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sábado, 8 de abril de 2023

Rey de reyes (1961)




Título original: King of Kings
Director: Nicholas Ray
EE.UU., 1961, 171 minutos

Rey de reyes (1961) de Nicholas Ray


Toda la magnificencia de la factoría Bronston no bastó para que King of Kings (1961) alcanzase la notoriedad inicialmente prevista. Lo cual pudo deberse, en gran parte, al enorme parecido con Ben-Hur (1959), la película cuyo éxito, al fin y al cabo, pretendía emular. De hecho, la imponente banda sonora, al igual que en la oscarizada cinta de William Wyler, volvía a ser obra del húngaro Miklós Rózsa (1907-1995) y hasta el cartel de la una copiaba deliberadamente el diseño del de la otra.

No puede negarse, sin embargo, la gran cantidad de talento que el productor norteamericano logró reunir en torno a un proyecto que finalmente dirigiría el siempre interesante Nicholas Ray. A sus órdenes, un nutrido grupo de intérpretes entre los que cabe destacar la presencia de no pocos secundarios españoles, con lo que ello tiene de entrañable para cualquiera que conozca mínimamente la cinematografía de nuestro país. Así pues, Conrado San Martín irrumpe a caballo en el templo de Jerusalén encarnando a Pompeyo; o Luis Prendes, metido en la piel de Dimas, el Buen Ladrón, implora a Cristo en la cruz.



Aunque si hay una presencia local que destaca con fuerza por encima del resto, ésa es, sin duda, la de Carmen Sevilla. Su papel de adúltera a punto de ser dilapidada y posteriormente fiel seguidora de Jesús la sitúa en una tradición de bellas actrices que han interpretado al mismo personaje, conformando una nómina en la que sobresalen nombres de la talla de Monica Bellucci (en La pasión de Cristo, de Mel Gibson) o, más recientemente, Rooney Mara a las órdenes del australiano Garth Davis en María Magdalena (2018).

Narrada a través de la impecable voz en off de Orson Welles, las casi tres horas de King of Kings suponen un portentoso esfuerzo por lo que tienen de recreación monumental de las Sagradas Escrituras. En ese sentido, el formato Super Technirama en 70 milímetros contribuye enormemente a la espectacularidad de una historia, la más influyente de todos los tiempos, que contó con un apolíneo (y depilado) Jeffrey Hunter de penetrantes ojos azules para el papel principal.

Siobhan McKenna en el papel de María, madre de Jesús


viernes, 7 de agosto de 2020

Oscuros sueños de agosto (1968)




Director: Miguel Picazo
España, 1968, 105 minutos

Oscuros sueños de agosto (1968)
de Miguel Picazo


Una madre (Viveca Lindfors) aquejada por un fuerte sentimiento de culpabilidad que acaba degenerando en tendencias depresivas hasta requerir su ingreso en un sanatorio. Una hija esbelta, moderna y algo melancólica (Sonia Bruno) que, sin embargo, intenta tender puentes afectivos con la misma madre que un día la abandonó, siendo ella muy pequeña, para irse a vivir a Venezuela. El amante adinerado (un adusto Paco Rabal, con bigote y peluquín) que poca o ninguna afinidad siente hacia las susodichas. Un joven tan apuesto como atormentado (Julián Mateos) cuyos devaneos con el alcohol son el fiel reflejo de una convulsa vida interior…

En claro contraste con el provincianismo en blanco y negro de La tía Tula (1964), el colorido de Oscuros sueños de agosto (1968) ofrece la impronta de una sociedad quizá más urbana y tecnológica, pero igualmente atenazada por corrientes subterráneas que dejan entrever la compleja psicología de sus personajes. A este respecto, el aparente confort de sus piscinas no es sino el reverso de unas carencias afectivas que, en el caso de algunas internas (por ejemplo, la interpretada por Laly Soldevila) se traducirá en veneración malsana hacia las Hermanitas de la Caridad que visitan regularmente el centro.



Nombres ilustres en los títulos de crédito, como los de Víctor Erice (haciendo funciones de coguionista) o Juan Amorós en una soberbia dirección de fotografía en color, denotan el enorme potencial latente en una de esas producciones del cine español que, pese a haber sido sistemáticamente ninguneadas, merecerían, no obstante, una revisión a fondo que sacase a relucir sus más que probables virtudes. Porque ni todo fue landismo por aquel entonces ni Miguel Picazo un director que uno pueda saltarse a la ligera.

Y un poco lo mismo habría que decir de Sonia Bruno (la Audrey Hepburn española) y Julián Mateos, actores dotados de una fotogenia rayana en el sex-appeal y cuya sola presencia bastaría para llenar la pantalla, o aquel excelente secundario que fue el malogrado José María Prada, aquí caracterizado de excéntrico doctor pelirrojo dispuesto a curar la neurosis de Isabel (Lindfords) mediante una innovadora terapia basada en la regresión al origen del trauma y que recibe el nada tranquilizador nombre de psicodrama.


sábado, 28 de marzo de 2020

El coleccionista de cadáveres (1970)




Título internacional: Cauldron of Blood
Directores: Santos Alcocer y Edward Mann
España/EE.UU., 1967-1970, 95 minutos

El coleccionista de cadáveres (1970)


Bikini-horror no parece, a priori, la etiqueta más afortunada para catalogar una cinta de terror, si bien es cierto que El coleccionista de cadáveres se rodó en la malagueña Costa del Sol, a principios de 1967, con la despampanante Dyanik Zurakowska luciendo palmito ya desde las escenas iniciales. Sin embargo, el verdadero reclamo de la película era y es un octogenario Boris Karloff que falleció un año antes de que el filme viera la luz.

Badulescu es un cotizado escultor que, junto a su esposa y representante Tania (Viveca Lindfors), vive retirado en una fortaleza a orillas del mar desde que se quedó ciego a consecuencia de un gravísimo accidente. Paradojas de la vida, al anciano no le queda más remedio que trabajar a destajo para concluir un grupo escultórico que le han encargado, pese a que el artista, igual que Beethoven, no podrá admirar su propia creación.



Lo singular de su modo de darle forma al conjunto es que Badulescu moldea las estatuas a partir del esqueleto de animales e incluso seres humanos, razón por la que Tania, que es el verdadero agente maligno de la trama, pondrá en marcha sus maléficas artes para suministrarle la materia prima que necesita...

Que un medio reportero/medio detective francés (Jean-Pierre Aumont) se interponga en su camino jugándose el pellejo (o, más bien, la osamenta) en compañía de la pintora Valérie (Rosenda Monteros); que los gitanos del lugar desfilen en procesión o que vaticinen el porvenir; en fin: que los turistas alternen en un bar de moda llamado Shanghái, donde se organizan fiestas de disfraces en homenaje a Goya, son sólo algunos de los dispares ingredientes que se dan cita en una de las muestras más desconcertantes del intento (fallido) de aclimatar el giallo por estas latitudes.


sábado, 20 de abril de 2019

La campana del infierno (1973)




Director: Claudio Guerín Hill
España/Francia, 1973, 92 minutos

La campana del infierno (1973) de C. Guerín


Hay ocasiones en las que la realidad, empeñada en superar a la ficción, acaba deparando escenas infinitamente más macabras que las de cualquier cinta de terror. La campana del infierno tenía que ser el segundo largometraje de Claudio Guerín. También fue el último. A punto de culminar el rodaje, un infausto accidente acabó con la vida de quien estaba llamado a ser el gran director del cine español. Y a buena fe que lo habría conseguido a juzgar por el encanto de los dos filmes que dejó para la posteridad: La casa de las palomas (1972), que ya tuvimos ocasión de comentar hace un par de años, y esta coproducción con Francia que terminaría siendo su testamento fílmico.

San Martiño de Noia (A Coruña) en la actualidad
A la derecha, entre andamios, se aprecia el fatídico campanario 

Testamento y, en buena medida, película de culto marcada por el halo de maldición que desde entonces le acompaña. Porque, y ya es mala suerte, Claudio Guerín se precipitó al vacío desde lo alto del campanario de la iglesia de San Martiño de Noia (A Coruña), donde se había construido una estructura paralela que albergase la campana a la que alude el título. En la ficción era el protagonista (interpretado por el francés Renaud Verley) quien debía morir a consecuencia de la misma, pero, por una de esas ironías trágicas del destino, finalmente fue el malogrado cineasta quien lo hizo en su lugar.

Juan (Renaud Verley)

Rodada en enclaves de una lluviosa Galicia, La campana del infierno explica, en realidad, una venganza minuciosamente planeada: la que Juan (Verley) lleva a cabo contra su tía Marta (Viveca Lindfors) y sus tres bellas primas: Teresa (Nuria Gimeno), María (Christina von Blanc) y Esther (Maribel Martín). Un hombre contra muchas mujeres, marcado por sus recuerdos de infancia, que le asaltan una y otra vez en forma de imágenes en blanco y negro, y empeñado en hacer extensiva su manía persecutoria fuera del ámbito familiar, puesto que mantiene una extraña relación de amor-odio con su vecina (Nicole Vesperini) y el marido de ésta (Alfredo Mayo).

Esther (Maribel Martín)

La estancia de Juan en un centro psiquiátrico en el que pasó varios años interno no parece haberle ayudado a sanar de los muchos traumas que lo atormentan, en su mayor parte a consecuencia de la muerte de la madre, motivo que explicaría su fijación con las mujeres. Y, por si fuera poco, cuando le dan el alta trabaja durante un tiempo en un matadero (ojo a las imágenes explícitas de sacrificios de reses: son de las que pueden herir la sensibilidad). Allí aprende a descuartizar sus cuerpos, algo que le vendrá muy bien para el ajuste de cuentas que tiene en mente...


miércoles, 27 de febrero de 2019

Cuatro en un jeep (1951)




Título original: Die Vier im Jeep
Directores: Leopold Lindtberg y Elizabeth Montagu
Suiza, 1951, 95 minutos

Cuatro en un jeep (1951) de Lindtberg y Montagu


Pese a tratarse de un título sobradamente conocido (e incluso coronado, en su momento, con el Oso de oro del Festival de Berlín), se ha llamado poco la atención a propósito de las muchas semejanzas entre la película que nos ocupa y un clásico de las proporciones de El tercer hombre (1949). Véanse, si no, algunas de ellas: la acción, preferiblemente nocturna, se sitúa en la Viena ruinosa y devastada por los efectos de la Segunda guerra mundial; un personaje, al que las autoridades declaran en busca y captura, no aparecerá hasta bien entrada la acción...

Por si fuera poco, la codirectora Elizabeth Montagu también había trabajado, dos años antes, a las órdenes de Carol Reed en calidad de asesora, así como de guía del mismísimo Graham Greene en la capital austriaca, por lo que queda fuera de toda duda que los paralelismos entre ambos filmes sean casuales.



La enorme carga simbólica de ese todoterreno, a bordo del cual viajan cuatro oficiales de otras tantas nacionalidades, perfila con absoluta nitidez lo que significaría la Guerra Fría en ciudades que, como Viena o Berlín, iban a estar mucho tiempo bajo el control directo de las potencias vencedoras.

Si además interviene una belleza exótica en la trama (en ese aspecto, la sueca Viveca Lindfors sería el equivalente de Alida Valli en la ya mencionada The Third Man), es lógico que el resultado final adquiera por fuerza una mayor trascendencia, toda vez que su marido es un fugitivo que huye de los soviéticos, lo que acabó motivando las iras de la URSS.


domingo, 13 de enero de 2019

Un día de boda (1978)




Título original: A Wedding
Director: Robert Altman
EE.UU., 1978, 125 minutos

Un día de boda (1978) de Robert Altman


Otra comedia coral de Robert Altman y de nuevo la sensación de estar ante el equivalente yanqui de aquellos desmadres berlanguianos tan sui géneris. Con la salvedad de que ¡Vivan los novios!, por poner un ejemplo, rodada en Sitges y masacrada por la censura franquista, se estrenó en 1970... ¿Será este caso similar al de Días de radio (1987) de Woody Allen e Historias de la radio (1955) de Sáenz de Heredia?

En cualquier caso, reunir a casi cincuenta intérpretes no deja de tener mérito, máxime si entre ellos se encuentran figuras de la talla de Vittorio Gassman, Lilian Gish, Geraldine Chaplin o Mia Farrow. Aunque también es cierto que, dado el carácter decididamente satírico de A Wedding, la legendaria Miss Gish pasa más rato muerta que viva, mientras que la Farrow apenas pronuncia cuatro frases en toda la película.



Un casamiento accidentado es, desde luego, una situación idónea para sacar adelante cualquier comedia, sobre todo tratándose del enlace entre dos familias destacadas de la alta sociedad norteamericana que responden al prototipo, tan antiguo como el mundo, de vicios privados y virtudes públicas. Planteamiento que, por lo demás, se presta muy fácilmente a incluir toda clase de referencias cinéfilas, como cuando el patriarca Corelli (Gassman) es erróneamente llamado Corleone por uno de los comensales.

Parece ser que Altman se metió en semejante embolado casi en plan de broma, atosigado por un periodista que le formuló la típica pregunta de cuál iba a ser su próximo proyecto. A lo que el cineasta respondió lo primero que le pasó por la cabeza: "¡Voy a dirigir una película sobre un bodorrio elegante!" Veraz o no, la anécdota resume a la perfección el espíritu disparatado de uno de los títulos más hilarantes de su filmografía.


lunes, 26 de marzo de 2018

La casa sin fronteras (1972)




Director: Pedro Olea
España, 1972, 92 minutos

La casa sin fronteras (1972) de Pedro Olea


No hace falta ser demasiado observador para darse cuenta enseguida de que, adaptando el relato titulado "Lluvia" del escritor mejicano José Agustín, lo que pretendía Pedro Olea era llevar a cabo una crítica velada del ascendiente que el Opus Dei ejercía sobre la sociedad española tardofranquista. No en vano, ese Bilbao entre tétrico y gris, magistralmente fotografiado por Luis Cuadrado, en el que transcurre la acción es una tierra donde poder político y religioso han solido ir bastante de la mano.

La casa sin fronteras, metáfora de los múltiples tentáculos que la mencionada prelatura llegó a propagar en todos los ámbitos de la vida nacional, sobre todo a través de los tecnócratas que, a partir de los sesenta, coparon no pocos ministerios en los sucesivos gobiernos de la dictadura, aparece en la película como una misteriosa corporación de hombres de negro que captan a sus adeptos entre los jóvenes llegados a la capital en busca de fortuna.



La música de Carmelo Bernaola (lo más parecido que hemos tenido en este país a un Bernard Herrmann) acabará de perfilar la atmósfera de creciente angustia, concretada en esas gélidas casonas donde adustos mayordomos abren puertas que conducen hacia el horror del castigo corporal. Así lo especifica el cruento Artículo 27, que el Gran Consejo reserva para los acreedores del delito de más grave naturaleza: "Quien a juicio del último tribunal traicionare gravemente nuestros altos fines será sometido al castigo único. Su cuerpo será traspasado en puntos no vitales por tantos estiletes como sean necesarios para acabar con su vida y lavar así, con la última gota de su sangre, la capital afrenta infligida a la organización".

En el lado de las víctimas, Daniel (Tony Isbert) será el principal damnificado por la enigmática organización que todo lo puede junto con Lucía (Geraldine Chaplin), si bien Óscar (un jovencísimo Eusebio Poncela) y el Decano del Coro (un veteranísimo Julio Peña) también padecerán suplicio; los inquietantes victimarios, en cambio, fueron interpretados por la sueca Viveca Lindfors (Señorita Elvira) y el norteamericano afincado en Madrid William Layton (Líder de la Casa), ayudados por un ancianito aparentemente inofensivo (José Orjas), que pulula por las estaciones de tren y otros lugares especialmente concurridos y que es experto en granjearse la confianza de las futuras víctimas.