de la típica señorita provinciana, un tanto ingenua y soñadora.

Isabel (Betsy Blair) y Juan (José Suárez)


Lo interesante del personaje de Juan (José Suárez) es que se le plantean dudas de tipo moral antes de dejarse arrastrar por sus compañeros. En este sentido, es un hombre atrapado entre la masculinidad que se siente obligado a demostrar y lo que le dicta su conciencia, sobre todo a raíz del contacto con Federico (el agregado intelectual del grupo, interpretado por el francés Yves Massard y al que, por cierto, le presta su voz Fernando Rey en la versión castellana). Este último, al ser un recién llegado procedente de Madrid, no está contaminado aún de la zafiedad de los otros y será el encargado de ir abriéndole los ojos a Juan sobre la falta de piedad que encierra la "bromita" que han tramado. De modo que Juan acaba convirtiéndose en una especie de Cary Grant en Sospecha (a ratos parece bueno, a ratos parece malo), como se pone de manifiesto en la escena del hueco de la escalera mientras él e Isabel visitan un edificio en obras.

Como también oscila la banda sonora compuesta por Joseph Kosma e Isidro B. Maiztegui, en este caso entre dos modelos fácilmente identificables: por una parte el Chaplin de El gran dictador (la melodía que acompaña los malabarismos de Hynkel con un globo que semeja la tierra, para ser más exactos) y, por otra, el Nino Rota del universo felliniano.

En resumidas cuentas, y a pesar de la detención de sufrió Bardem durante el rodaje, de un modo o de otro, todos los elementos arriba expuestos contribuirían a que Calle Mayor se acabara alzando con el Gran premio de la Crítica internacional en el Festival de cine de Venecia.


Placa conmemorativa del rodaje de Calle Mayor en Logroño.
El resto de exteriores se filmaron en Cuenca y en Palencia