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sábado, 7 de enero de 2023

Érase una vez... (1950)




Directores: Alexandre Cirici Pellicer y José Escobar
España, 1950, 76 minutos

Érase una vez... (1950) de Cirici Pellicer y Escobar


La inconfundible voz de Juan Manuel Soriano nos da la bienvenida a un remoto mundo de ensueño en cuyo horizonte se divisa el castillo de los condes de Aubanel… Han tenido que transcurrir más de siete décadas para que esta joya de la animación, único largometraje que dirigiera el dibujante Escobar (creador, entre otros, de Zipi y Zape o Carpanta), recupere su colorido original por obra y gracia de la Filmoteca de Catalunya tras una ardua tarea de restauración que se ha prolongado durante ocho largos años (concretamente, del 2014 al 2022).

Versión libre de La Cenicienta, según el célebre cuento de Perrault, el estreno de la cinta se vio, sin embargo, condicionado por un hecho que acabaría arruinando su carrera comercial: la coincidencia en el tiempo con el clásico de Disney a propósito del mismo personaje. De hecho, los responsables de Estela Films, la productora barcelonesa encargada del proyecto, se vieron forzados a cambiarle el título, por lo que, en lo sucesivo, pasó a llamarse simplemente Érase una vez... (1950).



Llama la atención enseguida el esmero que Alexandre Cirici Pellicer, uno de los codirectores de la película, puso en la elaboración de los diversos fondos de inspiración renacentista que embellecen buena parte de las escenas. Escobar, en cambio, parece ser que se encargó de los elementos más humorísticos, introduciendo personajes y situaciones (por ejemplo, la divertida procesión de fantasmas) que en cierto modo preludian lo que será su posterior carrera en el mundo del tebeo.

En esa misma línea de innovación, resulta curiosa la presencia de actores de carne y hueso en aquellos números en los que supuestamente son títeres quienes protagonizan la acción. Ello ocurre en un par de ocasiones, ambas primorosamente coreografiadas por el Esbart Verdaguer bajo la supervisión de Manuel Cubeles, Luis Moreno-Palli y Jaume Picas Guiu. Y es que conviene tener muy presente que, además de cuento de hadas, el filme aspiraba a ser también un musical con destellos cómicos. Buena prueba de ello sería la lección de etiqueta palaciega en forma de ópera bufa italiana o melodías más de corte jazzístico, como la que entona el gremio de zapateros mientras éstos se esfuerzan en vano por determinar el origen del zapatito de cristal y uno de ellos concluye cantando aquello de: "¡Si no fuera el siglo XV, de plexiglás diría que es!"



lunes, 20 de julio de 2020

Rostro al mar (1951)




Director: Carlos Serrano de Osma
España, 1951, 83 minutos

Rostro al mar (1951) de Carlos Serrano de Osma


ALBERTO: Estuvimos todos al borde de lo imposible, de lo irremediable. 
ISABEL: Pero ahora vuelve la vida. 
ALBERTO: Vuelve el amor, la paz...

Aunque el encargado de dirigir la película sería Carlos Serrano de Osma, Rostro al mar (1951) fue un proyecto muy vinculado al actor y productor catalán Antonio Bofarull (1895–1973). De ahí que la cinta posea un innegable toque local, presente en detalles como los exteriores filmados en Cadaqués, la participación en una escena del Esbart dançaire de Figueres, el utilizar la melodía de la canción tradicional "EL rossinyol" como leitmotiv de la banda sonora o el hecho de que la medalla que Isabel (Eulalia Montero) le entrega a su marido contenga la efigie de La Moreneta.

Sin embargo, lo más remarcable del filme radica en su argumento (coescrito, entre otros, por el futuro realizador Julio Coll, quien figura en los títulos de crédito iniciales bajo el seudónimo de J. Huiman). Y es que atreverse en aquellos años a contar la historia de un exiliado republicano representaba poco menos que una osadía, si bien Alberto Santisteban (interpretado por el italiano Carlo Tamberlani) tendrá tiempo de arrepentirse de sus "pecados" de juventud.

Alberto (Carlo Tamberlani)


Arranca la acción con imágenes de archivo de la contienda y un matrimonio que llega, en enero de 1939, a la frontera francesa. Isabel (Eulalia Montero) está a punto de dar a luz. En plena noche, avanzando a duras penas con el ruido de fondo de los bombardeos, el automóvil que conduce Alberto llega a una casa cuyas puertas están cerradas. Lo cual no es óbice para que el hombre las fuerce de un disparo y se cuele en el interior. Tan desesperante es la situación que, habiendo instalado a su esposa en una cama (y sin ni siquiera pararse a hablar con los moradores), el hombre sale corriendo en busca de un médico. Pero todo es en vano, porque lo único que hallará en el lugar son ruinas y explosiones. No obstante, al regresar se lleva una grata sorpresa: doña Marta (Camino Garrigó) lo ha dispuesto todo para que, mientras él estaba fuera, su mujer alumbre a una hermosa niña que, en agradecimiento, llevará el nombre de Martita.

Aun así, los nacionales están al caer y, ante el temor de represalias, Alberto decide marcharse él solo a Marsella, dejando a Isabel y a su hija a cargo de doña Marta. Los avatares que allí le esperan no son pocos: unos camaradas del Partido que más parecen mafiosos traicioneros que comunistas, varios años de internamiento en un campo de trabajos forzados dirigido por inflexibles estajanovistas (de los campos de exterminio nazi no se dice ni media palabra...) y, por último, en una pirueta del destino, un capitán de barco (Antonio Bofarull), casualmente hijo de doña Marta, dispuesto a ayudar al antiguo republicano y a ejercer, pese a algunas reticencias iniciales, de padrino de Isabel y la niña...

Isabel (Eulalia Montero) y Manuel (Antonio Bofarull)

martes, 3 de octubre de 2017

Viaje sin destino (1942)




Director: Rafael Gil
España, 1942, 63 minutos

Viaje sin destino (1942) de Rafael Gil


Muchos años antes (sesenta, concretamente) de que el francés François Ozon llevase a la pantalla la pieza teatral Ocho mujeres de su compatriota Robert Thomas, el prolífico Rafael Gil había dirigido en la España autárquica de los primeros cuarenta una película remotamente parecida en su planteamiento. Se trata de Viaje sin destino, coescrita junto al guionista José Santugini y protagonizada por la pareja Antonio Casal y Luchy Soto.

Así pues, en ambos filmes habrá alguien que urde una farsa de misterio en una antigua mansión con la finalidad de asustar o entretener a un grupo de personas. La diferencia, en cambio, estriba en el hecho de que mientras Ocho mujeres tomará como referencia el suspense de tradición hitchcockiana y de las novelas de Agatha Christie en Viaje sin destino la inspiración surgía de caricaturizar las películas de terror de la Universal.

Como en ¡A mí la legión!, Miguel Pozanco sacará partido
 de su marcada vis cómica


Una agencia de viajes en quiebra es la excusa perfecta para que el avispado Poveda (Casal) organice expediciones que se avanzan, en mucho, a las actuales ofertas de ocio. De hecho, sus palabras ante el consejo de administración de la empresa rebosan un entusiasmo rayano en la sagacidad: "Hace tiempo he llegado al convencimiento de que el turismo por sí solo no interesa a nadie. Es preciso complicarlo con la aventura. El turismo carece de aliciente desde que el cine ha divulgado los más escondidos paisajes de la Tierra. Además, la civilización ha suprimido las tierras peligrosas. Ha hecho de las tribus de antropófagos colonias de pacíficos nudistas. ¡Ah, pero la imaginación es invencible! ¡La imaginación puede crear un mundo nuevo en nuestro viejo mundo!"

De modo que, al llevar su proyecto a la práctica, no sólo conocerá el éxito, sino también a la mujer de sus sueños: una campeona de natación (Soto) con la que ya había protagonizado un encontronazo en la playa. Además, en el hotel La luna rosa van a coincidir con el viejo Garviza (Alberto Romea), un anciano que vive atormentado por el recuerdo (y el fantasma) de su malogrado hijo. En cualquier caso, y a pesar de su brevedad (apenas una hora), Viaje sin destino prefigura lo que, andando los años, serán atracciones como "El túnel del terror" o los viajes en grupo a destinos exóticos.

Alberto Romea (Garviza)

sábado, 23 de septiembre de 2017

Mi enemigo y yo (1944)




Director: Ramón Quadreny
España, 1944, 75 minutos

Mi enemigo y yo (1944) de Ramón Quadreny


Dos hermanas pueblerinas y un mundano novelista de éxito. Beatriz (Leonor Fábregas) se pasa el día leyendo las historias publicadas por el apuesto Mauricio de Viera (Luis Prendes), pero será Isabel (Josita Hernán) la que le robe el corazón al escritor. No sin antes vencer cuantiosas reticencias, ya que a la muchacha le pesa el hecho de haberle arrebatado a su hermana el objeto de sus amores. De modo que seductor y seductora entrarán en un juego de amor y odio en el que, sucesivamente, irán intercambiando los papeles de raptada y raptor, en función de sus necesidades...

No era la primera vez que dicha pareja trabajaba a las órdenes de Ramón Quadreny, pues el dúo Prendes-Hernán ya había protagonizado, en enero de ese mismo año, Una chica de opereta. Eran, a la sazón, estrellas en nómina de Cifesa, por lo que nada tiene de particular que participasen, por aquellos años, en varias producciones románticas cortadas por un mismo patrón y, casi casi, fabricadas en serie.



Mi enemigo y yo partía de la novela rosa homónima a cargo de la prolífica Luisa María Linares y situaba parte de su acción en Barcelona y alrededores (con una escena rodada en el teleférico de Montserrat y otras, en cambio, en las cumbres nevadas de lo que parece un ambiente pirenaico). Contenía también, según costumbre de la época, varias canciones, interpretadas por la propia Josita Hernán, quien se supone que, en su huida de Mauricio, intenta abrirse camino como cantante profesional.

Pese a su tono general de pasatiempo intrascendente, en algunos de los elementos contenidos en esta comedia de teléfonos blancos parece percibirse, sin embargo, el eco lejano de claros referentes literarios, como esa torre en lo alto de una montaña en la que los protagonistas acaban encerrados, tanto al principio como al final, y que haría pensar, tal vez, en la prisión de Segismundo en La vida es sueño. "Donde se demuestra", como rezaba el programa de mano que acompañaba a la película, "que un secuestro puede traer inesperadas y felices consecuencias".



sábado, 14 de enero de 2017

Torbellino (1941)




Director: Luis Marquina
España, 1941, 96 minutos

Torbellino (1941) de Luis Marquina


Aunque se rodó en los Estudios Trilla-Orphea de Barcelona, la historia narrada en Torbellino (1941) se sitúa en Sevilla y en Madrid. Estamos en los primeros cuarenta, época en la que los receptores de radio eran aparatosos armatostes en el interior de un mueble de caoba, alrededor del que se agolpaba toda la familia. Fuente principal de entretenimiento, la música, las retransmisiones deportivas o los noticieros centraban la atención de los oyentes en los oscuros años de la autarquía.

Son varias las películas españolas que reflejan la importancia de la que gozaba el medio radiofónico en aquel entonces, siendo la más conocida Historias de la radio (José Luis Sáenz de Heredia, 1955). Menos célebre, pero igualmente interesante, es este Torbellino que protagonizó Estrellita Castro en 1941 bajo las órdenes de Luis Marquina.



El pedante director de Radio Iberia, don Segundo Izquierdo (Manuel Luna) pretende ofrecer una programación integrada única y exclusivamente por ópera, recitales poéticos y contenidos culturales de buen tono. Eternamente parapetado tras un ridículo monóculo, hace caso omiso de los consejos del prometido de su prima Luz, Juan (Manolo Morán), quien le recomienda que también introduzca música popular que satisfaga los gustos del público. En realidad, Segundo, un vasco de lo más terco, siente una honda aversión hacia todo lo folclórico, en especial si viene de Sevilla.

De modo que Juan ideará, junto con la aspirante a estrella de la copla Carmen Moreno, un plan que permita lanzar su carrera y salvar a Radio Iberia de la quiebra. En el camino se destapará, asimismo, el complot de un empleado que conspira a favor de la competencia y, cuestión inevitable, Segundo Izquierdo (que vive en el 2º izquierda: ¡qué "chispa"!) caerá rendido a los pies de la joven, al tiempo que aprende a ser menos serio y más flamenco.



Si vamos al fondo de lo que se muestra en Torbellino, no queda más remedio que admitir lo simplista y un tanto perverso de los presupuestos a partir de los cuales se construye su guion: la cultura como sinónimo de aburrimiento, el vasco como personaje rarito, estirado e intolerante al que hay que reeducar, lo andaluz como fuente de alegría... En definitiva, la imagen conformista y carente de todo espíritu crítico que desde el régimen interesaba inocular en los espectadores a través de sus retinas.

lunes, 13 de junio de 2016

Vida en sombras (1949)




Director: Llorenç Llobet Gràcia
España, 1948, 74 minutos

Vida en sombras (1949)
de Llorenç Llobet Gràcia

El cine, de mero espectáculo, ha pasado a ser arte, ya que han sido superados los tanteos iniciales, y lo que nació como simple curiosidad científica tiene actualmente una estética...

El caso de Llobet Gràcia es paradigmático del de tantos cineastas malditos del cine español a los que la incomprensión de sus coetáneos o la censura (cuando no ambos) les sellaron el paso condenándolos a lustros de olvido. Es, por otra parte, la historia de un cinéfilo de Sabadell que, habiendo puesto todo su empeño en el cine, no lograría el reconocimiento a su entusiasta labor sino hasta varios años después de su muerte.

Dado lo atrevido del planteamiento, tanto a nivel formal como de contenido, Vida en sombras fue objeto de no pocos reproches: por hacer referencia, en pleno franquismo, a los sectores de la izquierda republicana; por situar la acción en Barcelona, incluyendo algunas frases en catalán; por incorporar escenas de filmes ajenos (Rebeca de Hitchcock, Romeo y Julieta de George Cukor, cortos de Chaplin...); por sus continuas referencias cinéfilas (tanto nacionales como extranjeras)...

Puede decirse, sin temor a exagerar, que Vida en sombras, su única cinta, es un filme autobiográfico al que los avatares de su compleja trayectoria han hecho merecedor del calificativo de película de culto. Arranca la acción a finales del XIX y su protagonista, Carlos Durán (Fernando Fernán Gómez) nace a la par que el cinematógrafo: de hecho, su madre da a luz en un barracón en el que se están proyectando cortometrajes de los hermanos Lumière. He ahí una de las constantes del guion: el paralelismo entre los acontecimientos históricos/cinematográficos y la vida del personaje central. De modo que irán desfilando por la pantalla no sólo la Primera guerra mundial, el advenimiento de la segunda República, la Guerra civil y demás episodios relevantes de la historia de España sino también la irrupción del sonoro o del color, al mismo tiempo que veremos crecer a Carlos y, en él, la pasión por el cine.

Al fondo, silueta de un zoopraxiscopio. En primer plano,
 Carlos escribe a máquina el texto que precede a esta entrada

De hecho, ese discurrir en paralelo al que aludíamos más arriba se da igualmente entre las situaciones que vive Carlos y las películas que ve: tanto es así que la relación Carlos-Ana coincide plenamente con la que vive Laurence Olivier respecto a su difunta esposa en Rebeca (obsérvese, por otra parte, el intencionado parecido físico entre Fernán Gómez y el actor inglés). Y en cuanto a la versión del drama de Shakespeare tampoco es casualidad que Carlos y Clara se enamoren viendo precisamente este filme (en el cine Coliseum de Barcelona, para ser exactos).

Aunque, sobre todo, el problema de base que explicaría su fracaso inicial es que Llobet Gràcia pretendía un imposible: filmar el amor al cine. Por muy intenso que sea dicho sentimiento al final resulta que, como todos los sentimientos, no es plausible plasmarlo en imágenes: como mucho podremos mostrar a un señor muy serio que se mueve a pasos de tortuga por el plató. La procesión va por dentro y eso no hay cineasta que lo capte. De todos modos, el galanteo que Carlos comparte primero con Ana (María Dolores Pradera, entonces esposa de Fernán Gómez en la vida real) y después con Clara (Isabel de Pomés) viene a compensar su amor imposible con la cámara que, perpetuamente en ristre, lleva siempre a cuestas. Algo así como lo que le ocurre al personaje interpretado por Eusebio Poncela en Arrebato (1979) de Iván Zulueta, otro cinéfilo fagocitado por el frenesí de su propia pasión.


sábado, 9 de enero de 2016

El fantasma y doña Juanita (1945)




Director: Rafael Gil
España, 1945, 64 minutos

El fantasma y doña Juanita (1945) de Rafael Gil


Pocas cosas hay más patéticamente conmovedoras que un payaso que no haga reír. Como en la célebre aria "Vesti la giubba" de la ópera I Pagliacci de Rugiero Leoncavallo. En Mañana (José María Nunes, 1957) es lo que le sucedía, por ejemplo, al clown interpretado por José Sazatornil. Aunque una década antes ya se había planteado una situación similar en El fantasma y doña Juanita.

Basada en la novela El romance del fantasma y doña Juanita (1927), del gaditano José María Pemán, la versión cinematográfica que dirigió Rafael Gil contó con los servicios del autor en calidad de guionista y un reparto encabezado por Antonio Casal y Mary Delgado.

La acción transcurre en Villaclara, una ficticia ciudad de provincias en la que los diarios locales tienen el placer de anunciar en los ecos de sociedad la petición de mano de Rosita Izquierdo por parte del industrial don Serafín González. Este último ni siquiera aparecerá como personaje, pero a juzgar por la fotografía que publica el periódico no puede decirse que hiciera muy buena pareja con la muchacha.

Porque, razón de más es señalarlo, Rosita ya tiene otro pretendiente, del que realmente está enamorada. Así que cuando su tía los sorprenda flirteando en el jardín montará en cólera y, acto seguido, (tras echar a la calle al pobre José) le explicará a su sobrina un hecho acaecido durante su juventud que marcaría para siempre el resto de su vida. El filme se organiza, pues, como un larguísimo flashback / confidencia al estilo de Primavera (Robert Z. Leonard, 1937) o Titanic (James Cameron, 1997).

La vivencia en cuestión tuvo que ver con la llegada a Villaclara, muchos años atrás, del Gran Circo Alegría bajo la dirección de Pierre Brochard (francés algo malcarado al que da vida Juan Espantaleón). Una de sus "diez formidables atracciones" es el payaso Tony, ése que decíamos antes que no tenía mucha gracia (qué curioso: el actor que lo interpreta tampoco...)

Juanita y él se conocerán un día que coinciden visitando una ermita, aunque Tony (avergonzado de su condición de artista de la farándula) le dirá que se llama Antonio Ruiz y se hará pasar por el gerente del circo. De manera que la chica se acaba enamorando de un "fantasma", habida cuenta que a consecuencia del fatídico incendio del circo nunca sabrá que Antonio y Tony eran la misma persona.

Otros secundarios que intervienen son Juan Calvo (el cura don Elpidio), Alberto Romea (el erudito y pelmazo boticario don Laureano Izquierdo, padre de Juanita), Pepe Isbert (don Pancho) y Camino Garrigó (la tan traída doña Juanita de marras). Podríamos citar también a la mona Micaela, que hace un papelazo junto a Antonio Casal: de hecho, le roba las escenas (lo cual tampoco era muy difícil).


lunes, 14 de diciembre de 2015

Embrujo (1947)




Director: Carlos Serrano de Osma
España, 1947, 80 minutos

Embrujo (1947) de Carlos Serrano de Osma


El próximo 16 de enero se cumplirán cien años del nacimiento de Carlos Serrano de Osma, director atípico que se encargó de filmar apenas ocho largometrajes a lo largo de su carrera y algún que otro documental. Suya es la insólita Embrujo, intento de emparentar el folclore español con el surrealismo vanguardista y que protagonizaron Lola Flores y Manolo Caracol. El filme se rodó en los estudios Orphea de Barcelona y contó con Pedro Lazaga como ayudante de dirección y banda sonora de Jesús García Leoz.

En alguna de sus escenas (véase, por ejemplo, la que comparten, a cámara lenta, Lola y Manolo alrededor de un árbol seco entre brumas) es inevitable pensar en Cocteau. En otras, como el macabro cortejo fúnebre del final, las desproporcionadas calaveras pintadas en los decorados parecen querer remitir al expresionismo alemán. También se le llegó a comparar en su momento con el Orson Welles de El cuarto mandamiento, debido a su uso de los planos secuencia filmados con grúa, la iluminación y el montaje.

Lola Flores en Embrujo (1947)
 Los decorados son de José González de Ubieta


Sea como fuere, lo que queda claro es que Manolo se dejará arrastrar por una pasión desbordada e irracional que le hará hundirse finalmente en la bebida al no ser correspondido.

El resto del elenco lo completaron Fernando Fernán Gómez y María Dolores Pradera (otra notable pareja artística del momento): él, como sabio Mentor de Manolo, para el que beber es vivir; ella, como cantante danzarina de la compañía itinerante en la que se integrará Lola. La omnipresente Camino Garrigó ejerce en esta ocasión de asistente y confidente de Lola. Fernando Sancho, otro secundario mítico al que esperaba una larguísima carrera por delante, interpreta a Mister Benson, un apoderado de los que pululan en el entorno artístico. Hasta el futuro periodista Joaquín Soler Serrano cuenta con un pequeño papel: el de Roberto, otro de los enamorados que caerá rendido ante los pies de la faraona con escaso éxito.

Aunque solo sea por lo atrevido y original de su propuesta (con tanto o mayor mérito por la época en la que se rodó), Embrujo merece ocupar un lugar destacado dentro del cine de culto español. Quizá sea por ello que el director Carlos Vermut decidiera recientemente incluir en la banda sonora de su aclamada Magical Girl (2014) el tema "La niña de fuego" que Manolo Caracol interpreta en esta película.

lunes, 12 de octubre de 2015

El hombre que se quiso matar (1942)




Director: Rafael Gil
España, 1942, 80 minutos

El hombre que se quiso matar (1942)


El primer largometraje dirigido por Rafael Gil fue esta adaptación de un disparatado relato de Wenceslao Fernández Flórez sobre un joven apocado que, no ocurriéndosele nada mejor para llamar la atención de sus semejantes, decide anunciar públicamente que tiene la intención de quitarse la vida.

Tanto la elección de Fernández Flórez como el elenco de actores que intervienen (Antonio Casal, Camino Garrigó, Xan das Bolas...) se repetirían en años venideros, confirmando el éxito de una de las carreras más prolíficas del cine español, con setenta filmes a sus espaldas.

En el caso que nos ocupa, la comicidad se consigue por aquello de que a los locos conviene darles la razón y, claro, al pobre Federico Solá se le abren todas las puertas con la tontería. Normal: para el tiempo que le queda... Así se van sucediendo los disparates uno tras otro, primero por lo patoso de sus intentonas suicidas y, más tarde, por lo descarado e incluso temerario de las opiniones que el arquitecto irá vertiendo por aquí y por allá.

En todo caso, se comprenderá que, conforme va teniendo éxito en su estrategia, Federico se envalentone y acabe por conseguir, a base de su desparpajo y pico de oro, no sólo el amor de Irene (Rosita Yarza) y un puesto en la empresa del padre de esta, el señor Argüelles (Manuel Arbó), sino una inmensa popularidad en toda la ciudad.



lunes, 28 de septiembre de 2015

Huella de luz (1943)




Director: Rafael Gil
España, 1943, 76 minutos

Huella de luz (1943) de Rafael Gil


"Nadie ama más el dinero que un demócrata, porque ama el suyo y el ajeno". Esta perla se menciona, como quien no quiere la cosa, en Huella de luz, la adaptación que hiciera Rafael Gil de la obra homónima de Wenceslao Fernández Flórez y que se estrenó en 1943. Como ya veíamos hace una semana al comentar La guerra de Dios (filme igualmente de Gil, aunque dirigido diez años después), era habitual que la ideología del régimen entonces imperante en España se colase entre las líneas del guion en forma de afirmaciones tan profundamente reaccionarias como la anterior. De hecho, Mike y Moke, los peculiares embajadores de la imaginaria República Democrática de Turolandia, son dos personajes tan estrafalarios como fáciles de sobornar, lo cual pretende demostrar a ojos del espectador hasta qué punto las democracias parlamentarias occidentales son corruptas y su forma de gobierno en absoluto deseable.

Pero, al margen de detalles como este, la historia romántica que se narra en Huella de luz tiene por protagonistas a Isabel de Pomés (Lelly) y a Antonio Casal (Octavio), una pareja de actores que repetiría al año siguiente en La torre de los siete jorobados de Edgar Neville. Octavio Saldaña, oficinista pobre y patoso que vive con su madre (Camino Garrigó), es recompensado por su jefe, el empresario Sánchez-Bey (el mismo que pronuncia la frasecita con la que arranca esta entrada), con una estancia en el balneario Montoso. Allí conocerá a Lelly Medina, pero como ella es la hija de un industrial del sector textil, Octavio se sentirá obligado a fingir que es un rico millonario, avergonzado de su condición social humilde.

Comedia de enredo y equívocos, Huella de luz refleja a la perfección las angustias de tantos Octavios en la España autárquica que soñaban con ascender en la escala social por la vía rápida. Resulta, en ese sentido, significativa la figura de Sánchez-Bey (interpretado por Juan Espantaleón): el empresario duro por fuera y tierno por dentro, hombre hecho a sí mismo, que acoge paternalmente a Octavio y que es el inductor de que este último y Lelly puedan disfrutar de la felicidad que a él se le negó en su juventud. A fin de cuentas, la dicha de los veinte años es algo efímero y la joven pareja se da perfectamente cuenta de ello al contemplar la fugaz huella de luz que dejan los fuegos artificiales en el cielo.

Programa de mano de Huella de luz
Antonio Casal (Octavio) e Isabel de Pomés (Lelly)

lunes, 31 de agosto de 2015

Nada (1947)




Director: Edgar Neville
España/Italia, 1947, 76 minutos

Nada (1947) de Edgar Neville


Por dificultades en el último momento para adquirir billetes, llegué a Barcelona a medianoche, en un tren distinto del que había anunciado y no me esperaba nadie [...]

El olor especial, el gran rumor de la gente, las luces siempre tristes, tenían para mí un gran encanto, ya que envolvía todas mis impresiones en la maravilla de haber llegado por fin a una ciudad grande, adorada en mis ensueños por desconocida.

Carmen Laforet
Nada

Pobre Andrea: aún no sabe dónde se ha metido... Porque conforme vaya avanzado la acción la cruda realidad se encargará de ir demoliendo, lenta pero inexorablemente, las ilusiones con las que había llegado a Barcelona.

Pobre Andrea y pobre Carmen Laforet: Nada, su primera y autobiográfica novela, supuso un soplo de aire fresco en la narrativa de los años cuarenta, con un marcado gusto por lo sensorial y ese estilo plagado de sinestesias ("olor especial", "luces tristes"...) Sin embargo, y pese a obtener el prestigioso premio Nadal, encasillaría a su autora de por vida, eclipsando el resto de su muy notable producción literaria.

En cuanto a la adaptación cinematográfica llevada a cabo por Edgar Neville y Conchita Montes poco más se puede añadir: ni Nada era un texto fácil de adaptar ni las circunstancias eran las idóneas para hacerlo satisfactoriamente. De ahí que el resultado final no se pueda medir en absoluto con la obra maestra de Laforet, debido en parte a la escasez de medios y, sobre todo, a los cortes introducidos primero por la censura y después por la productora CIFESA, que desconfiaba de la viabilidad comercial del film.

Con todo, hay que admitir que, en comparación con el resto de la filmografía de Neville, Nada destaca por su uso casi expresionista de la iluminación, del travelín y de las angulaciones en contrapicado, así como por los opresivos decorados creados por Sigfrido Burman para la ocasión.


Contrapicado que muestra a Juan (Tomás Blanco) y
a Gloria (Diana Salcedo) en segundo término
Edificio de la calle Aribau nº 36 de Barcelona
Placa conmemorativa en la fachada de Aribau, 36
La escritora Carmen Laforet (1921-2004)

lunes, 3 de agosto de 2015

La fe (1947)




Director: Rafael Gil
España, 1947, 102 minutos

La fe (1947) de Rafael Gil


Basada en una novela de Armando Palacio Valdés (1853-1938), La fe supuso poco menos que un atrevimiento en la España de 1947. Y todo porque plantea la historia de una muchacha que se enamora (sin ser correspondida, eso sí) de un sacerdote. Aunque también es cierto que tanto la ideología conservadora de Palacio Valdés como el final moralizante con el que concluye la trama ayudaron bastante a suavizar las cosas y hacer que la censura franquista se acabara conformando. No hay que olvidar, al respecto, que La Regenta de Leopoldo Alas, Clarín, aun siendo de la misma época que La fe y con un argumento similar, era, sin embargo, una novela prohibidísima.

Por otra parte, el padre Luis Lastra (interpretado por Rafael Durán) posee unos principios inquebrantables que casaban a la perfección con la moral imperante en el momento del estreno de la película y no solo evitará la tentación, personificada en la ligera Marta Osuna (Amparo Rivelles), sino que también obrará el "milagro" de convertir al ateo Álvaro Montesinos (Guillermo Marín).

La fe, con las inquietudes de tipo religioso que plantea, se nos aparece hoy en día como una rareza de tradición decimonónica que, al mismo tiempo, condensa a la perfección algunas de las obsesiones del nacionalcatolicismo y de ahí el interés histórico que pueda tener para comprender las particularidades de aquel periodo.

Rafael Durán y Amparo Rivelles en La fe (1947)
Busto dedicado a Palacio Valdés en Oviedo

lunes, 27 de julio de 2015

La culpa del otro (1942)










Director: Ignacio F. Iquino
España, 1942, 82 minutos



El cineasta catalán Ignacio F. Iquino (1910–1994) representa uno de los casos de mayor fecundidad creativa del cine español, puesto que su prolífica filmografía se desarrolló entre 1934 y 1984. A menudo considerado excesivamente comercial por sus detractores, su obra, sin embargo, abarcó todos los géneros y supo adaptarse sin mayor problema a las necesidades y gustos de cada época.

En La culpa del otro (1942) Iquino se atrevió a llevar a cabo una insólita amalgama de géneros: musical, policiaco, melodrama folletinesco, romance, comedia... aunando a un tiempo los tiros, la risa y el llanto, como a continuación detallamos.

Por una parte están las canciones que se cantan en la taberna del puerto de Barcelona, algunas de ellas celebérrimas como, por ejemplo, "Tatuaje". Por otra, las pesquisas para dilucidar quién mató al Marqués sénior. Aunque el meollo de la historia reside en los avatares de la pareja formada por Carolina (Mercedes Vecino) y Rafael (Salvador Soler Marí), mientras que la hija de ambos (María del Carmen, interpretada por Isabel de Pomés) vivirá su particular historia de amor con Juan Carlos, el Marqués júnior (Luis Prendes). Por último, el peculiar detective Cornelio (Fernando Freyre de Andrade) y los padres adoptivos de María del Carmen (Atilano y Gregoria, interpretados, respectivamente, por Joaquín Torréns y Camino Garrigó) encarnan la vena humorística de la película.


Mercedes Vecino e Isabel de Pomés
Programa doble de La culpa del otro (1942)
"Sacrificio y abnegación de una madre"
Anunciando el estreno para el 8 y 9 de octubre del 42