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lunes, 28 de julio de 2025

Les irresponsables (2025)




Título en español: Las irresponsables
Directora: Laura Mañá
España, 2025, 91 minutos

Les irresponsables (2025) de Laura Mañá


La directora y actriz Laura Mañá da muestras de un enorme talento para la comedia en Les irresponsables (2025), especie de vodevil moderno en torno a un grupo de mujeres cuyas respectivas existencias, siempre al servicio de los demás, parecen haber llegado a un callejón sin salida. Tres perfiles muy distintos que, sin embargo, llegarán a encajar y complementarse durante un disparatado fin de semana en el que puede pasar (y de hecho ocurre) de todo.

Aparte de los recursos propios del género, con réplicas geniales en unos diálogos que no tienen desperdicio, tanto la música incidental como determinados efectos de sonido contribuyen a generar una atmósfera muy cercana a la de los cartoons de dibujos animados. Lo cual le viene muy bien a una película que, en el fondo, plantea cuestiones mucho más serias de lo que a priori cabría pensar.



Andrea (Àgata Roca) se enfrenta a la cruel situación de ser relegada como entrenadora después de haberlo conseguido todo al frente de su equipo de fútbol. En especial porque el presidente del club, el típico garrulo con pasta, pretende convertirla en la ayudante del nuevo técnico; su hermana Lila (Laia Marull), veterinaria de profesión, atraviesa una fase depresiva porque cree que Gus (Jordi Sánchez) la ha dejado para irse con su mejor amiga; por último, Núria (Betsy Túrnez) se refugia en una fantasía romántica con un apuesto italiano para huir de su triste realidad de logopeda harta de niños maleducados.

Las tres protagonistas tienen en común que han llegado a un punto de no retorno, cada cual por diferentes vías, del que de pronto deciden salir haciendo el máximo ruido posible. Aunque para ello tengan que arrasar la preciosa casa inteligente, repleta de cotizadas obras de arte y demás objetos de valor, que les han prestado. Todo un embrollo, adaptación de la pieza teatral homónima del argentino Javier Daulte, con el que en realidad se pretende abordar la relación entre amigas y hermanas que, en lugar de ceder a los envites del edadismo y la menopausia, optan por plantarle cara sin complejos.



sábado, 1 de febrero de 2020

Te quiero, imbécil (2020)




Directora: Laura Mañá
España, 2020, 86 minutos

Te quiero, imbécil (2020) de Laura Mañá

Compuesto y sin novia, Marcos es, a sus 35 años, un individuo en plena crisis existencial. Una especie de Woody Allen de la Generación Y que nos habla directamente mirando a cámara mientras asistimos a su calamitosa experiencia con las aplicaciones para ligar. Alguien pasado de moda, inseparable de sus vinilos, camisas de cuadros y/o camisetas de Nirvana, que cree que hallará la respuesta a sus múltiples cuitas en Google, a través de los consejos de un gurú virtual de pacotilla (Ernesto Alterio) que difunde sus "sabias" enseñanzas desde un canal de YouTube.

Fiel al estilo que destilan todas sus películas, la nueva comedia de Laura Mañá contiene algunos de los elementos habituales de su cine, desde esa concepción tan desinhibida de la sexualidad y las relaciones de pareja que estaba ya presente en Sexo por compasión (2000), su debut como directora, hasta la frescura de los diálogos, directos y mordaces al igual que los de La vida empieza hoy (2010).



Título, este último, al que remiten algunas situaciones de Te quiero, imbécil, como la condición de desubicado de su protagonista (Quim Gutiérrez), forzado a volver a casa de sus padres de la misma manera que el abuelo argentino se plantaba un buen día, en aquella otra película, en el apartamento de su hijo y de su nuera.

Y es que ser hombre en el siglo XXI no parece tarea nada fácil. Sobre todo desde que, si uno quiere estar a la altura, parece que sea obligatorio depilarse el cuerpo, llevar jerséis de la talla S o pantalones tan estrechos que dificultan la circulación en las piernas... Pero el azar hará de las suyas y una antigua compañera de instituto (Natalia Tena) se cruzará en el camino de Marcos para aportarle la dosis de sentido común que tanta falta le estaba haciendo.


lunes, 6 de enero de 2020

Morir en San Hilario (2005)




Directora: Laura Mañá
España, 2005, 95 minutos

Morir en San Hilario (2005) de Laura Mañá


Más contenida que Sexo por compasión (2000), aunque igualmente deudora del universo de lo real maravilloso, Morir en San Hilario tenía quizá menos de García Márquez y más de Juan Rulfo. En ese sentido, siendo célebre el pueblo en el que transcurre la acción por su cementerio, la referencia a la mítica Comala parece más que evidente. Y no porque sus habitantes sean fantasmas, sino porque el lugar ni siquiera aparece en los mapas. 

Una confusión se encargará del resto: a "el piernas" (Lluís Homar), prófugo de la justicia más bien torpe que se ha fugado con cien millones, lo toman por Germán Cortés, pintor nonagenario que fallece, antes de lo previsto, en el tren que lo lleva a San Hilario para cumplir con su última voluntad... Un hombre que se acaba transformando en otro por el amor de una mujer (Ana Fernández). Una metamorfosis que llevará al rudo gánster a interesarse por la pintura y hasta a la confección de un mural "abstracto".



Sin embargo, otros referentes al margen de los estrictamente literarios parecen adivinarse en el guion de Laura Mañá, desde el recibimiento dispensado en la estación del pueblo a su próximo difunto por la comitiva de don Mariano (Ulises Dumont), y que hace pensar de inmediato en la de ¡Bienvenido, Míster Marshall! (1953), hasta ese villorrio medio espectral medio necrófilo perdido en mitad de la nada cuyos habitantes disfrutan de una paz que recuerda a la del Shangri-La de Lost Horizon (Frank Capra, 1937) o a la de la disparatada Amanece, que no es poco (José Luis Cuerda, 1989).

Rodada en la provincia de Jujuy (Argentina), los vecinos de San Hilario se expresan, no obstante, con una mezcla de acentos que denota su heteróclita procedencia. Forman, quizá sin ser muy conscientes de ello, una especie de secta a la que en breve llegará un intruso, como ocurría en Único testigo (Peter Weir, 1985), que termina haciendo suyos unos usos y costumbres que comportarán su propio sacrificio en aras de la supervivencia de la comunidad, pero también que se deshiele el corazón de la viuda Esther.


viernes, 27 de diciembre de 2019

La vida empieza hoy (2010)




Directora: Laura Mañá
España, 2010, 90 minutos

La vida empieza hoy (2010) de Laura Mañá


-Abuelo, ¿por qué son tan complicadas?
-Porque les hablamos poco...

La tercera entrega de este monográfico que estamos dedicando a Laura Mañá nos permite fijar ya algunas constantes en su filmografía como directora. Por ejemplo, un interés manifiesto hacia el sexo, entendido como necesidad básica y saludable que requiere, por tanto, de grandes dosis de pedagogía para evitar y/o sobreponerse a los peligros de cualquier tipo de represión. O, en claro contraste (por aquello del eros y thánatos), la obsesión por la muerte y los estragos de la senectud. Por último, una defensa continua y destacada de los derechos de la mujer, sin que ello comporte animadversión alguna hacia los hombres.

De todo ello hay un poco en La vida empieza hoy, escrita en colaboración con Alicia Luna y excelente muestra de hasta qué punto una comedia coral puede ser dinámica, pero también reivindicativa. Porque sus protagonistas, la mayoría pertenecientes a la denominada tercera edad (que es ese eufemismo con el que evitamos pronunciar la palabra vejez), reclaman —¿o, más bien, nos recuerdan?— que la libido sigue viva más allá de los setenta.



Y, en clara oposición a Juanita (Pilar Bardem), Herminia (Sonsoles Benedicto) o Julián (Osvaldo Santoro), se hallan los familiares de éstos, incapaces, en muchos casos, de concebir que sus padres, antes que ancianos, siguen siendo personas que sienten y aman. Aunque hay otros, caso de Pepe (Lluís Marco), que primero tienen asuntos pendientes que resolver consigo mismos, ya sea porque necesitan aprender a desenvolverse en su recién estrenada condición de jubilados, ya sea porque, con el pretexto de cuidar de los nietos, han descuidado su relación de pareja durante demasiado tiempo.

Animando al personal está Olga (Rosa Maria Sardà), esa profesora espontánea y desenvuelta que anima a sus veteranos alumnos del cursillo de sexología a que se reserven veinte minutos diarios para practicar alguna actividad que les resulte placentera. Unos optarán por entablar una nueva relación con alguna septuagenaria de buen ver o por establecer complicidades con un nieto adolescente; otros, por zamparse tres raciones de tarta de chocolate. Aunque la más original, a este respecto, es la siempre díscola Juanita, dispuesta a separarse de su marido difunto y hasta a marcharse de este mundo en autobús.





Sexo por compasión (2000)




Directora: Laura Mañá
España/Méjico, 2000, 109 minutos

Sexo por compasión (2000) de Laura Mañá


La impronta de Gabriel García Márquez está tan presente en Sexo por compasión que, más que la ópera prima de Laura Mañá (Barcelona, 1968), su argumento parece sacado de alguna novela del premio Nobel colombiano. Así, por ejemplo, ¿cómo ver a la anciana doña Leocadia, que se manda retratar a diario, y no acordarse de la Mamá Grande o de aquella "cándida Eréndira y de su abuela desalmada"? 

Y, sin embargo, se trata de un guion enteramente original de la actriz y directora (que también tiene su algo de literata), rodado en Méjico con un reparto internacional en el que destacan los franceses Elisabeth Margoni (Lolita) y Éric Bonicatto (Fernando, el marido de Librada), los españoles José Sancho (Manolo), Pilar Bardem (Berta), Álex Angulo (Pepe) o Mariola Fuentes (Floren) y los mejicanos Juan Carlos Colombo (Padre Anselmo), Carmen Salinas (La Madame) o Leticia Huijara.



Realismo mágico al cien por cien para narrar la historia de una mísera aldea en blanco y negro a la que un buen día llega el color gracias al "sacrificio" de Lolita: su entrega (en sentido literal) no sólo traerá la alegría de los hombres, sino que debe leerse en una clave mucho más profunda como la metáfora de una sociedad idílicamente próspera, exenta de prejuicios y, por lo tanto, propicia para la plena realización del individuo.

Los antihéroes de dicha comunidad son, claramente, personajes malhumorados y taciturnos como el cura (obsesionado con recaudar fondos para su iglesia en ruinas), la comitiva de meretrices que viene a quejarse de competencia desleal o Manolo, versión cateta del macho alfa que no duda en abandonar a su mujer sólo porque ésta es bondadosa y compasiva en exceso. En cambio, son las mujeres  del pueblo quienes, lideradas por Berta, propugnan un peculiar matriarcado que las libere, emulando a Lolita, del yugo de sus maridos.


jueves, 26 de diciembre de 2019

Palabras encadenadas (2003)




Directora: Laura Mañá
España, 2003, 87 minutos

Palabras encadenadas (2003) de Laura Mañá


El éxito de público cosechado por el dramaturgo barcelonés Jordi Galcerán (1964) favoreció que, a comienzos de este siglo, se llevasen a cabo sendas adaptaciones cinematográficas a partir de sus dos obras teatrales más conocidas: El método (2005), basada en El mètode Grönholm, y, dos años antes, estas Palabras encadenadas que dirigió la actriz y realizadora Laura Mañá con Darío Grandinetti y Goya Toledo en los papeles protagonistas.

En el momento de su presentación —llevada a cabo en el Teatro Romea y que el DVD incluye entre sus extras— la directora la comparó con filmes igualmente claustrofóbicos como, por ejemplo, La huella (1972) de Mankiewicz o La muerte y la doncella (1994) de Polanski. Sin embargo, salta enseguida a la vista que, tanto a nivel visual como temático, el referente más obvio de Palabras encadenadas sería otro filme español: Tesis (1996) de Alejandro Amenábar, donde el asesino en serie interpretado por Eduardo Noriega, al igual que Ramón (Grandinetti), era aficionado a grabar en vídeo la tortura de sus víctimas.



Sin embargo, y a diferencia de la mayoría de títulos arriba mencionados, la cinta que nos ocupa posee la particularidad de estar planteada como un divertimento macabro: "Monserga - Gallito - Todopoderoso - Sobrado - Donaire - Recuerdo - Dorado - Doméstico - Cojonudo - Domar - Marmota - Tarado - Doler - Lerdo - Dominada - Dama - Marea..." Y así hasta que uno de los dos falle: si se equivoca él, Laura (Goya Toledo) ganará su libertad; si es ella, Ramón le sacará un ojo con una cucharilla. Enfoque "lúdico" que, pese a la crueldad de los hechos expuestos, termina generando un juego de apariencias en el que el espectador, al igual que el comisario Espinosa (Fernando Guillén), deberá desentrañar la verdadera naturaleza de la relación entre víctima y victimario.

Paredes de hormigón garabateadas, espacios subterráneos iluminados con fluorescentes, profesores de estética que citan a Thomas de Quincey (autor de la muy estimable Murder Considered as One of the Fine Arts, 1827), asesinos en serie que juegan a burlarse de la policía (y, de paso, de nosotros)... Elementos, todos ellos, que remiten a clásicos del género como El silencio de los corderos (1991) o Seven (1995), pero con el sello personal de una directora que, mediante el uso recurrente del plano cenital o valiéndose del estándar jazzístico "You don't love me" en la escena final, completó una de sus obras más redondas.