Mostrando entradas con la etiqueta Gary Cooper. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gary Cooper. Mostrar todas las entradas

viernes, 18 de mayo de 2018

Los hijos del divorcio (1927)




Título original: Children of Divorce
Directores: Frank Lloyd y Josef von Sternberg
EE.UU., 1927, 72 minutos

Los hijos del divorcio (1927)


Apenas setenta minutos de duración y el núcleo de la historia ya aparece expuesto en el primer cuarto de hora: Children of divorce, con su carcasa art déco a base de lujosas mansiones, trajes de fiesta y glamurosas flappers, arranca, sin embargo, en los jardines de un internado parisino, regentado por monjas de la caridad, adonde van a parar los pobres hijos de matrimonios ricos y divorciados a los que alude el título. Kitty, Jean y el espigado Ted entablan allí una amistad que retomarán al cabo de los años, si bien marcada por el temor de acabar repitiendo los mismos errores que ya cometieron sus respectivos padres.

Es, por tanto, una evidente finalidad moralizante la que se esconde tras este triángulo amoroso, completado por un príncipe europeo con mucho dinero y muy poca gracia. Parece ser que los locos años veinte no eran tan locos al fin y al cabo, al menos para una industria de Hollywood (que en breve acometería, por cierto, la vorágine del cine sonoro) ávida de proporcionar edificantes argumentos folletinescos a las capas más populares de la audiencia, que eran las que realmente consumían este tipo de productos.



En el plano formal, la realización del escocés Frank Lloyd (y del austriaco von Sternberg, al que los estudios Paramount, según costumbre de la época, encargaron retocar y acabar de pulir el filme durante la fase de postproducción) es impecable. Valiéndose de todo tipo de trávelin y paralelismos, ambos directores dan prueba de su genialidad con detalles como el momento previo al intento de suicidio de Kitty: habiendo dejado en el interior de una cómoda su carta de despedida, acto seguido vemos cómo el rostro de Clara Bow, reflejado en el espejo, se vuelve borroso durante unos instantes.

Conviene recordar, por último, que Los hijos del divorcio fue el título que, aunque tímidamente, empezó a abrir el camino del estrellato para un Gary Cooper que sólo unos meses después conocería las mieles del éxito gracias al drama bélico Alas (Wings), dirigido por William A. Wellman y en el que también formó tándem con la ya mencionada Clara Bow.


jueves, 10 de agosto de 2017

El sargento York (1941)




Título original: Sergeant York

Director: Howard Hawks
EE.UU., 1941, 134 minutos

El sargento York (1941) de Howard Hawks


Cuando se estrenó El sargento York, los Estados Unidos aún no habían entrado en guerra. De hecho, ni siquiera se había producido el ataque a Pearl Harbor. Y, sin embargo, ya había grupos que clamaban a favor del intervencionismo americano en el conflicto, siendo uno de ellos el de los productores de Hollywood. De ahí que idearan una superproducción bélica como ésta en aras de influir sobre el conjunto de la opinión pública americana.

Y, a tal propósito, la figura de Alvin Cullum York venía que ni pintada: héroe de guerra en la primera contienda mundial, ampliamente condecorado y laureado por sus acciones militares, la meca del cine ya le iba detrás desde que regresara del frente en 1919. Pero York, hombre puritano criado en las profundidades de los valles de Tennessee, siempre rechazó la oferta. Hasta que la inminencia de la Segunda Guerra Mundial le hizo cambiar de parecer, aunque imponiendo sus propias condiciones: la primera y más importante era que no aceptaría ser interpretado por otro actor que no fuese Gary Cooper, algo que complicaba un poco las cosas dado que el bueno de Coop ya rondaba los cuarenta años por aquellas fechas; la segunda, que ninguna actriz de vida licenciosa (ni siquiera fumadora) interpretase a su mujer, lo cual se solucionó eligiendo a la angelical Joan Leslie, entonces una adolescente de apenas dieciséis primaveras.

"A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César..." 


La jugada salió redonda: once nominaciones a los premios de la Academia que se saldaron con dos Óscar: mejor actor para Cooper y mejor montaje para William Holmes. Aunque no reside ahí lo principal, sino que lo más relevante fue la cantidad de espectadores que, tras ver la película, acudieron de inmediato a alistarse. Porque Sergeant York iba especialmente dirigida a todos aquellos jóvenes de la América profunda que, como el protagonista, eran temerosos de Dios y fieles cumplidores de sus mandamientos. Los mismos que, en atención al quinto de dichos preceptos, difícilmente hubieran empuñado un arma para quitarle la vida al prójimo. Es por eso que buena parte del filme está destinado a reflejar el hondo dilema moral que se le plantea a York, llevándole desde su inicial objeción de conciencia hasta la fenomenal gesta en la que él y unos pocos soldados son capaces de capturar a todo un batallón de alemanes.

Dividida en cuatro partes bien delimitadas, El sargento York comienza como un wéstern para convertirse, sucesivamente, en una película de reclutas, luego en un filme bélico al estilo de Sin novedad en el frente aunque desprovisto de su carga crítica y, por último, en el recibimiento triunfal del héroe. En resumen, un puro ejercicio de propaganda aderezado con algunas escenas memorables, entre las que destacan la de la conversión de Alvin (con el siempre histriónico Walter Brennan ejerciendo de pastor de la comunidad) o la de los ejercicios de tiro durante la fase de instrucción militar, en la que York deja boquiabiertos a sus superiores haciendo diana hasta en cinco ocasiones consecutivas.


viernes, 7 de julio de 2017

Bola de fuego (1941)




Título original: Ball of Fire
Director: Howard Hawks
EE.UU., 1941, 111 minutos

Bola de fuego (1941) de Howard Hawks


Pero ¡qué película más inteligente!: un sólido guion, inspirado en Blancanieves y los siete enanitos, milimétricamente escrito por Billy Wilder y Charles Brackett (el primero con su refinado sentido del humor centroeuropeo y el segundo haciendo gala de sus dotes argumentativas de antiguo abogado), la pericia de Hawks tras las cámaras y un elenco de actores que quita el sentido. ¿Quién puede resistirse al encanto de Ball of Fire? Por no hablar de la breve intervención del batería Gene Krupa y el memorable número de las cerillas.

Desde la primera vez que la vi (como tantas otras, en el programa ¡Qué grande es el cine! de José Luis Garci, en La 2 de TVE) me ha parecido siempre un portento por la manera en la que hace coincidir dos mundos teóricamente antagónicos: el sosiego del ambiente académico que se respira en la mansión del grupo de sabios frente al frenesí con el que irrumpe Sugarpuss O'Shea (Barbara Stanwyck). No en vano, ella es la Bola de fuego o polvorilla a la que alude el título. Y, como no podía ser menos, es la vida la que se acaba imponiendo al conocimiento vacuo y enciclopédico. Aunque ella también se dejará seducir por el encanto patoso del gramático Bertram Potts (Gary Cooper): "Looks like a giraffe, and I love him. I love him because he's the kind of a guy that gets drunk on a glass of buttermilk!"

¿Quién dijo que los libros no sirven para nada?


Es, precisamente, en ese contraste en el que radica la hilaridad de la mayor parte de situaciones, sobre todo en el plano lingüístico, ya que, habiéndose iniciado la trama a raíz del trabajo de campo que realiza el profesor Potts a propósito de la jerga en la sociedad, la bola (como en cualquier Screwball comedy que se precie) se irá haciendo cada vez más grande conforme se vayan incorporando elementos a cuál más discordante: una vedete, un grupo de gánsters, etc.

A pesar de los setenta y seis años transcurridos desde el estreno, Ball of Fire mantiene intacta su chispa y sigue siendo una óptima reflexión, en clave satírica, sobre un mundo en evolución constante y el papel que la cultura ocupa en él. Si ya en el 41 se planteaba la dicotomía entre la figura del intelectual encerrado en su torre de marfil y ajeno a la realidad en oposición al bullicio de las clases populares, ¿qué cabrá esperar de la era en la que internet y las redes sociales amenazan con vulgarizar la difusión del saber? ¿Una amenaza o una oportunidad? Probablemente ambas cosas: de nosotros depende el posicionarnos a favor o en contra.


domingo, 23 de agosto de 2015

El buen Sam (1948)




Título original: Good Sam
Director: Leo McCarey
EE.UU., 1948, 114 minutos

El buen Sam (1948) de Leo McCarey


El batacazo que se metió Frank Capra con ¡Qué bello es vivir! fue de los que hacen historia, lo cual no es óbice para que, con el tiempo y una caña, la película remontase hasta convertirse en uno de los clásicos indiscutibles de la historia del cine. Ahora bien: lo que es en el momento de su estreno, gustar lo que se dice gustar no le gustó a casi nadie.

Pues, lo que son las cosas, un par de años más tarde Leo McCarey se atrevía con un film de similares características, aunque esta vez sin la mediación de ángeles celestiales en la trama. Se trata de El buen Sam, que cuenta la historia de Sam Clayton (Gary Cooper), un hombre tan tan pero tan generoso que es incapaz de negar un favor a nadie, aunque para ello tenga que privarse él de cubrir sus propias necesidades y las de su familia. Y claro: su mujer está tan hasta el gorro de la prodigalidad del esposo que un poco más y lo manda a freír espárragos o lo que se tercie, cosa que no llega a suceder porque la historia acaba en Navidad (otro paralelismo con ¡Qué bello es vivir!) y sus deudores devuelven a Sam el dinero que se les había prestado y con el que el matrimonio Clayton, unido al crédito que a última hora les concede un banquero caritativo, podrá al fin pagar la casa de sus sueños.

"Te tengo dicho que no me seas tan dadivoso"


¿Dónde radica el fracaso comercial de ambos films? Probablemente en el hecho de que el lema implícito de la sociedad americana es "Búscate la vida" (aunque ellos prefieran denominarlo mediante el más sugestivo eufemismo de Self-made man...). De ahí que las historias de samaritanos (buenos o malos) no acaben de cuajar por aquellos lares (ni entonces ni ahora). Si a ello le sumamos, en el caso de El buen Sam, un sentido del humor más bien cínico y la cargante risa impostada de Ann Sheridan, quizá nos resulte más fácil comprender los motivos del fiasco.

Sea como fuere, lo que está claro es que McCarey (dadas sus firmes convicciones católicas, tan a menudo presentes en su filmografía) era el candidato adecuado para dirigir una película basada en el supuesto de qué sucedería si alguien se tomase al pie de la letra el consabido mandamiento de amarás al prójimo más que a ti mismo.

Duro que gana, duro que presta

viernes, 24 de abril de 2015

El hombre del Oeste (1958)




Título original: Man of the West
Director: Anthony Mann
EE.UU., 1958, 100 minutos

A sus casi 57 años, Cooper interpreta el papel de un hombre más joven


Alabado por Jean-Luc Godard y otros ilustres miembros de la Nouvelle vague francesa como "magistral lección de cine" o incluso "western existencial", El hombre del Oeste supuso en su momento una de las cimas del género, además de estar entre las últimas películas que protagonizó Gary Cooper.

Yendo de camino para contratar a una maestra de escuela, Link Jones (Gary Cooper) es abandonado a su suerte a un centenar de kilómetros lejos de cualquier sitio cuando el tren en el que viajaba es asaltado. Junto a él se encuentran Billie Ellis, una atractiva muchacha cantante en un salón de baile (interpretada por Julie London) y Sam Beasley, un entrañable e inofensivo buscavidas encarnado por el actor Arthur O'Connell, con quienes intentará obtener refugio en una cercana casa en la que habitan el forajido Dock Tobin (Lee J. Coob) y sus secuaces, con los que Link solía colaborar en el pasado. Ellos ya no confían en él y él los detesta, si bien deciden que podría serles de ayuda en un último golpe: atracar el banco de la pequeña ciudad de Lassoo...

Link (Cooper), Beasley (O'Connell) y Billie (London)
Los hombres de Dock Tobin obligan a Billie a desnudarse
Link Jones (Gary Cooper) y Coaley (Jack Lord)
Caricatura de las escenas arriba mostradas