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lunes, 24 de julio de 2017

Un minuto de gloria (2016)




Título original: Slava / Слава
Directores: Kristina Grozeva y Petar Valchanov
Bulgaria/Grecia, 2016, 101 minutos

Un minuto de gloria (2016)


Un hombre de aspecto modesto vacila antes de llamar a la imponente puerta del palacio Comillas, junto a la Rambla. Mientras espera de pie a que le reciba el dueño de la casa, aprieta entre sus manos sudorosas una cartera con 10.000 reales. Cuando se la devuelve a su propietario, que la había extraviado esa mañana, por necesidad o por codicia le expone lastimosamente sus apuros económicos, sus desgracias familiares, sus fracasos profesionales. Antonio López, impaciente, lo interrumpe: “Quédese usted los 10.000 reales y estos otros 10.000; inviértalos, prospere, saque adelante a su familia”. Y cuando el hombre, abrumado, se despide ya entre gemidos de agradecimiento, el primer marqués de Comillas le mira fijamente a los ojos y le entrega un revólver: “Esto es por si fracasa”.

J. J. Güell y de Ampuero
La Vanguardia, miércoles 14 de junio de 2017


Si ya La lección nos dejó atónitos, Un minuto de gloria va todavía más lejos en su radiografía de los males que asolan a la sociedad búlgara. Porque a la denuncia ya presente en su anterior filme añaden ahora un humor negro que recuerda bastante al utilizado por otra pareja de cineastas (los argentinos Gastón Duprat y Mariano Cohn) en la aclamada El ciudadano ilustre. Aunque, echando atrás en el tiempo, encontraríamos un precedente aún más significativo en la española Un millón en la basura (1967) de José María Forqué. Parece ser que el sarcasmo casa la mar de bien con la cinematografía de países emergentes cuando se trata de poner el dedo en la llaga para determinar cuáles son las causas del subdesarrollo. El propio Rafael Azcona se sirvió de la misma estrategia, incluyendo en La prima Angélica (Carlos Saura, 1974) a un falangista con el brazo escayolado en alto.

Algo parecido es lo que llevan a cabo Kristina Grozeva y Petar Valchanov en la secuencia en la que la protagonista se quita la falda para ponerse una inyección y su marido la tapa con la bandera de la Unión Europea: curiosa metáfora para sugerir cuál ha sido la utilidad de la pertenencia de Bulgaria a dicho organismo en los últimos diez años... Pero, por lo visto, la cosa va de desnudarse: en otro par de escenas, serán los miembros del equipo de la prepotente Staykova (Margita Gosheva, la misma actriz que ya hiciera de maestra en La lección) quienes se vean forzados a desprenderse de sus pantalones o de la camisa para que el humilde guardavía Tzanko Petrov (Stefan Denolyubov) esté más presentable.



Aunque los gags de comedia negra que contiene el guion de Слава (Slava, 'gloria' en búlgaro) no debieran hacernos pasar por alto lo verdaderamente grave de la sociedad que retratan. Y es esa imposibilidad de huir de la corrupción, una lacra que se extiende a todos los sectores del país, incluido el periodista de investigación Kolev (Milko Lazarov), quien dicta al pobre héroe las frases que habrá de decir cuando lo entreviste en su programa televisivo matinal.

De todo lo cual, se desprende una terrible moraleja: no sale a cuenta ser honrado en Bulgaria. El tataranieto del marqués de Comillas no especifica en su artículo cómo le fue al individuo que, en la Barcelona decimonónica, tuvo un gesto similar al del guardavía Tzanko. Ni falta que hace. Porque conociendo la condición humana (y cómo la codicia forma parte indisoluble de ella, mayormente en las sociedades sin un reparto equitativo de la riqueza), cabe imaginarse lo peor. El gesto del negrero López es calcado al del Ministro de transportes en la película: el propio de quien cree que premiando o comprando la heroicidad (para el caso es lo mismo) puede limpiar su conciencia y seguir disfrutando impunemente de sus privilegios de clase. Si alguna vez hubo un ápice de sinceridad en el socialismo búlgaro, el balance que, por oposición, hacen Grozeva y Valchanov de la entrada de su país en la realidad neoliberal no puede ser más cáustico y desolador.


lunes, 1 de junio de 2015

La lección (2014)




Título original: Urok
Directores: Kristina Grozeva y Petar Valchanov
Bulgaria/Grecia, 2014, 105 minutos

Cartel promocional de La lección (2014)


Nadezhda (Margita Gosheva) es profesora de inglés en el instituto de un pueblo búlgaro. Vive en una modesta casa con su marido y con su hija Dea. Desde las paredes, las fotografías de su madre (fallecida en 2010 con apenas sesenta años) le recuerdan con su omnipresencia que se sacrificó por ella para que pudiera tener una carrera. Disciplinada y profesional, cada noche corrige diligentemente los cuadernos de redacción que se ha llevado a casa. Pero, un día, a una de sus alumnas le desaparece dinero. Nade, siempre tan recta, advierte severamente al resto de la clase que dicho dinero debe aparecer sea como sea. Incluso da permiso a la chica para que registre las mochilas de sus compañeros o cuelga en el corcho un sobre por si el ladrón decide devolver el dinero... Pero nada: todo es en vano.

Esta es una parte de la historia. La otra tiene que ver con el marido de Nade: antiguo alcohólico, sin oficio ni beneficio, ha hecho creer a su mujer que ingresaba los pagos de la hipoteca cuando, en realidad, se ha gastado los ahorros familiares en intentar arreglar la autocaravana que nunca ha funcionado ni funcionará. Así que Nadezhda, ante el inminente desahucio, se encuentra en una disyuntiva: ¿debe acudir al banco a reclamar por unas cláusulas abusivas? ¿Sería quizá mejor rebajarse y pedirle dinero a su padre? ¿Es aconsejable recurrir a un prestamista? Para colmo, la empresa para la que Nade trabajaba haciendo traducciones entra en quiebra y su jefe se ha fugado...



Junto con el espectador, Nade irá comprobando lo que ocurre al llamar a cada una de esas puertas. Y el panorama es despiadadamente descorazonador: en el banco no quieren saber nada (es su problema si firmó condiciones que se contradicen con las que figuran en los folletos publicitarios); su padre (a todas luces un nuevo rico que ha sabido hacer fortuna especulando) tardó poco en olvidar a su difunta esposa para juntarse con una joven tan bella como superficial); el prestamista no duda en acosarla sexualmente si no le devuelve puntualmente la cantidad que le adelantó... Mientras Nade se acicala, a punto de caer en la tentación, el rostro de su madre (en otra de sus fotos colgadas) sustituirá al suyo en el espejo durante unos segundos. Es un recurso un tanto burdo, si se quiere, pero indica muy a las claras que Nade tiene unos principios muy arraigados, los mismos que le inculcó la madre que ahora, una vez muerta, parece haberse convertido en la voz de su conciencia. Quizá por ello, cuando ceda y le ponga un 6 inmerecido al sobrino del prestamista, Nadezhda reaccionará inmediatamente poniéndole también un 6 a toda la clase.

Éstas son, por desgracia, las expectativas en muchos países del antiguo bloque socialista en los que la llegada del capitalismo salvaje no ha hecho más que agravar una situación que ya era de por sí lamentable. Pero en el caso particular de la protagonista hay que añadir que el drama es doble, puesto que es su ética personal la que se ve puesta a prueba por las circunstancias: ¿será capaz Nade de actuar fuera de las aulas con la misma rectitud moral que exige a sus alumnos?


Nade espera pacientemente a que salga el culpable...