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domingo, 15 de febrero de 2026

Cleo de 5 a 7 (1962)




Título original: Cléo de 5 à 7
Directora: Agnès Varda
Francia/Italia, 1962, 90 minutos

Cleo de 5 a 7 (1962) de Agnès Varda


Dotada de la mirada de un fotógrafo y un alma casi de filósofo, Agnès Varda propone en Clèo de 5 à 7 (1962) un relato que transcurre prácticamente en tiempo real, capturando noventa minutos críticos en la vida de una joven cantante parisina. Florence (la Cléo del título) es una intérprete pop en ascenso que espera impacientemente los resultados de una biopsia para saber si padece cáncer. Así pues, la película cubre el lapso temporal entre las cinco y las seis y media de la tarde, lo que da pie a un deambular por las calles de París que se acaba convirtiendo en un viaje espiritual. Durante dicho proceso, Cléo pasará de ser un objeto pasivo (deseada por todos) a transformarse en un sujeto activo que observa el mundo por vez primera.

Varda se sirve de la ciudad de París no como un decorado, sino más bien como un personaje vivo. En ese sentido, la cámara sigue a Cléo por cafés, tiendas de sombreros y concurridos bulevares, valiéndose de un estilo documental que captura el bullicio del París de principios de los años sesenta. Pero a pesar de la luminosidad de la fotografía en blanco y negro, la muerte acecha tras cada esquina: en las cartas del tarot de la escena inicial (la única rodada en color), en el fragor callejero o en las preocupantes noticias que, sobre la guerra de Argelia, llegan desde la radio.



Al dividir la estructura en capítulos con marcas temporales, la película adquiere una tensión única que hace que el espectador sienta cada minuto del reloj como si fuese la protagonista. También la banda sonora, compuesta por el legendario Michel Legrand (quien interviene fugazmente en un pequeño papel), pasa gradualmente de las ligeras cancioncillas que los protagonistas interpretan al piano (o que suenan en los tocadiscos de los bares) a piezas de una melancolía desgarradora como "Sans toi".

La belleza radiante de Corinne Marchand inunda la pantalla para mostrarnos el interior de una mujer que únicamente después de quitarse su peluca rubia, despojándose de la "máscara" que la sociedad y sus amantes le han impuesto, encontrará su alma gemela en la figura de un sencillo soldado que apura sus últimos instantes de permiso antes de volver al frente. En efecto, la aparición de Antoine, ya en el tramo final de la película, es el catalizador que completa la transformación de Cléo, ya que mientras ella teme morir de una enfermedad interna (el cáncer), él se enfrenta a una amenaza externa (la guerra), lo cual rompe el aislamiento de la joven, que ya no se sentirá sola en su miedo.



viernes, 30 de mayo de 2025

Primavera en otoño (1973)




Título original: Breezy
Director: Clint Eastwood
EE.UU., 1973, 106 minutos

Primavera en otoño (1973) de Clint Eastwood


Primavera en otoño, título de innegables resonancias machadianas (por aquello del olmo viejo al que le surgen brotes verdes) con el que fue rebautizada aquí en España Breezy (1973), plantea un tema que por aquel entonces era todavía tabú (o por lo menos más tabú que hoy en día): la diferencia de edad entre los miembros de una pareja. Y es que Hollywood venía coqueteando con el tema desde que Lolita (1962) de Kubrick desatase el escándalo y, algunos años más tarde, El graduado (1967) explorase el reverso de esa misma polémica.

Sin embargo, la proverbial sensibilidad del en apariencia duro Clint Eastwood rehúye cualquier tipo de morbo en ésta su tercera película como director, tras las muy notables Escalofrío en la noche (1971) y el wéstern Infierno de cobardes (1973). De modo que la relación entre el maduro Frank (William Holden) y la hippy veinteañera que se cruza en su camino (Kay Lenz), pese a las muchas cosas que los separan, él con su atuendo impoluto, ella con su guitarra al hombro, discurre por unos cauces mucho más tiernos.



No faltará, con todo, el miedo al qué dirán por parte de un hombre divorciado cuya aflicción se ha ido condensando con el paso de los años en esa especie de nube negra que, según Breezy, parece flotar a todas horas sobre su sempiterno semblante serio. Reticencias que habrá de ir superando a base de dejarse conquistar por ese soplo de aire puro (atención al juego de palabras del título original) que representa la irrupción en su vida de la despreocupada y alegre muchacha.

Con todo y con eso, el encanto de esta pequeña joya por redescubrir (escrita, por cierto, por una mujer, la malograda Jo Heims) no impide que puedan atisbarse en su trasfondo destellos un tanto reaccionarios, básicamente en la figura paternal que parece encarnar Frank para una chica hasta entonces de vida errática y que, a partir del momento en el que inicien su romance, sentirá la necesidad de cocinar para él o de cambiar su indumentaria hippy por ropa más como Dios manda.



martes, 9 de mayo de 2023

Interferencias (1988)




Título original: Switching Channels
Director: Ted Kotcheff
EE.UU., 1988, 105 minutos

Interferencias (1988) de Ted Kotcheff


Dos nominaciones a los premios Razzie (o anti-Oscars) fueron el único y triste palmarés cosechado por Switching Channels (1988), enésima recreación de un argumento y unos personajes cuyo estreno teatral se remonta a finales de los años veinte, pero que aspiraba a emular el éxito obtenido unos meses antes por James L. Brooks con Al filo de la noticia (Broadcast News, 1987). Sin embargo, antes que un remake convencional de The Front Page, pudiera decirse que la cinta que nos ocupa fue más bien una puesta al día de Luna nueva (His Girl Friday, 1940), el clásico de Hawks y una de las cimas de la screwball comedy que tomaba los personajes de la sátira creada por Ben Hecht y Charles MacArthur para darles un nuevo giro en clave romántica.

Tal y como allí sucedía, la pareja protagonista (unos Burt Reynolds y Kathleen Turner que, a su vez, tomaban el relevo de Cary Grant y Rosalind Russell) se verá envuelta en una doble trama donde lo profesional y lo personal van indisolublemente de la mano. Sólo que ahora, en lugar de transcurrir en una oscura sala de prensa o en la redacción de algún periódico sensacionalista, la acción se traslada al medio televisivo. Entre otras cosas porque la sociedad de aquel entonces vibraba al ritmo marcado por los espacios informativos de la pequeña pantalla.



Lo que sigue igual son las argucias del exmarido y director de una cadena de noticias que intenta retener a toda costa a su ya exmujer y mejor reportera para que no se case con el apolíneo Blaine Bingham (Christopher Reeve). Asimismo, la corrupción política, lejos de haber ido a menos, se manifiesta en todo su apogeo cuando un obtuso candidato a gobernador (Ned Beatty), en connivencia con el no menos lerdo alcalde de Chicago, decide utilizar la ejecución pública de un reo con finalidades electoralistas.

Pero los tiempos han cambiado y el hecho racial (presente en versiones anteriores, donde el condenado a muerte habría matado a un agente de color) cede su relevancia en favor de una crítica velada contra la pena capital. En ese sentido, la campaña que la cadena SNN lleva a cabo con tal de convencer a la audiencia sobre la necesidad de perdonar al reo Ike Roscoe (Henry Gibson) pone de manifiesto que amplios sectores de la opinión pública norteamericana comenzaban a percatarse del carácter anacrónico de las ejecuciones.



domingo, 19 de julio de 2020

No te puedes fiar ni de la cigüeña (1973)




Título original: L'événement le plus important depuis que l'homme a marché sur la Lune
Director: Jacques Demy
Francia/Italia, 1973, 92 minutos

No te puedes fiar ni de la cigüeña (1973)
de Jacques Demy

A pesar de haberle obligado a cambiar el final por otro menos punzante, la idea básica de esta comedia tan atípica sigue siendo, casi cinco décadas después de su estreno, cuando menos transgresora. Porque eso de que un hombre se quede embarazado resulta, ciertamente, embarazoso. O, como rezaba el título original en francés de la película: "El acontecimiento más importante desde que el hombre pisó la luna".

Demy, cineasta dotado de una sensibilidad extrema, quiso poner en tela de juicio los roles tradicionalmente asignados a uno u otro sexo. Y lo hizo arremetiendo allí donde más dolía, asignándole a Marco Mazetti, un aguerrido profesor de autoescuela italiano al que da vida el otrora galán Marcello Mastroianni, la característica definitoria por excelencia de la feminidad.



Pareja de hecho, por aquel entonces, en la vida real, la Deneuve y Mastroianni encarnan a dos modestos ciudadanos de clase trabajadora que, de la noche a la mañana, se ven envueltos en una vorágine mediática sin precedentes que amenaza con cambiar el rumbo de la humanidad. De hecho, la maternidad (o paternidad, sería más acertado decir) es un arma de doble filo, ya que, por una parte, hace aflorar en el macho su lado más tierno, pero, al mismo tiempo, ¿qué pasaría si cundiera el ejemplo de los Mazetti? ¿Se duplicaría la población mundial en pocos años si los hombres, además de las mujeres, comenzasen a dar a luz?

Las visitas al ginecólogo, los equívocos que provoca la situación en el entorno de la pareja, los antojos del gestante, la incipiente barriguita de un señor con bigote... Situaciones, todas ellas, que Demy sabe resolver con su habitual maestría, mezcla de ingenio y ternura, aunque aderezadas con un sarcasmo hacia los convencionalismos sociales, los medios de comunicación de masas y los malos hábitos (sobre todo alimenticios) de la vida moderna que aún mantiene intacta su vigencia.


sábado, 18 de julio de 2020

Piel de asno (1970)




Título original: Peau d'âne
Director: Jacques Demy
Francia, 1970, 91 minutos

Piel de asno (1970) de Jacques Demy


Il était une fois un roi si grand, si aimé de ses peuples, si respecté de tous ses voisins et de ses alliés, qu'on pouvait dire qu'il était le plus heureux de tous les monarques. Son bonheur était encore confirmé par le choix qu'il avait fait d'une princesse aussi belle que vertueuse; et ces heureux époux vivaient dans une union parfaite. De leur chaste hymen était née une fille, douée de tant de grâces et de charmes, qu'ils ne regrettaient pas de n'avoir pas une plus ample lignée...

Charles Perrault
Peau d'âne

Tres son las fuentes principales de las que bebe este hermoso cuento de hadas, basado en el universo literario de Charles Perrault (1628–1703). Por una parte, Peau d'âne es un homenaje en toda regla al Cocteau de La belle et la bête (1946), obra maestra de cuyo riquísimo repertorio de elementos simbólicos y conceptuales toma prestada (amén de la presencia de Jean Marais) la ambientación, el carácter artesanal de la puesta en escena y hasta recursos tan simples, pero a la vez tan imaginativos, como el uso de la cámara lenta. 

Por otra parte, aunque en menor medida, sería posible también rastrear la influencia de The Wizard of Oz (1939) no sólo en los rasgos fantásticos de la cinta o en su pertenencia al género musical, sino, sobre todo, en el tratamiento del color (por ejemplo, en el caso de los caballos del Rey Rojo). Por último, pese a que no se trate estrictamente de una "fuente", sino más bien de lo que podríamos denominar unidad de estilo, el protagonismo de Catherine Deneuve, así como la banda sonora de Michel Legrand, marcan una continuidad con el exitoso díptico que forman Les parapluies de Cherbourg (1964) y Les demoiselles de Rochefort (1967), filmes con los que éste comparte un mismo candor, que a veces roza la parodia y hasta lo humorístico.



Una fábula que coquetea con el tema del incesto (el padre, tras enviudar, pretende casarse con su propia hija y ésta, aconsejada por su hada madrina, le da largas), pero que destaca por un diseño de vestuario, a cargo del italiano Gitt Magrini, y una dirección artística, supervisada por Jacques Dugied, primorosamente exquisitos. Y que, en el marco espectacular de los castillos de Plessis-Bourré o de Chambord, adonde se rodaron los exteriores, resplandecen todavía más, si cabe.

Brujas que escupen sapos, burros que excretan rubíes y diamantes, lacayos con la cara azul, princesas de aspecto ceniciento que lucen radiantes cuando se las viste con luz de luna o rayos de sol: visualmente, Peau d'âne sigue siendo hoy el mismo portento que hace medio siglo concitó a más de dos millones de espectadores hacia las salas francesas, en lo que constituyó el mayor éxito comercial de la carrera de Jacques Demy.


viernes, 17 de julio de 2020

Las señoritas de Rochefort (1967)




Título original: Les demoiselles de Rochefort
Director: Jacques Demy
Francia, 1967, 121 minutos

Las señoritas de Rochefort (1967) de Jacques Demy


Tras el éxito cosechado por Les parapluies de Cherbourg (1964), filme íntegramente cantado y encantado, Demy contraatacaba con la otra cara de la moneda: una explosión de júbilo y tonos pastel cuya banda sonora corría de nuevo a cargo del sublime Michel Legrand, quien optaría al Óscar de aquel año gracias a una partitura sencillamente extraordinaria. A este respecto, Les demoiselles de Rochefort fue y será siempre una cinta que trasmite alegría de vivir merced a una puesta en escena, entre cómica e incluso paródica, con un punto naíf, que va más allá de los parámetros de lo que es estrictamente el género musical.

Sus personajes son seres puros, despreocupados, que habitan un espacio en el que jamás han regido las aburridas normas del mundo convencional. Por eso la señora Garnier (Danielle Darrieux) tuvo sus gemelas y, muchos años después, al pequeño Boubou a raíz de sendos deslices. Y de ahí, precisamente, que el seráfico Maxence (Jacques Perrin), con su inmaculado vestidito de marinero y su inverosímil cabello teñido de rubio, pueda saltar cada noche el muro de la caserna para ir en busca de su ideal.



Consciente de su condición de autor, Demy invoca los referentes de su generación y aun de su propio universo, con alusiones a la ciudad de Nantes (lugar de nacimiento del director y del ya mencionado recluta-pintor Maxence), Lola (1961) o Les parapluies... Juego de citas en el que también tienen cabida mitos tan dispares como Jules et Jim (1962), de su compañero de filas François Truffaut, o los musicales de Stanley Donen (homenaje, este último, subrayado por la presencia estelar en el reparto del mismísimo Gene Kelly: reclamo tan atractivo, para los espectadores de finales de los sesenta, como el que supuso contar con George Chakiris, célebre tras su participación en West Side Story).

Amores que vienen y van, con esa sencillez que únicamente es capaz de auspiciar el celuloide, durante un fin de semana en el que unos feriantes forasteros instalan su caravana en la soleada plaza del pueblo. Delphine (Catherine Deneuve) y Solange (Françoise Dorléac), hermanas a ambos lados de la pantalla, aprovecharán la ocasión para unirse al convoy rumbo a París: tierra prometida donde les aguarda el éxito en compañía de los hombres apuestos ante cuyos encantos, una y otra, acaban de sucumbir.


martes, 7 de julio de 2020

Banda aparte (1964)




Título original: Bande à part
Director: Jean-Luc Godard
Francia, 1964, 95 minutos

Banda aparte (1964) de Jean-Luc Godard


Dos son las escenas que todo el mundo recuerda de esta película: por una parte, la del trío protagonista bailando acompasadamente el Madison (una coreografía de moda); por otra, la de estos mismos individuos corriendo a toda velocidad a través de las salas del museo del Louvre. Lo cual da una idea del espíritu burlón con el que Godard, enfant terrible de la Nouvelle Vague, afrontó el rodaje de uno de los títulos más emblemáticos de la primera etapa de su filmografía.

Ante todo, Bande à part es un homenaje a la literatura de quiosco en su vertiente noir, como lo atestigua el hecho de que Franz (Sami Frey) y Arthur (Claude Brasseur) se propongan dar un golpe según los parámetros de las novelitas que tanto les gusta leer. Aunque tampoco faltan, como es habitual en toda la obra de su director, referencias continuas a Rimbaud, Poe, Queneau, Shakespeare, Louis Aragon (autor de la letra de la canción que Odile canta en el metro) y otros poetas de la cultura con mayúsculas.



También la secuencia en la academia de inglés forma parte de los momentos memorables del filme, no sólo porque supone la entrada en contacto de Odile (Anna Karina) con los que van a ser sus compañeros de correrías, sino por aquello que, parafraseando a T. S. Eliot, escribe la profesora en la pizarra: clásico es igual a moderno, puesto que todo lo nuevo se convierte de inmediato en tradición.

La música de Michel Legrand y la fotografía en blanco y negro de Raoul Coutard son algunos de los ingredientes que contribuyen a crear la inconfundible atmósfera de una cinta que, como tantas veces en Godard, oscila entre lo cómico y lo profundo, entre la boutade aparentemente absurda (como el "minuto" de silencio de los tres protagonistas en un café) y las citas trascendentalmente solemnes en boca de unos seres que parecen ir a la deriva sin tomarse demasiado en serio a sí mismos.


domingo, 26 de agosto de 2018

La bahía de los ángeles (1963)




Título original: La baie des anges
Director: Jacques Demy
Francia, 1963, 90 minutos

La bahía de los ángeles (1963)


Tal vez sea la luminosidad de Niza o el rubio platino de Jeanne Moreau; quizá se deba a la fotografía en blanco y negro de Jean Rabier o, sin duda, a la pericia de Jacques Demy para dar con la puesta en escena perfecta, subrayada por el arrebato apasionado de la partitura del siempre impetuoso Michel Legrand. Pero lo cierto es que La baie des anges desprende una luz especial, aquella que sólo los jóvenes entusiastas de la Nouvelle vague supieron captar.

La historia que cuenta es tan sencilla como el ardor de todo amour fou, como la turbulenta relación de los protagonistas de À bout de souffle (1960) o el triángulo retozón y travieso de Jules et Jim (1962). Al igual que Godard o Truffaut, Demy huye de la senda recta y previsible de todo convencionalismo para focalizar su mirada en dos seres que han elegido vivir al margen y al límite.



Cansado de un rutinario puesto como empleado de banca, Jean (Claude Mann) decide seguir los pasos de su compañero Caron (Paul Guers), quien lo introduce en los tentadores cenáculos del juego de la Costa Azul. Allí, en uno de tantos casinos y tras debutar con un golpe de suerte, Jean conoce a Jackie (Moreau), adicta a la ruleta y a la vida y que, como él, también dejó atrás las obligaciones de una existencia reglada (marido e hijo incluidos).

Ganen o pierdan, el denominador común de ambos es su completa amoralidad, lo cual no es óbice para que sintamos una irresistible simpatía hacia la pareja conforme se vayan exponiendo los detalles de su periplo. Puede que ella sea una mujer fatal ludópata; puede que él, un hijo pródigo. Poco importa: cuando la cámara se distancie de ellos, cerrando así el círculo que se había abierto con un trávelin de alejamiento durante los títulos de crédito iniciales, la suerte estará echada, quien sabe si para siempre...


lunes, 25 de junio de 2018

Las guardianas (2017)




Título original: Les gardiennes
Director: Xavier Beauvois
Suiza/Francia, 2017, 138 minutos

Las guardianas (2017)


A sus apenas cincuenta años, el actor y director Xavier Beauvois va camino de convertirse en una de las voces más singulares del cine francés. Como intérprete hace poco que lo veíamos en Un sol interior de Claire Denis, mientras que el penúltimo de los diez títulos que hasta la fecha ha dirigido, la comedia negra El precio de la fama, se remonta a 2014: clicando sobre la etiqueta que lleva su nombre al final de esta entrada accederéis al comentario que, en su día, dedicamos a ambas películas. 

Aunque el filme que, sin duda, le ha valido un mayor reconocimiento por parte de crítica y público es De dioses y hombres (2010), aquella reposada cinta sobre las tribulaciones de una comunidad de frailes que decidía arriesgarse a permanecer en suelo argelino durante los aciagos días del fundamentalismo islámico.

Y es curioso porque en Las guardianas, la que, de momento, es la más reciente de sus incursiones en la dirección, parece haber recuperado aquel mismo tempo narrativo lánguido y sereno, ahora para centrarse en la labor de un grupo de mujeres en la retaguardia mientras sus maridos, hermanos e hijos se juegan la vida en las trincheras de la Primera Guerra Mundial.

Para interpretar a la adusta Hortense, la actriz Nathalie Baye
(izquierda) no ha dudado en avejentar su apariencia física


Por el retrato que lleva a cabo, en pleno contexto rural, a propósito de un matriarcado que debe apañárselas para sobrevivir sin presencia masculina a resultas de un conflicto armado que reclama sus servicios, la película de Beauvois presenta no pocas similitudes con la reciente La mujer que sabía leer. Y no sólo por el tema, sino también, a nivel visual, por una dirección de fotografía claramente inspirada en el universo pictórico de las espigadores de Millet.

"La guerra de los hombres / La batalla de las mujeres": el eslogan publicitario de Les gardiennes resume certeramente cuáles han sido las intenciones de su director a la hora de adaptar la novela homónima de Ernest Pérochon (1885-1942). Un texto que data de 1924 y cuya versión cinematográfica protagonizan Nathalie Baye (Hortense) y Laura Smet (Solange), madre e hija en la ficción y en la vida real: de hecho, casualidades del destino, el estreno de la película en Francia coincidió con el fallecimiento de Johnny Hallyday, exmarido y padre, respectivamente, de las susodichas.

Madre e hija: Nathalie Baye (Hortense) y Laura Smet (Solange)

miércoles, 22 de marzo de 2017

Los paraguas de Cherburgo (1964)




Título original: Les parapluies de Cherbourg
Director: Jacques Demy
Francia/Alemania, 1964, 88 minutos

Lo que pudo haber sido y no fue

Los paraguas de Cherburgo (1964) de Jacques Demy


¿Cómo es posible ver la última escena de Les parapluies de Cherbourg, aunque sea por enésima vez, sin que uno sienta un escalofrío en el espinazo? Por más que la nieve sea artificial; pese a que los actores sobreactúen como en los modernos culebrones televisivos. Ni que decir tiene que esa parte de opereta es lo que menos preocupaba a Jacques Demy, más interesado en el detalle preciosista de, por ejemplo, unos decorados que se distinguen por la viveza de su colorido. Definitivamente, el malogrado cineasta francés no sólo fue un maestro consumado en el terreno del musical, sino también un redomado esteta.

A cuyas sobresalientes dotes para la puesta en escena se unía, en esta ocasión, el talento de un Michel Legrand en estado de gracia, dando lugar a tan feliz maridaje que se hizo casi inevitable el que volviesen a repetir la fórmula tres años más tarde con Les demoiselles de Rochefort. Receta que, en este primer ensayo, se concretaba en el ingenioso eslogan que figura en el cartel de la película: "En musique, en couleurs, en chanté". Como en-cantados quedarían los académicos que la nominaron a cinco premios Óscar o el jurado que la recompensó con la Palma de Oro en Cannes.



Ya en el tráiler de avance los productores demostraban ser conscientes de estar alumbrando un hito en la historia del cine al equiparar el estreno de Les parapluies... con la aparición de, sucesivamente, la fotografía, el cinematógrafo y la posterior llegada del sonoro. Y sin duda que tenían razón, habida cuenta de la influencia que en el futuro ejercería el filme sobre el estilo de realizadores como Pedro Almodóvar, otro director que, al igual que Demy, ha destacado por su elegancia en el tratamiento de la imagen o el diseño de vestuario.

Su osadía queda patente desde el imposible plano de inicio: una insólita toma cenital en la que se supone que la cámara estaría situada en el interior de una nube desde la que vemos caer la lluvia en picado sobre los adoquines y los viandantes de Cherburgo. No es la única angulación inverosímil que contiene la cinta: el ulterior travelín en contrapicado extremo con el que se señalará la llegada de la primavera al recortarse las ramas floridas de los árboles contra las nubes revela la voluntad de su creador de marcar la diferencia respecto al cine convencional.

Porque no solamente el hecho de estar enteramente cantada hace de ésta una película excepcional: también contribuyeron a ello el atreverse a convertir en protagonista a una madre soltera o el abordar el tema del entonces reciente conflicto de Argelia, tratado indirectamente pero con unas consecuencias irreversibles sobre los destinos de Guy (Nino Castelnuovo) y Geneviève (Catherine Deneuve). Desde el frente, él le mandará una carta que contiene una de las líneas más bellas de todo el filme: "Hier soir une patrouille est tombée dans une embuscade et trois soldats sont morts. Je ne crois pas pourtant que le danger ici soit grand, mais, c'est étrange, le soleil et la mort voyagent ensemble." El sol y la muerte... Parece el título de una novela de Camus. En todo caso, en lo poético de la expresión se percibe como trasfondo el absurdo de la guerra, primera pieza del efecto dominó que acarreará la separación de los amantes: al igual que en la reciente La la land, lo que pudo haber sido y no fue se intuye dolorosamente en el desenlace tras el velo anodino de la realidad.


domingo, 18 de octubre de 2015

El precio de la fama (2014)




Título original: La rançon de la gloire
Director: Xavier Beauvois
Francia/Suiza/Bélgica, 2014, 110 minutos

El precio de la fama (2014) de Xavier Beauvois


Suiza. Navidad de 1977. En su exclusiva mansión dieciochesca de Vevey, a orillas del lago Leman, agoniza el genial Charlie Chaplin. Aunque la muerte del artista sugerirá una ocurrente idea a Eddy (Benoît Poelvoorde), quien deberá convencer a Osman (Roschdy Zem) para que sea su cómplice.



Basada en un hecho real, El precio de la fama es una comedia negra que narra la chapucera intentona de un par de amigos desesperados por resolver, de una vez por todas, su precaria situación económica. Eddy es el "cerebro" de la trama: tras varios años en prisión, al recuperar la libertad es hospedado por Osman en una modesta roulotte. Osman es un emigrante argelino que vive con su hija Samira, a la espera de que su mujer sea intervenida de una delicada operación de cadera. Y no es que le hagan mucha gracia los planes de su amigo Eddy, que digamos. Pero como este le salvó la vida no le queda más remedio que acabar echándole un cable "por cuestión de principios".



El espíritu de Charlot está muy presente en un film en el que, de hecho, intervienen algunos miembros de la familia Chaplin. Se diría que el actor y director francés Xavier Beauvois hubiese querido, por momentos, combinar el sarcasmo de Monsieur Verdoux (1947) con la melancolía de Candilejas (1952). No era fácil, pues, la pirueta que Beauvois pretendía llevar a cabo y de ahí que la crítica se haya encarnizado con su película, la cual, pese a todo, fue candidata al León de oro en la penúltima edición del Festival de Venecia.



Imponente, por otra parte, la banda sonora de Michel Legrand: todo un lujo, viniendo de un veterano que ha sabido ilustrar las imágenes con la elegancia habitual en él. Se incluye, por cierto, algún guiño al respecto: en el televisor que Eddy regala a Osman y Samira aparecen cantando, durante unos segundos, Catherine Deneuve y Françoise Dorléac en un célebre número de Les demoiselles de Rochefort. Y, como todo el mundo sabe, la música del film de Jacques Demy la compuso también Legrand, aparte de que la Deneuve es la madre de Chiara Mastroianni, quien precisamente interpreta el papel de la circense Rosa en El precio de la fama.

Por último, atención a quienes no hayan visto todavía la película y sean dados a abandonar la sala antes de que acaben los créditos finales: una pequeña sorpresa nos hará ver que, ayer como hoy, todavía hay quien emula a Eddy y Osman...

jueves, 25 de junio de 2015

Fraude (1973)




Título original: F for Fake (Question Mark)
Director: Orson Welles
Francia/Irán/Alemania, 1973, 89 minutos


Fraude (1973) de Orson Welles


Fraude ha sido definido como film ensayo o film collage. En todo caso, amén de ser la última película estrenada por Welles (sin contar trabajos inacabados o para la televisión), fue una obra completa y absolutamente incomprendida en su momento cuando, en realidad, su autor se avanzó bastante a su tiempo. Hoy en día se nos ofrece como una cinta fresca y dinámica, de ritmo trepidante, quizá porque lo que en aquel entonces pareció experimento gratuito ahora es visto como magistral ejercicio de montaje fragmentado.

Y eso que buena parte de las imágenes que vemos en pantalla no fueron ni filmadas por Welles ni pensadas originalmente para formar parte de esta película. Muchas proceden de un documental de François Reichenbach para la televisión francesa sobre el falsificador de cuadros Elmyr de Hory, quien, por otra parte, es una de las figuras centrales de Fraude. Otras, de una película de ciencia ficción de serie B en blanco y negro titulada Earth vs. the Flying Saucers (dirigida por Fred F. Sears en 1956). Y, finalmente, del material rodado por el propio Welles en Ibiza, París y el sur de Francia.

Acompañado por la música de Michel Legrand y ataviado con una capa y sombrero de ala ancha, Welles ejerce de maestro de ceremonias que se presenta a sí mismo como charlatán e ilusionista. Que nadie se extrañe, por tanto, si lo que va a contarnos no es exactamente ni verdad ni mentira sino todo lo contrario...

Interesantísima reflexión sobre los límites del arte (o, parafraseando a Walter Benjamin, sobre "la obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica"), Fraude es al mismo tiempo un autorretrato de su autor así como un descarado homenaje voyeurista a Oja Kodar, la actriz y modelo croata que por aquel entonces era la musa y compañera sentimental de Orson Welles en la vida real.