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sábado, 17 de febrero de 2018

El hombre que ríe (1928)




Título original: The Man Who Laughs
Director: Paul Leni
EE.UU., 1928, 111 minutos

El hombre que ríe (1928) de Paul Leni


Ursus et Homo étaient liés d’une amitié étroite. Ursus était un homme, Homo était un loup, leurs humeurs s’étaient convenues.

C’était l’homme qui avait baptisé le loup. Probablement il s’était aussi choisi lui-même son nom ; ayant trouvé Ursus bon pour lui, il avait trouvé Homo bon pour la bête, L’association de cet homme et de ce loup profitait aux foires, aux fêtes de paroisse, aux coins de rues où les passants s’attroupent, et au besoin qu’éprouve partout le peuple d’écouter des sornettes et d’acheter de l’orviétan. Ce loup, docile et gracieusement subalterne, était agréable à la foule. Voir des apprivoisements est une chose qui plaît. Notre suprême contentement est de regarder défiler toutes les variétés de la domestication. C’est ce qui fait qu’il y a tant de gens sur le passage des cortèges royaux.

Victor Hugo
L'homme qui rit
Chapitre I

"God closed my eyes so I could see only the real Gwynplaine"


Niños secuestrados por bandas de gitanos en la Inglaterra de finales del siglo XVII; una sonrisa tan artificial como perenne y que, décadas después, inspiraría la del Joker de Batman... La que finalmente fue penúltima película dirigida por uno de los más destacados representantes del expresionismo alemán emigrados a Hollywood, tras títulos como El hombre de las figuras de cera (1924) o El legado tenebroso (1927), retomaba algunos elementos de la tradición romántica que el cine mudo se encargó de vulgarizar hasta convertirlos en clichés que luego tendrían su continuidad, en los años treinta, gracias a productoras como la Universal o la RKO.

En primer lugar, porque concedía el protagonismo a un ser deforme, tal y como ya sucediera en El jorobado de Nôtre-Dame (Wallace Worsley, 1923) o El fantasma de la ópera (Rupert Julian, 1925): repudiados por un mundo que se burla de ellos, tales personajes encarnaban a la perfección el ideal decimonónico de individuo al margen de una sociedad en la que no encajan. De ahí las escenas en las que el populacho vil acosa a Gwynplaine, lo mismo que antes a Quasimodo o al espectro interpretado por Lon Chaney, y que los propios responsables de la UFA remedarían en Metrópolis (1927) al hacer que la multitud queme en la hoguera a la mujer máquina.

"A king made me a clown! A queen made me a Peer! But first,
God made me a man!"


Reminiscencias medievalizantes o barrocas que tienen su origen, en la mayoría de filmes citados, en clásicos de la literatura francesa, desde el Victor Hugo de Nôtre-Dame de Paris (1831) o L'homme qui rit (1869), en el caso que os ocupa, hasta el Gaston Leroux de Le fantôme de l'Opéra (1910). Y detrás de todos esos proyectos siempre un mismo productor: el mismo Carl Laemmle que, en los inicios del sonoro, vería cómo su hijo acabaría de perfeccionar la fórmula por él creada gracias a títulos míticos como Frankenstein o Drácula (ambas de 1931).

Hay, por último, en El hombre que ríe toda una simbología que conviene no pasar por alto. De entrada los nombres de los personajes, claramente alegóricos. Así pues, Dea (Mary Philbin) representa la pureza de una "diosa", el único ser que, debido a su ceguera de nacimiento, es capaz de ver la belleza interior del protagonista: "¡Dios cerró mis ojos para que sólo pudiera ver al verdadero Gwynplaine!" Ursus ('Oso', en latín) es ese espíritu libre, charlatán nómada reconvertido en cabecilla de una compañía de cómicos de la legua, en apariencia huraño, pero que demuestra una gran humanidad al recoger en su carromato a los dos niños. En fin, su perro (un lobo domesticado, en la novela) se llama Homo, tal vez para demostrar que algunos animales son más fieles que las personas, como queda claro en el clímax de la escena en la que ataca al pérfido Barkilphedro (Brandon Hurst) haciendo que se hunda en las aguas del puerto como castigo a sus muchas maldades.


miércoles, 4 de marzo de 2015

El fantasma de la Ópera (1925)




Título original: The Phantom of The Opera
Director: Rupert Julian
EE.UU., 1925, 93 minutos

El fantasma de la Ópera (1925)

El mítico productor de origen alemán Carl Laemmle (1867–1939) concibió crear, a partir de 1916, un complejo entramado de locales de exhibición con la finalidad de explotar las cuantiosas producciones de los estudios Universal. Los dividió en tres categorías distintas: las salas Red Feather (destinadas a las creaciones de bajo presupuesto), las Bluebird (especializadas en estrenos para todos los públicos) y las Jewel (que estarían dedicadas a las costosas superproducciones de prestigio). Para ser lanzada en estas últimas, se gestó en 1923 la adaptación de la novela Le Fantôme de l’Opéra del francés Gaston Leroux. Y no se reparó ni en medios ni en presupuesto, a juzgar por el resultado final: de hecho, los carteles publicitarios de la época presumían, como dato impactante, de los alrededor de 5000 extras que habían intervenido en el rodaje de la película.

Con todo, en un primer momento Laemmle no pareció convencido de que la película pudiera gustar al público, lo cual llevaría a retocar o eliminar diversas escenas en el montaje definitivo. Finalmente, el film se estrenará el 15 de noviembre de 1925, convirtiéndose enseguida en un éxito rotundo de taquilla. Tanta fue la notoriedad adquirida por esta versión de El Fantasma de la Ópera que, en 1929, se presentaría, incluso, una versión sonorizada de la misma.

Escena del baile de disfraces rodada mediante un primitivo Technicolor

Dirigida por el hoy olvidado Rupert Julian (un neozelandés errante que previamente había trabajado como actor), entre los muchos y diversos alicientes que ofrecía esta adaptación de El Fantasma de la Ópera se encontraba el hecho de contener diversas escenas rodadas en un primitivo Technicolor bícromo que para la época suponía todo un atractivo. Igualmente impresionantes fueron los espectaculares decorados que recreaban con todo lujo de detalles las interioridades de la Ópera Garnier de París. Por cierto que, hacia el final de la película, aparece momentáneamente la fachada de la catedral parisina: se trata, en realidad, de parte de la decoración utilizada en El jorobado de Notre-Dame (1923), la película cuya popularidad se pretendía emular.

Lon Chaney (apodado, con toda justicia, “el hombre de las mil caras”) había destacado en aquella producción interpretando el papel de Quasimodo, así que parecía lógico que la Universal apostara de nuevo por un título de similares características. Para esta ocasión, el actor se atrevió a transformar completamente su rostro mediante dolorosas técnicas, llegando incluso a la introducción de alambres a través de las fosas nasales.

No sería esta, ni mucho menos, la última vez que la industria del cine se interesara por el mítico habitante de los sótanos de la ópera de París. De las posteriores adaptaciones merece la pena destacar la protagonizada en 1943 por Claude Rains, la ópera rock Phantom of the Paradise (dirigida en 1974 por Brian de Palma) y la que hiciera Joel Schumacher en 2004 a partir del musical de Andrew Lloyd Webber, el cual, a su vez, lleva representándose ininterrumpidamente en los escenarios de todo el mundo desde su estreno en 1986.

El actor Lon Chaney antes y después de una sesión de maquillaje

lunes, 9 de febrero de 2015

Cinefòrum 4 de març




Benvolgudes i benvolguts,

Continuen una vegada més les sessions del cinefòrum Sant Miquel!

El proper dimecres 4 de març, a les 17'30 h., al nostre saló d'actes, tindrà lloc la segona d'elles. I ho farem amb tot un clàssic del cinema de terror: El Fantasma de la Ópera, drama de l'època muda dirigit per Rupert Julian el 1925 i protagonitzat per un actor mític: Lon Chaney ("l'home de les mil cares").

Com ja és habitual, hi haurà una breu presentació abans de començar i un col·loqui posterior a la projecció (en versió original anglesa subtitulada en castellà). La pel·lícula té una durada aproximada d'uns 90 minuts.

La versió que projectarem és una còpia sonoritzada que inclou efectes de so, així com la banda sonora original que acompanyava les imatges. Curosament restaurada, recupera a més a més material inèdit, com ara algunes escenes originalment filmades en color que van suposar un dels primers assajos del Technicolor. Tot plegat, contribueix a retornar l'esplendor original a una caríssima superproducció dels estudis Universal que va comptar per al seu rodatge amb gairebé 5000 extres, sens dubte tot un rècord que val la pena tornar a gaudir en pantalla gran.

Com és habitual, l'assistència està oberta a tota la comunitat educativa del Col·legi Sant Miquel: alumnes i ex alumnes, pares, mares, personal no docent, professores i professors...

Us hi esperem!

P.D.: I per anar fent boca, aquí teniu alguns dels cartells originals de l'època.