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martes, 21 de abril de 2026

Fin de curso (1943)




Director: Ignacio F. Iquino
España, 1943, 91 minutos

Fin de curso (1943) de Iquino


Curioso intento de comedia musical por parte del prolífico Iquino (con banda sonora, por cierto, de su propio padre, Ramón Ferrés), rodada en la Barcelona de principios de los cuarenta, es decir, apenas transcurridos cuatro años tras la finalización de la contienda civil. Cine de evasión, por tanto, a propósito de una residencia universitaria cuyos jóvenes huéspedes cantan, estudian (muy poco) y sobre todo se enamoran. Ni que decir tiene que, pese al blanco y negro, todo es de color de rosa...

La reciente restauración, por parte de la Filmoteca de Catalunya, a que ha sido sometida la cinta le devuelve parte de su esplendor y gracejo original, sacando a la luz unos magníficos exteriores de la Universidad Central y sus aledaños, así como del parque de atracciones del Tibidabo, popular enclave en el que transcurre el tramo final de una película que invitaba al espectador de la época a mirar hacia el futuro con optimismo, aunque no tuviese demasiados motivos para ello.



Aparte del típico enredo en la susodicha residencia, donde la afable señora Loreto cuida de los alumnos internos como si fuesen sus propios hijos (no en vano, perdió al suyo, presumiblemente, en la guerra), Fin de curso (1943) posee además un innegable valor documental, sobre todo por la insólita secuencia, ambientada en un antro ligeramente bohemio y mundano (cuyas paredes aparecen adornadas con frases del tipo "La poesía es el lenguaje de los dioses"), en la que el speaker de la sala presenta a las celebridades que allí se dan cita. Una larga nómina de actores y escritores en la que sobresalen personalidades de la talla de Jardiel Poncela, Pepe Isbert, Guillermo Marín, Raúl Cancio, Adriano Rimoldi, Juan de Orduña, Isabel de Pomés o Fernando Fernán Gómez.

Encabezaba el reparto Luchy Soto, en el papel de Celi, dato inaudito habida cuenta de que las mujeres apenas representaban un ínfimo porcentaje en las aulas universitarias de la España autárquica. Aun así, la joven, de extracción social humilde, tiene tiempo de preparar los exámenes y flirtear, simultáneamente, con su compañero Miguel (Vicente Vega), si bien el protagonismo se lo llevan, la mayor parte de las veces, los secundarios, entre los que destacan Fernando Freyre de Andrade (el adusto don Rodrigo), Ángel de Andrés (el saleroso sevillano Gorito) y sobre todo Mary Santpere, quien demuestra aquí, haciendo de doncella deslenguada, una vis cómica, física y verbal, que ya anunciaba su estatus de leyenda.



lunes, 30 de agosto de 2021

Un adulterio decente (1969)




Director: Rafael Gil
España, 1969, 95 minutos

Un adulterio decente (1969) de Rafael Gil


Cada vez que el musicólogo Eduardo Bernal (Jaime de Mora y Aragón) se ve obligado a ausentarse por motivos laborales, su esposa Fernanda (Carmen Sevilla) le es infiel con el novelista Federico Latorre (Andrés Pajares), al que ha hecho creer que es viuda. Hasta que Bernal regresa un día de improviso y queda todo al descubierto. Pero entonces entra en acción un sabio despistado, el doctor Cumberri (Fernando Fernán-Gómez), quien sostiene que los adúlteros padecen una enfermedad causada por una bacteria, el adulterococo, que él sabe cómo curar. A tal efecto, en su moderna clínica privada lleva a cabo un tratamiento que consiste en encerrar juntos a los amantes para que, a base de convivir, terminen sanando...

Resulta complicado hacer entender a los jóvenes de hoy en día la morbosidad que el concepto de adulterio despertaba antaño por estas latitudes. Afortunadamente. Porque ello significa que han crecido ya en un mundo libre de prejuicios absurdos. Sin embargo, hubo una época no tan lejana en la que mantener relaciones sexuales fuera del matrimonio podía suponer penas de cárcel para las mujeres. De ahí, que el tema se prestase como argumento para comedias o películas moderadamente atrevidas.

El doctor Cumberri (Fernán-Gómez) con José Luis Uribarri


La obra teatral homónima en tres actos de Enrique Jardiel Poncela en la que se basa Un adulterio decente (1969) se había estrenado en el madrileño Teatro María Isabel muchísimo tiempo antes. Concretamente, el 3 de mayo de 1935. Con la diferencia, nada desdeñable, de que si durante la Segunda República dicho delito fue abolido, en la España franquista todavía estuvo vigente hasta su derogación definitiva en 1978. 

Tal vez por la aureola de clásico que envuelve el nombre de Jardiel o porque su enfoque del asunto era bastante amable, pero lo cierto es que se consideró oportuno que Rafael Gil dirigiese una versión cinematográfica cuyo máximo reclamo residía en el sex-appeal de la sensual Carmen Sevilla. Su entonces marido, el compositor Augusto Algueró (1934-2011), escribió las canciones que interpreta, entre las que destaca el tema inicial, una animada pieza yeyé con arreglos un tanto oníricos, que lleva por título "Chance".



lunes, 10 de mayo de 2021

Blanca por fuera y Rosa por dentro (1971)




Director: Pedro Lazaga
España, 1971, 93 minutos

Blanca por fuera y Rosa por dentro (1971) de Pedro Lazaga


La pieza teatral en dos actos de Jardiel Poncela en la que se basa esta película se había estrenado el 16 de febrero de 1943 en el madrileño Teatro de la Comedia. Con varias diferencias respecto a lo que Pedro Lazaga mostrará en pantalla casi tres décadas más tarde. De entrada, porque los accidentes ferroviarios que padecen los personajes en la obra de teatro han sido sustituidos, en su versión cinematográfica, por accidentes automovilísticos. Pero, por otra parte, y ahí es precisamente donde radica el contraste más notorio, los actores de Blanca por fuera y Rosa por dentro (1971) hacen gala de un histrionismo un tanto chabacano que poco o nada tiene que ver con el humor inteligente de Jardiel.

Se incluye, además, una canción ("La Tierra es una bola de colores", con letra de Antonio Gala y música de Antón García Abril, interpretada por Jaime Morey) que sirve de hilo conductor a lo largo de todo el filme y suena de fondo cada vez que la pareja protagonista se tira los trastos a la cabeza: recurso que, a nivel visual, adquiere su máxima comicidad cuando el estribillo recalca aquello de "¡Te quiero, te quiero mucho, vida mía!" mientras vemos a Ramiro (José Luis López Vázquez) y a Blanca (Esperanza Roy) gritarse airadamente.



La tesis de la cinta (si es que de tesis puede hablarse) vendría a ser que, a veces, un matrimonio en apariencia mal avenido tiene más posibilidades de seguir adelante que no uno cuyos cónyuges estén todo el día haciéndose arrumacos. O eso, al menos, es lo que le ocurre al pobre Ramiro Peláez, quien deseará que su señora vuelva a ser tan fiera como solía serlo antaño cuando, tras sufrir un grave percance, ésta adopta el comportamiento tierno y cariñoso de su difunta hermana Rosa. Con el agravante de que dicha transmutación conlleva también, como es lógico, que Blanca (que es Rosa por dentro, de ahí el título) se sienta atraída por su cuñado Héctor (Pepe Rubio).

Típica comedia de enredo en la que los personajes desean a toda costa revertir la situación, se convierte, en manos del prolífico Pedro Lazaga, en un vehículo al servicio del elenco de actores. Además de los ya mencionados, destacan Josele Román en su papel de criada amnésica y Valeriano Andrés como doctor y sabio despistado. También Rafael Alonso, que da vida a un dramaturgo a punto de estrenar su nueva comedia, y Manuel Alexandre, el profesor encargado de reeducar a Blanca.



martes, 2 de marzo de 2021

Fantasmas en la casa (1961)




Director: Pedro L. Ramírez
España, 1959-1961, 77 minutos

Fantasmas en la casa (1961)


A pesar de tratarse de una nueva versión de Los habitantes de la casa deshabitada, la diferencia más notable de Fantasmas en la casa (1961) con respecto a la obra teatral de Jardiel Poncela radica en el hecho de que Vicente Coello, autor del guion, sitúa los primeros minutos de la historia en un vagón de tren, de esos con restaurante y coche cama, al más puro estilo Hitchcock. Aparte de que Raimundo (Fernando Rey) ya no es el director de un periódico de Madrid, sino un célebre dramaturgo (en velado homenaje, sin duda, al propio don Enrique).

El papel de gracioso lo borda, en esta ocasión, un Tony Leblanc en el momento álgido de su carrera, siendo la interpretación que lleva a cabo del asustadizo Gregorio digna sucesora de las de José Orjas en su estreno en el Teatro de la Comedia (29 de septiembre de 1942) y Fernando Fernán Gómez en la posterior adaptación fílmica del 46.



Llegados a la tétrica mansión, el juego de apariciones y sobresaltos se mantiene prácticamente igual, con la salvedad de que ya no hay burro que entre y salga del caserón cargado de lingotes de plata. Ni tampoco interviene la necia Rodriga, cuyo lugar es ocupado por el estrambótico doctor Baselga (Joaquín Roa), ávido de colmar su ambulancia con futuros inquilinos del hospital psiquiátrico.

Sin embargo, no es ésta una comedia macabra, sino más bien romántica. Por eso contiene un a modo de epílogo en el que Raimundo y la liberada Cristina (Luz Márquez), tras despedirse de Gregorio y del padre de la joven (Rafael Bardem) en el apeadero, emprenden juntos un nuevo viaje en tren, ahora sin raptores y al fin libres de todo temor que pueda empañar su brillante porvenir.



domingo, 28 de febrero de 2021

Los habitantes de la casa deshabitada (1946)




Director: Gonzalo Delgrás
España, 1946, 74 minutos

Los habitantes de la casa deshabitada (1946)


RAIMUNDO: ¿Pues a qué distancia de aquí queda el pueblo de al lado?
MELANIO: Obra de tres leguas castellanas, que son cinco leguas de posta.
RAIMUNDO: ¿Y en kilómetros, que es como yo me entiendo?
MELANIO: Kilometreando, un golpe de veinte.
RAIMUNDO: ¿Veinte kilómetros? 
MELANIO: Más o menos, y hablando entre hombres, veinticuatro y medio.
RAIMUNDO: ¿Y no hay otro pueblo más próximo que ése? 
MELANIO: No, señor. Estamos en la misma mitá de lo que le dicen el páramo de Viniegras, que abarca tres leguas a la redonda y que está vacío de gente por ser inhabitable, y ese lugar de que tratábamos, que es por buen nombre Castillejo del Condestable, es el más próximo. Por eso lo llamo yo el pueblo de al lao, porque es el más próximo.
GREGORIO: Y cuando un pueblo está lejos, ¿cómo lo llama usted?
MELANIO: Cuando un pueblo está lejos, le llamo Buenos Aires...

Enrique Jardiel Poncela
Los habitantes de la casa deshabitada (1942)

Hilarante y disparatada, como todas las comedias de Jardiel, Los habitantes de la casa deshabitada fue objeto de una primera adaptación cinematográfica apenas cuatro años después de que se estrenase en el madrileño Teatro de la Comedia. La versión fílmica, sin embargo, se rodó en Barcelona, concretamente en los efímeros Estudios Diagonal (1943-1950), corriendo la dirección y adaptación a cargo de Gonzalo Delgrás.

Tras los títulos de crédito iniciales, la engolada voz en off de Fernando Fernán Gómez nos pone al corriente de por dónde van a ir los tiros de la trama. Sólo que, además de resumir el prólogo del texto original, dicho recurso sirve también para convertir a su personaje, el timorato chófer Gregorio, en narrador y protagonista indiscutible del relato. De ahí que, después de haber descrito pomposamente los aledaños de la casona donde tendrán lugar los hechos y justo antes de que él y su señor irrumpan en escena, corte por lo sano diciendo: "¿Quiénes eran los osados viajeros que se arriesgaban por aquellos parajes? Pronto vamos a saberlo, porque para que ellos hablen me callaré yo un ratito (que ya es hora...)".



Además de carboneros de Palencia y esqueletos que bailan el Boogie-woogie, el interior de la supuesta casa encantada depara sorpresas que ni el avispado Raimundo (Jorge Greiner) podía esperar: fantasmas que dan las buenas noches, borricos que entran y salen a través de un reloj de pared, húngaros perversos, dos hermanas medio locas y arcones cuyo contenido se volatiliza como por arte de magia. Naturalmente, ni hay tal hechizo ni los fenómenos paranormales que ahuyentan a los lugareños se deben a causas de orden sobrenatural, pues en realidad todo obedece a un burdo complot orquestado por los vivos (infinitamente más peligrosos que los muertos).

Pocas son las diferencias respecto a la pieza teatral y las más destacables se justifican por la necesidad del lenguaje cinematográfico de ir al grano. Así, por ejemplo, se elude la partida de póquer que Gregorio y los "espectros" jugaban al principio del segundo acto y, como mandaban los cánones del cine comercial, se atenúa el crudo destino que el desenlace original deparaba a la cándida Rodriga (María Isbert) sustituyéndolo por un happy ending mucho más acorde con lo que el público de mediados de la década de los cuarenta exigía de una comedia amable.



jueves, 19 de abril de 2018

Angelina o el honor de un brigadier (1935)




Directores: Louis King y Miguel de Zárraga
EE.UU., 1935, 74 minutos



Me llamo Angelina Ortiz...
Soy una muchacha honrada 
que no se entera de nada 
y que por eso es feliz; 
pero, claro, al fin, mujer, 
soy un poquito coqueta...
Tengo un novio que es poeta,
y un papá, que es brigadier.



La estancia de Jardiel en Hollywood, pese a su brevedad, dio como resultado esta pequeña joya, adaptación del drama en verso homónimo que el autor estrenara en España apenas un año antes. Y aunque la película no pase de ser un pálido reflejo de la obra maestra en la que se basa, hay que admitir, sin embargo, que posee el encanto especial de su cuidada puesta en escena. En ese sentido, son dignos de mención el elaborado diseño de vestuario, a cargo de Lillian (1903–1989), así como la acertada recreación de ese ambiente decimonónico, solemne y caduco, que se pretendía ridiculizar.



Es por ello que el guion, que corrió a cargo del propio Jardiel Poncela y de Elizabeth Reinhardt (quien años después participaría en la escritura de la mítica Laura de Preminger) posee uno de sus principales aciertos al hacer que el filme se abra y se cierre con las páginas de un antiguo álbum fotográfico desde cuyo interior nos saludan los habitantes de aquel lejano Madrid de 1880.



Como suele suceder en la práctica totalidad de las producciones rodadas en castellano por la Fox Film Corporation durante la primera mitad de los años treinta, no deja de tener su gracia el detectar, aquí y allá, los diferentes acentos que delatan la diversa procedencia del elenco de actores. Así pues, además de los españoles que, como Jardiel y otros miembros de la otra generación del 27, probaron fortuna en América (Rosita Díaz, Julio Peña...), tenemos los casos de Enrique de Rosas (1888–1948), cuya dicción al interpretar al brigadier pone de manifiesto su origen argentino, o de la mejicana Ligia de Golconda (1883–1942), quien encarna a doña Calixta, la esposa del banquero.



Dotados de un finísimo a la par que castizo sentido del humor, los ripios de Jardiel nos dejan réplicas memorables. Baste recordar aquello de: "¡No admito más ultrajes: / me ha soltado usted dos viajes!" o los camellos que acumula en su diatriba Germán (José Crespo) para espetarle finalmente al brigadier: ¡¡Es usté una caravana, / mi querido don Marcial!!" Aspectos, todos ellos, que hacen de esta Angelina... no sólo una comedia amable, sino, sobre todo, un interesante documento sobre uno de los períodos más desconocidos de la historia de nuestra cinematografía: la presencia en la meca del cine de los Edgar Neville, López Rubio y demás españoles que, una vez allí, no sólo frecuentaron la compañía de grandes celebridades como Chaplin (con quien Jardiel comparte la concepción del cine como arte total en el que el autor debería controlar todas las fases de producción de un filme), sino que pusieron su modesto grano de arena en la construcción de la época dorada de Hollywood.


lunes, 16 de abril de 2018

Cinefòrum 19 d'abril

Benvolgudes i benvolguts,

Aquest dijous 19 d’abril, a les 17'30h. tindrà lloc al nostre saló d'actes la tercera i última projecció cinematogràfica d'enguany. Com a cloenda (i atenent el suggeriment dels companys de Cavall de Tramoia, que el passat cap de setmana representaven amb l'habitual èxit de públic Usted tiene ojos de mujer fatal) hem organitzat una sessió conjunta de cinefòrum que servirà de complement.

I com que Enrique Jardiel Poncela no només ha estat i és un autor les obres del qual s'han dut sovint a la gran pantalla, sinó que ell mateix va treballar a Hollywood a principis de la dècada dels trenta, l'elecció estava clara.

El film triat, Angelina o El honor de un brigadier, va ésser dirigit el 1935 per Louis King (en la seva versió anglesa), mentre que la versió en castellà (que és la que projectem) va còrrer a càrrec de Miguel de Zárraga. Un fenomen habitual a l'època, el de les dobles versions, que permeté al dramaturg treballar pels estudis Fox fent tasques de guionista.

Com ja és habitual, hi haurà una breu presentació abans de començar i un col·loqui posterior a la projecció. La pel·lícula té una durada aproximada de 74 minuts.

Ja sabeu que l'assistència està oberta a tota la comunitat de l'escola: alumnes i ex alumnes, pares, mares, avis i àvies, personal no docent, professores, professors, antics treballadors del centre... 

Hi esteu tots convidats!





sábado, 25 de noviembre de 2017

Un marido de ida y vuelta (1957)




Director: Luis Lucia
España, 1957, 91 minutos

Un marido de ida y vuelta (1957)


PEPE: La muerte me llevó muy oportunamente. Amigo Ansúrez, yo quería a mi mujer con toda mi alma. A fuerza de amor, le disculpé todo. Pero si viviera, seguro que acabaría odiándola. ¿Me comprende ahora? Así mi amor se ha conservado intacto...

La causticidad de Jardiel al servicio de un reparto excepcional: la adaptación cinematográfica de Un marido de ida y vuelta reunía en el mismo elenco a Fernando Fernán Gómez (el difunto Pepe), Emma Penella (doña Leticia: la reina de su casa) y otro Rey, Fernando, completando el jocoso triángulo en el papel de Paco. Cosa fina, desde luego, a juzgar por una lista de secundarios que en absoluto les iba a la zaga: Xan das Bolas, Antonio Riquelme, Mercedes Muñoz Sampedro, Lola Gaos y hasta José Luis López Vázquez haciendo de fotógrafo.

Que el humor de Enrique Jardiel Poncela (1901-1952) no tenía nada que envidiar al de Groucho Marx lo atestigua el sarcasmo de su epitafio: «Si buscáis los máximos elogios, moríos.» Boutade en la línea del "Perdone que no me levante" del cómico americano y cuya negrura, en cierta manera, conecta con el espíritu burlón de la obra que nos ocupa (lo de "espíritu burlón", por cierto, va con segundas: que hay quien sostiene que el mismísimo Noël Coward cometió la cobardía, valga la redundancia, de plagiar a nuestro Jardiel).



Pues eso, lo dicho: que hacer que un espectro vuelva del más allá para entorpecer el matrimonio en segundas nupcias entre su viuda y su mejor amigo es de una socarronería sólo parangonable con haberlo vestido previamente de torero y ponerle barba, aunque luego se la afeite. A fin de cuentas, bromear con la muerte es tan lícito como ironizar sobre cualquier otro tema y, en ese particular, tanto el dramaturgo como Fernando Fernán Gómez fueron consumados maestros.

Volviendo a la película, rodada en los estudios Chamartín de Madrid, la dirección de Luis Lucia se mantiene fiel a la esencia de la pieza adaptada (si bien introduce algunas localizaciones en exteriores, como la escena del cementerio o la visita a los tíos de Gracia en el campo) y tanto el ritmo que confiere a la acción como los diálogos, revisados por él mismo en colaboración con José María Palacio, contribuyen a que su puesta en escena sea más que notable.

Mercedes Muñoz Sampedro (Tía Etelvina) y Emma Penella

martes, 25 de agosto de 2015

Los ladrones somos gente honrada (1956)




Director: Pedro Luis Ramírez
España, 1956, 89 minutos



El particular sentido del humor de Enrique Jardiel Poncela (1901-1952) queda patente en la mayoría de títulos de sus piezas teatrales y novelas: Un adulterio decente, Cuatro corazones con freno y marcha atrás, Carlo Monte en Monte Carlo, Un marido de ida y vuelta, Eloísa está debajo de un almendro, El amor sólo dura 2.000 metros, Tú y yo somos tres, Madre (el drama padre), Amor se escribe sin hache, Espérame en Siberia, vida mía, Pero... ¿hubo alguna vez once mil vírgenes?, La tournée de DiosComo mejor están las rubias es con patatas o Los ladrones somos gente honrada.

De esta última ya se había realizado una adaptación cinematográfica en 1942 dirigida por Iquino, a la que vino a sumarse la de Pedro L. Ramírez en 1956 (dos años después del fallecimiento de Jardiel). A diferencia de lo que sucede en la pieza teatral original, cuya acción se centra primordialmente en la mansión de don Felipe, en esta versión los guionistas Vicente Escrivá y Vicente Coello hacen arrancar la trama en pleno Rastro madrileño, donde El Tío del Gabán (Pepe Isbert) utiliza como reclamo a la tortuga africana cazada en las selvas del Orinoco (sic) para pregonar las fruslerías de su puesto de baratijas. En realidad, ni el quelonio da el triple salto mortal ni fue cazado por él sino que todo es pura charlatanería para facilitar que el Castelar (José Luis Ozores) y el Pelirrojo (Antonio Garisa) puedan desplumar a la concurrencia a sus anchas, ya sean "joven, persona o militar". Algunos incluso parece que le han tomado gusto a eso de que les birlen el parné, como la joven que deja que el Castelar hurgue en su bolso, como si tal cosa, de tan enamorada que está del tunante.

Al mismo truhan, sin embargo, le da por hablar una jerigonza extrañísima, que solo el Tío del Gabán es capaz de descifrar, cuando se pone nervioso (lo cual sucede bastante a menudo, especialmente en situaciones de peligro). Curiosamente, este mismo recurso cómico lo utilizaría años más tarde Antonio Ozores, hermano de José Luis y también presente en el reparto de la película, haciéndolo célebre en sus apariciones en el concurso televisivo Un, dos, tres.



El Tío del Gabán (Pepe Isbert) y el Castelar (José Luis Ozores)
La pérfida Germana (Alicia Palacios) y don Felipe Arévalo (Rafael Bardem)