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domingo, 10 de noviembre de 2019

Primavera tardía (1949)




Título original: Banshun / 晚春
Director: Yasujiro Ozu
Japón, 1949, 108 minutos

Primavera tardía (1949) de Yasujiro Ozu

Dicen que soy muy meticuloso cuando se trata de la calidad de los pequeños detalles de la escena, o de los vestidos que llevan los actores. Es cierto. [...] En cualquier caso, aunque se pueda engañar al ojo de la gente no se puede engañar a la cámara de cine. Las cosas auténticas ganan cuando se ven filmadas...

Yasujiro Ozu
La poética de lo cotidiano
Traducción de Amelia Pérez de Villar

En su ya clásico estudio a propósito del cine de Ozu, Bresson y Dreyer, el también director Paul Schrader hablaba de un estilo trascendental que todos ellos tendrían en común. Y a fe que, al revisar Primavera tardía, hay determinados momentos en los que uno puede tener la sensación de estar viendo una película de cualquiera de los tres. Como, por ejemplo, esa manzana que el padre (Chishû Ryû) pela pacientemente en la última secuencia y que vendría a ser una suerte de metáfora visual a propósito de la soledad que el anciano sabe que le espera tras haberse roto el vínculo que lo unía con su hija (Setsuko Hara).

Porque, siempre a vueltas con la misma temática, Ozu (célibe recalcitrante que pasó casi toda su vida con su madre y que jamás llegaría a contraer matrimonio) incide por enésima vez en la presión social que el entorno ejerce sobre una mujer soltera para que se busque marido, agravada por la decisión paterna de volver a casarse él mismo en segundas nupcias.



Aunque, y ello resulta, asimismo, de enorme interés por lo que tiene de documento histórico, otro rasgo llamativo de Banshun son las alusiones que contiene a la reciente contienda mundial, apenas cuatro años después de su fatal desenlace, así como pequeños detalles (un anuncio de Coca-Cola, la señalización que marca los límites de velocidad en inglés...) que denotan la presencia americana en el país.

Una pareja que pasea sosegadamente en bicicleta bajo el sol; trenes que avanzan con la misma parsimonia con la que fluye la acción; la familia pasando el día en los templos de Kamakura; padre e hija embelesados durante una representación de teatro noh que parece salida de un filme de Mizoguchi... En definitiva, son muchos los instantes memorables de una película marcada por el habitual tono cadencioso que caracteriza la filmografía de Ozu.


jueves, 8 de febrero de 2018

Pechos eternos (1955)




Título original: Chibusa yo eien nare
Directora: Kinuyo Tanaka
Japón, 1955, 106 minutos

Pechos eternos (1955) de Kinuyo Tanaka


Comienza Pechos eternos (1955) y la banda sonora de Takanobu Saitô nos hace pensar de inmediato en el Chaplin compositor. Pero es que el plano que sigue a los títulos de crédito muestra un rebaño de ovejas, lo cual remite, igualmente, al inicio de Tiempos modernos. No: no se trata de una comedia, sino de todo lo contrario. El segundo largometraje que dirigiera la actriz Kinuyo Tanaka es un melodrama de tomo y lomo. Es decir, de los que hacen llorar a moco tendido.

Y es que el tema no es para menos, porque asistir al lento declive de una mujer enferma de cáncer de mama no puede dejar a nadie indiferente, sobre todo cuando dicho proceso va acompañado de una puesta en escena que denota una sensibilidad portentosa. Efectivamente, Fumiko (Yumeji Tsukioka) es, a un mismo tiempo, sacrificada ama de casa, madre de dos criaturas de corta edad, poetisa de cierto renombre, amante de un joven periodista y, por último, víctima fulminada por un tumor terminal.



A nivel visual, Pechos eternos presenta diversos hallazgos, como ese espejo de mano en cuya luna redonda veremos, una y otra vez, reflejarse el rostro de la protagonista. O la bañera en la que, sucesivamente, se zambullen los amantes en diferentes momentos de la trama. O el texto sobreimpreso en pantalla de los tanka de Fumiko, tan delicados, en su extrema sencillez, como los versos de Paterson en la película homónima de Jarmusch. O el largo trávelin que recorrerá en paralelo las reflexiones de la pareja a lo largo de su paseo.

Aires de modernidad que podrían encubrir, sin embargo, una crítica velada no tan explícita como la que había llevado a cabo Kaneto Shindô en Los niños de Hiroshima (1952): la de las consecuencias visibles de las bombas atómicas sobre la salud de la sociedad japonesa.