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sábado, 8 de mayo de 2021

La laguna negra (1952)




Director: Arturo Ruiz Castillo
España, 1952, 92 minutos

La laguna negra (1952) de Arturo Ruiz Castillo


Tiene el padre entre las cejas
un ceño que le aborrasca
el rostro, un tachón sombrío
como la huella de un hacha.
Soñando está con sus hijos,
que sus hijos lo apuñalan;
y cuando despierta mira
que es cierto lo que soñaba.

Hasta la Laguna Negra,
bajo las fuentes del Duero,
llevan el muerto, dejando
detrás un rastro sangriento,
y en la laguna sin fondo,
que guarda bien los secretos,
con una piedra amarrada
a los pies, tumba le dieron.

Antonio Machado
La tierra de Alvargonzález (1912)

Tras los títulos de crédito, una breve nota explicativa nos recuerda que "La Laguna Negra está en Castilla, pero esta historia pudo suceder en cualquier época y en cualquier lugar del mundo. Es la eterna tragedia de la codicia." Y a fe que la fuerza de los hechos narrados mantiene su interés intacto lo mismo hoy que ayer y que siempre. Porque el tema del parricidio, ya desde la antigua Grecia, es uno de los más recurrentes de cuantos concitan las pasiones humanas. Don Antonio Machado lo abordó, en prosa y en verso, como ejemplo de las miserias que tradicionalmente han solido acuciar a los habitantes de la España profunda. Ruralismo, el suyo, muy de corte noventayochista, en el que, junto con un regusto ancestral, se intuye el aliento de un cierto toque moderno, incluso freudiano.



La puesta en escena que propone Ruiz Castillo en la versión fílmica por él dirigida parte del hecho consumado, con la voz en off del difunto augurando calamitosas consecuencias a sus descendientes, y los dos hermanos —Juan (Tomás Blanco) y Martín (José María Lado)— con la mirada absorta sobre las aguas turbias en las que acaba de zambullirse el cuerpo sin vida de su padre. Mundo arcaico de costumbres atávicas en el que la violencia acecha ya desde el propio seno familiar.



Las abruptas cumbres de los Picos de Urbión, magníficamente fotografiadas por Aguayo, adquieren un aire todavía más sobrecogedor con el fondo orquestal que el maestro García Leoz compuso para acompañar las imágenes. Mientras tanto, lejos en la aldea, las mujeres se afanan ultimando las tareas del hogar, donde la silla vacía del finado se convierte en testigo mudo de las disensiones que, a partir de ese momento, van a sembrar la discordia entre los miembros de la familia.



Un vago expresionismo palpita en los ojos desorbitados de la intrigante Candela (Maruchi Fresno), así como en la culpa que aflora en el rostro de Juan. De hecho, a este último le atormenta el eco de los lamentos paternos que aún retumba en su conciencia y que Martín, mucho más despiadado, es incapaz de oír. Por contra, y en claro contraste con los tres urdidores del ominoso crimen, el alma cándida de los otros hermanos contribuirá a desagraviar la afrenta: Ángela (María Jesús Valdés), dando la voz de alarma desde el primer instante, y Miguel (Fernando Rey), que vino de Buenos Aires para poner una nota civilizada entre tantas rencillas. Y así, sentencia el juez local, "la justicia de Dios llegó más pronto que la de los hombres. Y ésa no se equivoca nunca".



sábado, 13 de febrero de 2021

Ditirambo vela por nosotros (1967)




Director: Gonzalo Suárez
España, 1967, 26 minutos

Ditirambo vela por nosotros (1967) de Gonzalo Suárez


"En un mundo desolado, en una ciudad de locos, lobo entre los lobos, fiera entre las fieras, Ditirambo vela por nosotros..." Palabras un tanto apocalípticas con las que se abre  y se cierra la acción de una de las primeras incursiones cinematográficas de Gonzalo Suárez. De hecho, el ovetense, que había debutado un año antes con otro cortometraje, El horrible ser nunca visto (1966), contaba por aquel entonces en su haber con cuatro novelas, más un libro de relatos, siendo precisamente Rocabruno bate a Ditirambo su última obra publicada. Origen libresco, por tanto, de un personaje y de una trama que, dado su carácter perspectivista, vienen precedidos por unos célebres versos machadianos:



Un innegable aire pop recorre las imágenes en blanco y negro de este curioso ejercicio a medio camino entre la vanguardia y la literatura policíaca. Con aires, también, por qué no decirlo, de historia de terror pasada por el tamiz de una ciencia ficción no exenta de toques humorísticos. Así pues, el protagonista (interpretado por el propio cineasta) se aventura, a través de los recovecos del inmueble en el que habita, en busca de una mujer fantasmagórica que solicita su ayuda a través del desagüe del lavabo y que asegura estar enamoradísima de él.



lunes, 4 de enero de 2016

La duquesa de Benamejí (1949)




Título alternativo: La reina de Sierra Morena, Duquesa de Benamejí
Director: Luis Lucia
España, 1949, 85 minutos

La duquesa de Benamejí (1949)


Mucho antes de que la serie televisiva Curro Jiménez pusiera de moda los bandoleros, La duquesa de Benamejí (1949) ya intentó sacar partido de una temática que bien pudiera calificarse de wéstern castizo. Basada en la pieza teatral homónima de los hermanos Machado y con diálogos adicionales de José María Pemán, estuvo protagonizada por Jorge Mistral (Lorenzo Gallardo) y Amparo Rivelles (la cual, como ya hiciera Imperio Argentina en Goyescas, interpretaba dos papeles simultáneamente: Reyes de la Vega, duquesa de Benamejí, y Rocío, la pasional gitana que vive con los bandidos en la sierra).

Jorge Mistral y Amparo Rivelles


Se trata de la típica superproducción Cifesa, ampliamente dotada de un notable surtido de extras, decorados y trajes de época, y en la que no faltan los números musicales de ambientación folclórica andaluza. De hecho, sorprende un tanto el acento andaluz de Jorge Mistral, pero poco importa eso en una película rodada precisamente en aras de sacar tajada comercial del topicazo en la más pura tradición de la Carmen de Mérimée.

A pesar de ser forajidos, los bandoleros son bastante íntegros


Quizá por imperativo de la censura o tal vez porque se esperaba que en una historia de estas características la imagen dada de los bandoleros respondiese a la manida visión romántica de los mismos (no en vano el protagonista se apellida Gallardo), el caso es que los hombres de Lorenzo acatan un estricto orden jerárquico y son de todo menos pícaros. De hecho, llaman a su líder capitán y demuestran una entereza moral superior a la del antagonista, el presuntuoso marqués de Peñaflores (Eduardo Fajardo).



En otro orden de cosas, son especialmente interesantes las escenas rodadas en exteriores, así como la mezcla de géneros que se produce conforme avanza el metraje: comienza como musical, deriva hacia la comedia costumbrista (con asalto a la diligencia y rapto incluido) y acaba con un trágico final de melodrama.


martes, 22 de septiembre de 2015

Nueve cartas a Berta (1966)




Director: Basilio Martín Patino
España, 1966, 90 minutos


Nueve cartas a Berta (1966)


Esta es la historia de un español que quiere vivir, y a vivir empieza...

Mediante esta cita inicial de inspiración machadiana, el salmantino Basilio Martín Patino (perdón por la rima fácil) debutaba en el largometraje de ficción con Nueve cartas a Berta, originalísimo film (en lo que se refiere al lenguaje cinematográfico) que obtuvo la Concha de plata a la mejor dirección novel en el Festival de cine de San Sebastián de 1966.

... también Berta había nacido después de la guerra, pero fuera de su país.

Lorenzo Carvajal (Emilio Gutiérrez Caba) ha pasado el verano en Inglaterra, donde ha conocido a Berta, la hija de José Caballeira, un intelectual republicano exiliado. Ha regresado, por tanto, deslumbrado por nuevas formas de ver la realidad que contrastan con el ambiente provinciano e inmovilista que se respira en Salamanca. Los títulos de crédito iniciales del film (formados por la música de clavicordio de Carmelo Bernaola, estampas de inspiración medieval que muestran grabados de la ciudad y una breve sinopsis sobreimpresionada) sirven para contextualizar la historia que a continuación se nos va a contar.

Otros ocho epígrafes jalonarán la narración:

2. El rosario en familia.
3. A la sombra de las piedras doradas.
4. La noche.
5. Un domingo por la tarde.
6. La excursión.
7. Pretérito imperfecto.
8. Tiempo de silencio.
9. Un mundo feliz.

Todos en la ciudad, incluso su madre (Mary Carrillo) y su novia (Elsa Baeza), notan enseguida que el muchacho ha vuelto cambiado. Pero es el espectador quien desde el primer minuto sabe exactamente por qué, debido a la constante voz en off que representa los pensamientos de Lorenzo. En realidad, se trata de las nueve cartas del título y que, conforme se vayan escribiendo, servirán para estructurar el relato. "Es como si todo esto no tuviera ya sentido, como si sólo existieras tú", le llega a escribir a Berta al mismo tiempo que lo vemos besar a Mary Tere. En dicha dicotomía reside buena parte del acierto del film: el cuerpo de Lorenzo está en España, pero su pensamiento se quedó en Londres, hecho que provoca un desajuste entre lo que vemos que pasa en Salamanca y lo que realmente tiene ocupado al protagonista.

La imagen se ralentiza y hasta se queda congelada a menudo, quizá como las instantáneas que Lorenzo proyecta tomar para enviárselas a Berta. "¡Qué vacía me parece la Ciencia frente a la realidad del más allá [...] Un intelectual está siempre en riesgo de perder su alma por exceso de saber baldío. No quieras saber más de lo que debes saber". La frase pertenece al padre Echarri (Fernando Sánchez Polack) durante los ejercicios espirituales y representa a la perfección esa mentalidad oscurantista y mojigata que contrasta con la nostalgia pesimista del viejo exiliado, catedrático en Harvard, que se emociona al charlar con los jóvenes estudiantes y que prorrumpe en un emotivo e involuntariamente irónico: "¡No saben qué suerte tienen ustedes de vivir en un sitio como este! ¡Aprovéchenlo! ¡Si supieran cuánto se echa de menos!"

Y luego la escapada a Madrid, con su ambiente más cosmopolita, y vuelta otra vez a Salamanca junto con Jacques (Iván Tubau) y su novia rusa, para que los padres de Lorenzo, ridículamente escandalizados, se nieguen a hospedarlos. Y la madre, hecha una fiera: "¡Adefesio! ¡Existencialista!" Le roban, en fin, las cartas que Berta le ha ido enviando en respuesta a las suyas. Berta, cuya presencia lo inunda todo sin aparecer ni un instante en pantalla. Y el consuelo del profesor Astudillo. Y Lorenzo que se acaba resignando a dejarse engullir por la abulia que lo rodea...

Por otra parte, hasta en tres ocasiones a lo largo del film se hace alusión explícita a Antonio Machado, por aquel entonces (justo antes de que Serrat lo popularizara) un símbolo del exilio republicano. En definitiva, no hay ni una sola línea de Nueve cartas a Berta que no sea admirable en su capacidad de reflejar un ambiente y una época.


Elsa Baeza (Mary Tere) y Emilio Gutiérrez Caba (Lorenzo)
La ciudad de Salamanca es el otro gran protagonista del filme