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lunes, 18 de agosto de 2025

Lady L (1965)




Director: Peter Ustinov
Reino Unido/Francia/Italia, 1965, 117 minutos

Lady L (1965) de Peter Ustinov


Además de actor versátil y consumado políglota (hablaba con fluidez hasta ocho lenguas distintas), el británico Peter Ustinov, célebre por sus papeles en Quo vadis (1951) o Espartaco (1960), también dirigió películas. Como, por ejemplo, la que hoy nos ocupa.

A pesar de estar basada en la novela homónima del prestigioso Romain Gary, Lady L (1965) no pasa de ser una comedia amable al servicio de dos estrellas del momento como lo eran Sophia Loren y Paul Newman.



Dicen las malas lenguas (y así lo corroboraría el propio Ustinov, quizá para justificar la escasa repercusión en taquilla de su cinta) que la química entre la pareja de actores protagonista fue nula. De ahí, tal vez, la frialdad que se percibe en la pantalla.

En cualquier caso, la sofisticación palaciega en la que se desenvuelven los personajes, con un David Niven en su habitual registro aristocrático y la Loren haciendo de antigua lavandera de origen corso convertida en baronesa por esos azares del destino, contrasta con un inverosímil Newman que se mete en la piel de un anarquista revolucionario.



sábado, 2 de noviembre de 2024

Nosferatu, vampiro de la noche (1979)




Título original: Nosferatu - Phantom der Nacht
Director: Werner Herzog
Alemania/Francia, 1979, 107 minutos

Nosferatu, vampiro de la noche (1979)


Pese a tratarse de un remake más o menos fiel del clásico mudo de Murnau, la puesta en escena de Nosferatu - Phantom der Nacht (1979) y, sobre todo, el tratamiento visual de sus imágenes denotan que la mirada del alemán Werner Herzog estaba claramente contaminada por el influjo de la Hammer y su serie de películas protagonizadas por Christopher Lee. En ese sentido, la fotografía de Jörg Schmidt-Reitwein, así como el maquillaje y hasta el diseño de vestuario de Gisela Storch entroncan con una tradición fílmica mucho más reciente (y, por ende, mucho más reconocible para el gran público) que ya no era la del período silente.

Con todo y con eso, la versión que nos ocupa, libre ya de cualquier atadura respecto a los derechos de autor de la novela, restaura el nombre de Drácula para el célebre conde de los Cárpatos —en lugar de Orlok, como lo había rebautizado Murnau—, el cual, en la soberbia interpretación de Klaus Kinski, adquiere una dimensión inusualmente lánguida, muy alejada de anteriores encarnaciones del personaje y, por qué no decirlo, de los habituales tour de force interpretativos del propio y siempre histriónico Kinski. Circunstancia con la que tal vez tuvieron algo que ver, aparte de las indicaciones proporcionadas por Herzog al dirigirlo, las casi cuatro horas diarias de maquillaje a las que se vio sometido el actor.



Las inquietantes momias de Guanajuato con las que se abre el filme, unidas al misticismo de la música de Wagner y a las composiciones del grupo Popol Vuh que sirven de banda sonora, confieren al conjunto una impronta enigmáticamente pausada en la que la belleza marmórea de Lucy (Isabelle Adjani) ejerce un influjo irresistible sobre el Príncipe de las Tinieblas. Dato que no deja de ser curioso, ya que este Drácula, a diferencia de sus antecesores, se lamenta por el hecho de no poder envejecer y morir como todos los mortales. Detalle quizá irrelevante, en vista de que al final de la historia será Harker (Bruno Ganz) quien continúe esparciendo el mal sobre la faz de la tierra.

Aparte de por su aura contemplativa, la cinta de Herzog, rodada parcialmente en Alemania, Holanda y la antigua Checoslovaquia, destaca también por los miles de ratas que se utilizaron durante la filmación. Blancas, al parecer, pero pintadas de gris a requerimiento del cineasta, lo cual suscitó alguna que otra queja entre los miembros del equipo por presunto maltrato animal. Sea como fuere, lo cierto es que Herzog llegaría a comentar irónicamente que los roedores, transmisores de una mortífera epidemia de peste en la ficción, se comportaron mejor durante el rodaje que el un tanto irascible Klaus Kinski…



domingo, 22 de diciembre de 2019

L'inconnu de Shandigor (1967)




Título en español: El desconocido de Shandigor
Director: Jean-Louis Roy
Suiza, 1967, 90 minutos

L'inconnu de Shandigor (1967)
de Jean-Louis Roy


La nube en forma de hongo de una explosión nuclear retrocede hasta desvanecerse por completo: son los efectos del Annulator, potente invención de un científico en silla de ruedas llamado Herbert Von Krantz (Daniel Emilfork) al que otra nube, ahora de periodistas, rodea, a su llegada al aeropuerto, atosigándolo a preguntas que él responde con un desdén no exento de altivez...

La magnificencia de las imágenes en blanco y negro de L'inconnu de Shandigor transmite una frialdad ligeramente distópica subrayada por la pompa orquestal de una banda sonora —compuesta por Alphonse Roy, padre del cineasta— igualmente fastuosa. Un nuevo cine suizo que despertaba, a finales  de los sesenta, para buscar su inspiración en la Barcelona de Gaudí. Si, además, se le suma la presencia siempre seductora de Serge Gainsbourg, el resultado final tenía que ser, a la fuerza, una cinta cuya atmósfera críptica conecta de pleno con títulos del mismo periodo como El año pasado en Marienbad (1961) de Resnais o Lemmy contra Alphaville (1965) de Godard.

Marie-France Boyer en el papel de Sylvaine


Su director, Jean-Louis Roy (Ginebra, 1938), miembro del Groupe 5 (algo así como la Nouvelle Vague helvética), no se ha prodigado excesivamente tras las cámaras, pese a haber sido candidato a la Palma de Oro en Cannes y dejar huella con una película de culto, a medio camino entre la parodia de James Bond y la fábula apocalíptica, de la que, por cierto, hasta fechas muy recientes, apenas sí circulaban copias en condiciones óptimas.

La vacuidad de los grandes espacios desiertos, con esa rectitud de líneas tan propia de las urbes deshumanizadas y alienantes, se acaba convirtiendo en un personaje más, de un modo similar al utilizado por el Antonioni de El eclipse (1962). Y, al mismo tiempo, el telón de fondo de la guerra fría —con una red de espionaje en la que participan agentes de medio mundo, incluida la temible Liga de los Calvos— se dibuja amenazador en el horizonte mientras el planeta se encamina hacia un colapso que parece inevitable.

Serge Gainsbourg: "Bye, Bye Mister Spy!"

viernes, 8 de diciembre de 2017

Zazie en el metro (1960)















Título original: Zazie dans le métro
Director: Louis Malle
Francia, 1960, 93 minutos



Peroquienapestasí, se preguntó Gabriel, crispado. Te pongas como te pongas, no se lavan jamás. El periódico dice que en París no llegan al 11 por 100 los pisos con cuarto de baño, y no es que la cosa me sorprenda, pero uno puede lavarse de mil formas. Ninguno de éstos debe de hacer grandes esfuerzos. Claro que tampoco hay motivo para suponer que los han escogido entre los más guarros de París. Están aquí por casualidad. No veo por qué la gente de la estación de Austerlitz va a oler peor que la de la estación de Lyon. No, no hay motivo. Y, sin embargo, ¡qué olor!

Raymond Queneau
Zazie en el metro
Traducción de Fernando Sánchez-Dragó

La aparente inocencia del relato de una niña que pasa unos días en la capital visitando a sus tíos encierra, en realidad, un discurso de lo más subversivo. El planteamiento no era nuevo ni en cine ni, menos aún, en literatura: Vigo (Zéro de conduite, 1933), Cocteau (Les enfants terribles, llevada a la pantalla en 1950 por Jean-Pierre Melville) o Saint-Exupéry en Le petit prince ya se habían servido de él previamente. Quizá porque la verdadera revolución empieza y acaba con la infancia; tal vez porque la boutade infantil se presta más fácilmente que otros géneros para disfrazar cualquier mensaje ácrata sin levantar sospechas.

Sea cual fuere el motivo, lo cierto es que la versión de Louis Malle a partir del texto de Queneau marcó el inicio de no pocas secuelas en las que el mundo de los adultos es visto y, sobre todo, ridiculizado por los niños, desde la sueca Pipi Calzaslargas (1969) hasta Le petit Nicolas (adaptado al cine en 2009 por Laurent Tirard), pasando por el Manolito Gafotas de Elvira Lindo (Miguel Albaladejo dirigió la película en 1999). I bambini ci guardano ("Los chicos nos miran") que había dicho De Sica en su filme homónimo de 1944. Hasta el gran Ozu, ya en la recta final de su larga carrera, dedicó su particular homenaje a los más pequeños con Buenos días (Ohayô, 1959).



En el caso concreto de Zazie..., Malle se sirve de las persecuciones a cámara rápida como principal recurso para crear comicidad. Es una táctica que tanto él como su coguionista Jean-Paul Rappeneau han aprendido del cine mudo, en especial en las comedias de René Clair, con cuyo Un chapeau de paille d'Italie (1928) guarda no pocas semejanzas esta película. La música de Fiorenzo Carpi se encargará de hacer el resto: un ritmo frenético en el que la pequeña Zazie (Catherine Demongeot) se paseará a lo largo y ancho de París llevando a cabo un recorrido por los ajetreados ambientes de la capital que prefigura, en cierta manera, el realizado siete años más tarde por Jacques Tati en Playtime.

De hecho, hay algo en el sentido del humor de esta película que conecta con el universo de Monsieur Hulot, probablemente porque, en ambos casos, tanto los adultos que rodean a la niña como el personaje creado por Tati comparten una similar torpeza, muy propia de su naturaleza bufa. En ese sentido, el tío Gabriel (Philippe Noiret) o Trouscaillon (Vittorio Caprioli) podrían muy bien haber salido de Mon oncle (1958) o Tati haber hecho un cameo a las órdenes de Louis Malle en Zazie dans le métro.

Philippe Noiret (el tío Gabriel) a los pies de la torre Eiffel

jueves, 7 de septiembre de 2017

Corazón solitario (1973)




Director: Francesc Betriu
España/Francia, 1973, 92 minutos

Corazón solitario (1973) de F. Betriu


Referencia 236 B. Madrid. Soy soltero, de buena profesión. Aún no tengo cuarenta años. Las chicas que me conocen me consideran bien parecido y elegante, pero sin afectación. Tengo una sólida formación moral que debo a mi madre, que en gloria esté. Mi profesión es la más bonita del mundo: soy compositor e instrumentista; mi músico preferido es Mozart. Desearía correspondencia con chicas españolas jóvenes, inteligentes y que les guste la buena música. Firmado: “Corazón Solitario”. PD.: No tengo ningún defecto físico.

Partiendo de lo que vendría a ser una parodia más o menos confesa de El último cuplé (1957) de Juan de Orduña, el primer largometraje dirigido por Francesc Betriu supuso una hilarante, a la par que cáustica, comedia negra escrita en colaboración con José Luis García Sánchez y Manuel Gutiérrez Aragón. Aunque también incluye diversos números musicales, la mayoría de corte semifolclórico, y algún que otro cameo: el dramaturgo Francisco Nieva, Benet Rossell (polifacético artista homenajeado ayer y hoy en la Filmoteca de Catalunya), etc.



Narra las vicisitudes del mojigato Antoñito (el francés Jacques Dufilho, en un papel muy similar a los que, por aquellas fechas, solía interpretar José Luis López Vázquez): clarinetista en la orquesta "Los habaneros" de la sala de fiestas El Molino Rojo y solterón empedernido profundamente marcado por la figura materna, tras la previa publicación de un anuncio en la prensa, conocerá a Rocío (La Polaca), despampanante cordobesa guiada por la firme convicción de convertirse algún día en una gran artista, pero a la que un torero de segunda fila (Máximo Valverde) dejó embarazada cinco meses atrás.

Tiene Corazón solitario, como tantos títulos de las postrimerías del franquismo, aquella extraña mezcla, entre burlona y melancólica, sórdida y tierna a la vez, que hace de ella una obra equiparable a No es bueno que el hombre esté solo (1973) de Pedro Olea, La cera virgen (1972) de Forqué o, incluso, Amador (1966) de Regueiro. Así pues, su protagonista es el típico españolito reprimido, un poco el hazmerreír del vecindario, virginalmente bondadoso y, precisamente por ello, candidato a padecer en sus propias carnes las sacudidas del destino.

Betriu comentaba esta tarde en la Filmoteca que si la película se ha conservado fue más por azar que por otra cosa: enviada a concurso al Festival de Venecia, la cinta llegó cuando el certamen ya se había clausurado, por lo que, ante los requerimientos de los organizadores, el director se quedó con la copia (la única que se ha conservado). Porque si bien la distribuyó la Paramount, no puede decirse que la compañía americana pusiera mucho empeño en tal cometido, habida cuenta de que sus verdaderas intenciones no eran otras sino colocar, mediante dicha argucia legal, sus propios productos en Europa.