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lunes, 4 de mayo de 2026

Un ángel en mi mesa (1990)




Título original: An Angel at My Table
Directora: Jane Campion
Reino Unido/Australia/Nueva Zelanda/EE.UU., 1990, 158 minutos

Un ángel en mi mesa (1990) de Jane Campion


Correcto biopic en torno a la figura de Janet Frame, novelista neozelandesa que permaneció confinada en una institución psiquiátrica durante varios años de su vida a consecuencia de haber sido erróneamente diagnosticada de esquizofrenia. Lo cual no significa, como muy bien muestra la película, que no padeciese de evidentes problemas mentales achacables a su carácter hipersensible. La trama se divide en tres actos marcados por el crecimiento físico y emocional de Janet, interpretada por tres actrices distintas (Alexia Keogh, Karen Fergusson y Kerry Fox) que logran una continuidad psicológica asombrosa.

Ya en su etapa adulta, Kerry Fox se mete en la piel de una mujer que, desde la más tierna infancia, demuestra unas dotes extraordinarias para la poesía y la creación literaria, vocación tal vez alentada, a modo de refugio, por las duras condiciones de un hogar humilde y la estricta educación impuesta por el padre. Especialmente emotiva es, además, la relación con sus hermanos y hermanas, en lo que supone un retrato muy conseguido de cómo sus juegos y rituales, imaginativos en extremo, marcarán el destino de la futura escritora.



Aun así, An Angel at My Table (1990) adolece de un defecto especialmente chirriante para los espectadores catalanes. Que no es otro sino el hecho de que la tercera parte ("The Envoy from Mirror City") se rodó en localizaciones de la costa gerundense, si bien el argumento pretende que la protagonista se encuentra de viaje por España (sin precisar ninguna ciudad en concreto) mientras de fondo no para de sonar flamenco. En ese sentido, resulta especialmente cómica la escena en que, sobre la pared de un callejón, se aprecian sendos carteles en catalán en los que puede leerse "A Sant Pere de Roda" y "A la font".

Dirigida por una joven Jane Campion antes de ser definitivamente eclipsada por el éxito internacional de El Piano (1993), la cinta constituye una de las exploraciones más crudas, líricas y empáticas jamás filmadas sobre el proceso de convertirse en escritor. Originalmente concebida como una miniserie en tres partes para la televisión neozelandesa (de ahí su extenso metraje de más de dos horas y media de duración), su fuerza narrativa y visual fue tal que terminó conquistando algunos de los principales certámenes de cine (incluyendo el Gran Premio del Jurado en Venecia), consolidando a Campion como una voz única en el panorama contemporáneo.



domingo, 13 de julio de 2025

Mujeres culpables (1957)




Título original: Until They Sail
Director: Robert Wise
EE.UU., 1957, 95 minutos

Mujeres culpables (1957) de Robert Wise


Cuatro hermanas neozelandesas, interpretadas, respectivamente, por Jean Simmons, Joan Fontaine, Piper Laurie y una debutante Sandra Dee, vivirán en sus propias carnes la ilusión y el drama de comprometerse con reclutas que se van a luchar al frente. Muchos de ellos, muertos en acto de servicio, no regresarán jamás, lo cual coloca a las protagonistas en la tesitura de tener que llenar un vacío que se les antoja insufrible.

Simplista o frívola son dos adjetivos que se ajustan bastante bien a la hora de definir Until They Sail (1957), una cinta que no pasará precisamente a la historia por la profundidad psicológica de sus personajes. En ese sentido, los roles masculinos y femeninos que refleja el guion de Robert Anderson, basado en un relato de James A. Michener, responden a una realidad por completo sexista y maniquea según la cual los hombres representan la salvaguarda nacional, mientras que ellas permanecen en la retaguardia del hogar. Como propagandística resulta la escena en la que un oficial del ejército estadounidense se persona en el domicilio de las hermanas Leslie para pedir perdón, en nombre del Gobierno norteamericano, por los malos modales de un militar que las increpó en público y que una de ellas denunció mediante una carta publicada en la prensa.



Y en esa misma línea tendenciosa se encuadra el hecho de que la hermana casquivana tenga un final fatídico, en un a modo de castigo por haber sido la díscola de la familia. La acción, de hecho, arranca durante el juicio para esclarecer lo ocurrido, por lo que buena parte de la trama queda englobada en un larguísimo flashback. El testimonio de uno de los interrogados, el capitán Jack Harding (Paul Newman), será clave para dilucidar la muerte de la mujer...

Dice la letra del tema central de la banda sonora, una composición de David Raksin con letra de Sammy Cahn e interpretada por Eydie Gormé: "Fingiremos que nuestros corazones no se rompen hasta que ellos zarpen...". Referencia en clara alusión a la coyuntura que, además de dar título a la película, le sirve de telón de fondo. Y es que se calcula que, durante la Segunda Guerra Mundial, fueron más de 15.000 las mujeres australianas y neozelandesas que se casaron con militares estadounidenses de servicio en aquella zona. Una realidad nada halagüeña, cabe pensar, fruto del más puro instinto de supervivencia, pero que en la pantalla adopta un cierto tono de cuento de hadas que la hace todavía más enojosa.



domingo, 21 de julio de 2019

Navigator, una odisea en el tiempo (1988)




Título original: The Navigator: A Medieval Odyssey
Director: Vincent Ward
Australia/Nueva Zelanda, 1988, 92 minutos

Navigator, una odisea en el tiempo (1988)
de Vincent Ward


Tal y como sucedía en la mítica El Mago de Oz (1939), las imágenes de esta odisea medieval en el tiempo alternan el color con el blanco y negro en función de si sus personajes se hallan en uno u otro mundo. Porque, por mucho que la trama se preste a innumerables lecturas, su planteamiento es, en cambio, harto sencillo.

Inglaterra, siglo XIV: acuciados por los estragos de la peste bubónica, los habitantes de una pequeña aldea toman la determinación de excavar un corredor subterráneo que los conduzca al otro lado de la Tierra... Sólo que, cuando vean por fin la luz, además de aparecer en Nueva Zelanda se encontrarán también con que están en pleno siglo XX.



Liderados por un muchacho cuyas visiones ni él mismo es capaz de descifrar, los expedicionarios deberán hacer frente al difícil reto de forjar una cruz de acero para después plantarla en la cima de la torre de una catedral. Y todo ello en un entorno hostil poblado por extraños artefactos que parecen cosa de brujería.

El cine de los ochenta, tal vez bajo el influjo de un cierto milenarismo posmoderno, frecuentó reiteradamente la Edad Media como símbolo de un período histórico tenebroso que nos devolvía la imagen de la barbarie en la que pudiera desembocar nuestra, en teoría, confortable sociedad del bienestar. En esa línea, Excalibur (1981), Lady Halcón (1985), El nombre de la rosa (1986), La princesa prometida (1987) o Willow (1988) son sólo algunas de las cintas que conectan estilística y temáticamente con The Navigator.