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jueves, 4 de enero de 2018

El filandón (1985)




Director: José María Martín Sarmiento
España, 1985, 108 minutos


filandón
Alteración del asturiano filazón, derivado del latín filum 'hilo'.

1. m. León. Reunión vecinal, invernal y nocturna, en la que las mujeres hilaban y los hombres hacían trabajos manuales, mientras se contaban historias.


Llamar insólita a una película como El filandón sería no menos arbitrario que injusto. Porque si uno es capaz de analizarla con un mínimo de rigor se dará cuenta enseguida de las muchas concomitancias, tanto en factura como en espíritu, que presenta con otros filmes. Habrá, quizá, quien se sorprenda de que ninguno de los que en ella participaron fuesen actores profesionales. ¿Y qué? ¿Lo eran acaso los campesinos que utilizó Pasolini para el rodaje de Il vangelo secondo Matteo? ¿Y las gentes anónimas que filmó en tantos otros títulos de su filmografía, hoy considerados obras maestras indiscutibles? 

Algo parecido podría decirse de los valles del Bierzo y otras regiones de León en su día captados por la cámara de Chema Sarmiento y que harán que el cinéfilo sagaz piense de inmediato en los primeros trabajos del iraní Abbas Kiarostami, otro insigne cineasta avezado en trabajar con los lugareños de las zonas rurales de su país.



Pero, en realidad, no hace falta irse tan lejos para constatar no ya semejanzas con filmes foráneos, sino la influencia ejercida por El filandón sobre posteriores producciones del cine español. Porque algo hay de ella en dos títulos cruciales de la carrera de José Luis Cuerda: El bosque animado (1987) y Amanece, que no es poco (1989). Con ambas comparte un similar sentido del humor, así como la intervención en distintos momentos de la trama de aparecidos y otros seres venidos del más allá (caso de la pérfida jana llamada Láncara, variación terrorífica de L'enfant sauvage de Truffaut).

Tras todo lo dicho, queda claro, pues, que lo verdaderamente insólito sería no prestarle la debida atención no sólo como película, sino también como documento etnográfico y literario. Que no todos los días se consigue reunir frente al objetivo de una cámara a cinco escritores de la talla de Luis Mateo Díez ("Los grajos del sochantre"), José María Merino ("El desertor"), Julio Llamazares ("Retrato de bañista"), Pedro Trapiello ("Láncara") o Antonio Pereira ("Las peras de Dios"). Aunque sea para contarle cuentos a San Pelayo...


sábado, 27 de agosto de 2016

Las bodas de Blanca (1975)




Director: Francisco Regueiro
España, 1975, 85 minutos

Las bodas de Blanca (1975) de F. Regueiro


Comparando algunos planos de Las bodas de Blanca con Me enveneno de azules se hace evidente que Francisco Regueiro es un autor, con un estilo depuradísimo basado en el uso del travelín para resaltar la magnificencia de los espacios que filma. Una monumentalidad que, si en el ya mencionado filme de 1969 se acentuaba mediante vistas aéreas de Madrid o situando la acción en el Parque del Buen Retiro, seis años después va a estar vinculada a la majestuosidad catedralicia de Burgos y de León.

La música es otro elemento de vital importancia en la concepción cinematográfica de Regueiro. Me enveneno de azules debía buena parte de su atmósfera etérea al Allegretto de la Séptima Sinfonía de Beethoven. En Las bodas de Blanca, en cambio, la carga dramática queda subrayada por diversos fragmentos instrumentales extraídos de la ópera Tosca de Giacomo Puccini, en especial la célebre aria del tercer acto "E lucevan le stelle" ("Y las estrellas brillaban").

Es ésta una historia muy sui géneris (todas las de Regueiro lo son, por otra parte). Blanca (Concha Velasco) desea ardientemente tener un hijo, aspiración que se vio frustrada al ser su primer matrimonio declarado nulo a causa de la impotencia de José (Javier Escrivá). De ahí que pretenda casarse de nuevo con el "mudo" y elemental Antonio (Paco Rabal), quien llega dispuesto a todo revólver en mano y escoltado por su hermana (Charo Soriano, una habitual del cine patrio de los setenta), su cuñado (José Calvo) y su sobrina (la niña Yolanda).

Aunque la familia de Blanca también se las trae: Isabel Garcés, en el último papel de su carrera, encarna a la candorosa tía/monja, perpetuamente ataviada con su hábito blanco. Y Javier de Rivera es el misántropo padre de la protagonista, recluido en su piso para evitar el contacto con un mundo que le asquea. Se diría que los dos hermanos han intercambiado sus roles, habida cuenta de que es él quien observa la clausura que no acata la monja al asistir al convite de los futuros esposos en el restaurante.

¡Y qué convite! Unos bailan sin música, otros increpan a los sufridos camareros. La monjita se niega a ver la televisión y una joven compañera mulata acabará saltándose el voto de silencio. Y aún habrá más extravagancias, bajo un quiosco en ruinas donde se reúnen los amantes a escondidas o en el jardín desde el que Blanca increpa a Julia por las noches (Claudia Gravy).

Representación improvisada del Tenorio en un psiquiátrico

Estrenada tres días antes de la muerte de Franco, Las bodas de Blanca posee el sello inequívoco de películas como El anacoreta (Juan Estelrich, 1976) o Las truchas (José Luis García Sánchez, 1978), tan estrafalarias todas ellas como excepcional fue el momento histórico durante el que se rodaron.