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sábado, 16 de julio de 2022

Juegos de verano (1951)




Título original: Sommarlek
Director: Ingmar Bergman
Suecia, 1951, 96 minutos

Juegos de verano (1951) de Bergman


Con la fuerza evocadora de todo primer amor, la bailarina Marie (Maj-Britt Nilsson) rememora el verano que trece años atrás pasó en compañía de Henrik (Birger Malmsten), un muchacho más bien tímido que conoció durante unas vacaciones en casa de sus tíos. Ambos eran jóvenes y bellos, pero la desgracia, que no distingue edades ni estatus, se cernió sobre la pareja dejando sumida a Marie en una pesadumbre de la que ya nunca se repondría plenamente.

Ahora el día a día de la mujer transcurre entre los bastidores del afamado teatro en el que su compañía ultima los preparativos para el inminente estreno de El lago de los cisnes. Aunque en mitad de los ensayos recibirá un paquete que le va a hacer revivir los dolorosos acontecimientos de aquel lejano verano de su adolescencia.



Uno de los encantos principales de Sommarlek (1951) radica en lo bien filmadas que están las secuencias de ballet, gracias a una profundidad de campo y un dominio de la puesta en escena que denotan no sólo los orígenes teatrales de Bergman, sino, sobre todo, su extraordinaria pericia a la hora de coreografiar cada plano.

Aun así, la maestría de la que el sueco hace gala en la planificación técnica serviría de muy poco si la historia narrada careciese de verdadera fuerza dramática. Algo que, por supuesto, queda absolutamente fuera de duda, toda vez que los hechos aquí descritos poseen la calidad literaria de, por ejemplo, un Chéjov o de cualquier autor experto en diseccionar las relaciones humanas. Así pues, los tipos que pululan entre bastidores en el teatro, viejos cascarrabias en su mayoría, tienen su correlato en la tirantez que a veces se respira en la residencia veraniega de los tíos de Marie, en especial cuando el tío Erland (Georg Funkquist) hace gala de su cinismo. Elementos, todos ellos, que contrastan vívidamente con las horas felices que pasaron juntos los dos enamorados.



sábado, 30 de junio de 2018

Tres mujeres (1952)




Título original: Kvinnors väntan
Director: Ingmar Bergman
Suecia, 1952, 107 minutos

Tres mujeres (1952) de Ingmar Bergman


La urdimbre episódica de Tres mujeres esconde una de las historias más profundamente freudianas de las concebidas por la siempre tortuosa mente del sueco Ingmar Bergman. Una película en la que se habla abiertamente de sexo, adulterio y otras pasiones inconfesables aprovechando la estancia de cuatro mujeres, casadas con cuatro hermanos, en la apacible residencia estival donde la familia se dispone a pasar sus vacaciones. Así pues, y mientras las cuatro cuñadas esperan la inminente llegada de los maridos, se irán contando historias, a cuál más íntima, sobre sus respectivos matrimonios, si bien una de ellas declinará la oferta, lo cual explica el título elegido por el director.



La ventaja de una estructura tan peculiar es que permite alternar momentos de intenso drama, como el episodio en el que Marta (Maj-Britt Nilsson), a consecuencia de su relación con un pintor de la bohemia parisina, se queda embarazada, con la cómica y accidentada crónica de lo acontecido entre Karin (interpretada por la actriz, y posteriormente escritora, Eva Dahlbeck) y su esposo en el interior del ascensor en el que se quedan encerrados tras una solemne recepción con el príncipe heredero y demás miembros eminentes de la aristocracia sueca.



Bergman, consumado maestro a la hora de manejar los tiempos dentro de una tan compleja red de confidencias, plantea la primera de dichas situaciones con semejante alarde de sutileza que nos hará creer, hasta el último segundo, que Marta, tras haber rechazado a un oficial americano que pretendía casarse con ella, acude a la clínica con la intención de abortar, cuando, en realidad, está a punto de dar a luz. En la segunda, en cambio, opta por una ironía rayana en el sarcasmo para "desnudar" a una pareja, habituada a ignorarse valiéndose de la hipocresía de los convencionalismos sociales y forzada a abandonar esa zona de confort en la estrechez de la cabina que se ven obligados a compartir durante unas horas.



Como ya sucediera con el relato de Rakel (Anita Björk), marcado por la tensión sexual no resuelta entre ésta y un amigo de la infancia con el que acabará engañando a su marido, en los restantes casos expuestos quien sale mejor parada es invariablemente la mujer, vista no ya como un ser sumiso a la voluntad masculina, sino como alguien capaz de tomar las riendas de su vida. En ese aspecto, adquiere una importancia notable el hecho de que la joven Maj (Gerd Andersson) decida fugarse con su novio tras haber escuchado el testimonio de las demás: con apenas diecisiete años, tal y como señala el comentario mordaz de uno de los hombres de la casa, ella cree que actuando así está haciendo algo prohibido, cuando lo más probable es que no tarde en regresar al redil.


martes, 26 de junio de 2018

La alegría (1950)




Título original: Till glädje
Director: Ingmar Bergman
Suecia, 1950, 97 minutos

La alegría (1950) de Bergman


Comenzando por el desenlace y en claro contraste con su título, La alegría (1950) se abre con la terrible noticia del fallecimiento de la protagonista femenina y de su hija a consecuencia de una explosión de gas. A partir de ese instante, el marido, violinista en una orquesta sinfónica al igual que su difunta esposa, se retrotraerá en el tiempo para rememorar los momentos más relevantes de su vida en común.

Stig (Stig Olin) y Marta (Maj-Britt Nilsson)


Que no son demasiados, todo hay que decirlo, a juzgar por el carácter atormentado de ambos: ella (Maj-Britt Nilsson) acabará rechazando cualquier contacto carnal con el hombre como consecuencia de una educación excesivamente puritana; él (Stig Olin) termina en los brazos de una mujer más sensual, sí, lo cual no significa que lo haga más feliz.

Nelly (Margit Carlqvist) y Stig


En su habitual línea de intensidad dramática, Bergman perfila un sólido retablo en el que la introspección de los personajes viene dada por el abrumador protagonismo de la música, una banda sonora formada por piezas de Mendelssohn, Mozart, Smetana y, sobre todo, Beethoven, cuya Novena sinfonía marcará el clímax en un soberbio desenlace en el que las notas del Himno a la alegría traducen la emoción que las palabras no alcanzan a expresar, en perfecta simbiosis con la vehemencia de las imágenes: un conjunto y coros magistralmente liderados bajo la batuta de Victor Sjöström, vieja gloria del cine mudo que aquí encarna a un quisquilloso director de orquesta y que, un lustro después, protagonizará la extraordinaria Fresas salvajes (1957).

Stig y Sönderby (Victor Sjöström)