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jueves, 18 de julio de 2019

Lolita (1962)




Director: Stanley Kubrick
Reino Unido/EE.UU., 1962, 153 minutos

Lolita (1962) de Stanley Kubrick

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta.

Vladimir Nabokov
Lolita
Traducción de Enrique Tejedor

A buen seguro, pocos títulos han suscitado tanta polémica en la historia del cine y la literatura como esta Lolita surgida de la imaginación de Nabokov y a la que Stanley Kubrick convirtió en icono erótico para toda una generación. Una de esas películas (probablemente, junto con El último tango en París) que hicieron correr ríos de tinta por la supuesta inmoralidad de su argumento y que hoy, en este siglo XXI hipersexualizado y ultraviolento, uno no puede ver sin esbozar una ligera sonrisa piadosa. Porque calificar de pornográfico el contenido de esta historia de amour fou, el caso patológico de un decrépito viudo europeo, nos da la medida exacta de hasta qué punto llegaba la represión imperante en la sociedad puritana que forjó semejante mito.

Sin embargo, el texto original, publicado originariamente por una oscura editorial parisina a mediados de la década de los cincuenta, distaba muchísimo de poderse convertir en un guion cinematográfico: concebido casi en su totalidad como un soliloquio delirante, el relato de Humbert Humbert es apenas un amasijo de recuerdos incoherentes, repleto de intraducibles juegos de palabras.



De ahí que la versión de Kubrick, pese a seguir siendo la obra de un genio (adaptada, por cierto, por el propio autor, aunque la mayor parte de su guion, editado años después en forma de libro, no se respetase), represente un claro empobrecimiento respecto a la fuente. Y es que lo que en la novela suponía un reto para el lector (intentar dilucidar qué parte de lo que se cuenta es real y qué parte son meras alucinaciones de un hombre devorado por su propia pasión) en la película pasa a ser poco más que un simple folletín morboso cuyo planteamiento, de una claridad meridiana, no deja lugar a dudas.

Cierto que la interpretación de Peter Sellers, desdoblándose en varios papeles, tal y como haría de nuevo, dos años después en ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, 1964), resulta impecable, hasta el punto de robarle el protagonismo a un James Mason que no acaba de mostrarse del todo convincente en su rol de ferviente adorador de la nínfula Dolores Haze. Y ¿qué decir de la grácil Sue Lyon? Aunque no fuese la mejor actriz del mundo, su imagen quedará para siempre indisolublemente ligada a la de la adolescente seductora y provocativa que lleva de cabeza al padrastro erudito. Lástima que en la última escena, la que supone su agridulce reencuentro con Humbert, diste muchísimo de ser la mujer marchita y venida a menos que describe Nabokov en la novela.


domingo, 18 de febrero de 2018

Una gota de sangre para morir amando (1973)




Director: Eloy de la Iglesia
España/Francia, 1973, 98 minutos

Una gota de sangre para morir amando (1973)


Si ya La naranja mecánica es una película que nació "vieja", ¿qué decir de un filme que manifiestamente se inspiraba en dicha obra de Kubrick? Pues que también vino al mundo desfasado y, además, por doble motivo.

Aunque estos drugos no beben lactaka con moloko, sino un mejunje azulino llamado Blue Drink. Porque en el mundo descrito en Una gota de sangre para morir amando la publicidad lo ha copado todo, y lo mismo el masculino slip Panther que el dentífrico DIV conviven en la parrilla televisiva junto a los informativos y las emisiones de divulgación científica: vamos, lo que para nosotros hace ya tiempo que forma parte de nuestro día a día...



En fin, la historia expuesta es tan infumable que sólo la curiosidad de ver a Sue Lyon o al hijo de Robert Mitchum en una producción futurista española con guion de Garci podría compensar a quien se atreva a adentrarse en los entresijos de la mente de una enfermera asesina que más parece la personificación de una mantis religiosa.

Excesiva y desmesurada, como toda la filmografía de Eloy de la Iglesia, Una gota de sangre para morir amando no sólo es una reflexión en torno a lo que nos depara el futuro inmediato, sino que contiene diversos guiños cinéfilos, desde la emisión de A Clockwork Orange en el salón familiar hasta el primer plano de Sue Lyon leyendo un ejemplar de Lolita, la misma novela de cuya adaptación había sido protagonista una década antes.


miércoles, 30 de agosto de 2017

Siete mujeres (1966)




Título original: 7 Women
Director: John Ford
EE.UU., 1966, 87 minutos

Siete mujeres (1966) de John Ford


El viejo John Ford sabía, sin duda, lo que se hacía. Por ello planeó a conciencia su salida del mundo del cine tras casi medio siglo de carrera. Y, con el objetivo de desquitarse de algunos clichés que durante todo ese tiempo habían acompañado a sus películas, decidió que las dos últimas tenían que romper con la imagen de director despiadado y carca que tan merecidamente se había ganado. Así pues, con El gran combate (Cheyenne Autumn, 1964) quiso adoptar, por una vez, el punto de vista de unos indios a los que en tantas ocasiones convirtiera en antagonistas de sus héroes. Siete mujeres, en cambio, serviría de broche genial para una filmografía esencialmente masculina.

"Siete mujeres por cada uno de los siete pecados capitales", rezaba el cartel promocional de 7 Women. Siete samuráis, siete magníficos, siete enanitos... Número mágico por antonomasia, Pitágoras ya lo consideraba la cifra perfecta mucho antes de que el celuloide acabase de consagrarlo definitivamente. De modo que las siete féminas del filme testamento de Ford (ocho, si tenemos en cuenta a Miss Ling) pasaron a engrosar la nómina de títulos míticos que contienen dicho dígito, pese a que el relato de Norah Lofts en el que se basaba se titulara Chinese Finale.

De izquierda a derecha: la Dra. Cartwright (Anne Bancroft)
junto a la joven Emma (Sue Lyon)

Una China enteramente recreada en estudio en la que el grupo de misioneras deberá enfrentarse, en primer lugar, a una virulenta epidemia de cólera y, más tarde, a las sanguinarias hordas del bárbaro Tunga Khan (Mike Mazurki). Ni rastro de cowboys ni del lejano Oeste: hasta en eso quiere sorprender la última entrega de Ford, quien ya había cultivado el exotismo en películas como Mogambo (1953). Sin embargo, 7 Women iba mucho más allá de unos hechos acaecidos en 1935: la historia que nos cuenta es, en realidad, un alegato en contra del fanatismo religioso y del rígido puritanismo que acostumbra a llevar asociado.

En ese sentido, la llegada a la misión de la doctora Cartwright (Anne Bancroft) conlleva unos efectos similares a los de una explosión atómica. Mujer liberada y rebelde, fumadora empedernida y bebedora de güisqui, su carácter indómito representa la antítesis de lo que esperaba la estricta señora Andrews (Margaret Leighton), quien hubiese preferido antes a un hombre recto para ejercer la medicina en la hacienda que gobierna con mano de hierro. Pero Cartwright no sólo se opone a la obsoleta mojigatería que reina en aquella casa, sino que su arrojo servirá de inspiración al resto de mujeres que allí habitan para librarlas del yugo impuesto por Andrews. Alfa y omega, pues, de aquel pequeño universo, la doctora traerá la vida ayudando a dar a luz a la "pecadora" Florrie (Betty Field) y no dudará en sacrificarse entregándose a Tunga Khan con tal de salvar al resto.