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domingo, 13 de enero de 2019

Ladrones como nosotros (1974)




Título original: Thieves Like Us
Director: Robert Altman
EE.UU., 1974, 123 minutos

Ladrones como nosotros (1974) de Robert Altman


Lo que en manos de Nicholas Ray fue un sólido ejercicio de cine negro titulado They Live by Night (Los amantes de la noche, 1948) daría lugar, casi tres décadas después, a un retrato de la América profunda en tiempos de la Gran Depresión a cargo del siempre solvente Robert Altman. Ambos filmes, muy distintos en espíritu y en factura, adaptaban, sin embargo, la misma novela: Thieves Like Us, publicada en 1937 por el tejano Edward Anderson (1905–1969). 

Trombonista, boxeador y marino antes que novelista, Anderson encarna a la perfección el perfil de buscavidas que moriría, pobre y olvidado, dejando tras de sí un puñado de obras cuyo estilo crudo y contundente le valió el aplauso del mismísimo Raymond Chandler. Malditismo que, como no podía ser de otro modo, heredaron sus personajes, por lo general atracadores, prófugos, gánsteres y demás fauna procedente del mundo del hampa.



Altman, cineasta muy dado a concebir la puesta en escena como un hervidero del que entran y salen multitud de actores, contó para la ocasión con algunos de los intérpretes que ya habían trabajado a sus órdenes en títulos previos de su filmografía. Tal es el caso de Keith Carradine (Bowie) y Shelley Duvall (Keechie), pareja protagonista de bebedores empedernidos de Coca-Cola y que —como Bonnie & Clyde, otro dúo de malhechores enamorados con final sangriento— verán truncado su destino por la fuerza implacable de las autoridades federales.

De hecho, el eco del modelo planteado por Arthur Penn en aquella película salta enseguida a la vista en Ladrones como nosotros, especialmente en la cruenta escena del tiroteo final (deudora, también, en buena medida, de los excesos balísticos exhibidos por Sam Peckinpah en Grupo salvaje o por Coppola en las dos partes de El Padrino). Y es que la sobriedad de la que hicieran gala los maestros del noir no casaba bien con los nuevos gustos del público en los años setenta, sin duda ávidos de emociones fuertes. De ahí que Altman y sus guionistas (Tewkesbury y Willingham) parezcan hablar por boca de T-Dub (Bert Remsen) cuando éste, con fina ironía no exenta de desengañada nostalgia, suelte aquello de: “Debería haber robado a la gente con mi cerebro en lugar de con un arma…”


viernes, 21 de diciembre de 2018

M.A.S.H. (1970)




Título original: MASH
Director: Robert Altman
EE.UU., 1970, 116 minutos

M.A.S.H. (1970) de Robert Altman


Cuando era crío, recuerdo que los viernes, a última hora de la tarde, se emitía por TVE la serie televisiva M.A.S.H. Bueno: de lo que me acuerdo, en realidad, es de que no me gustaba nada. Sobre todo porque el inicio de su sintonía (que ahora sé que compuso Johnny Mandel), con aquellos helicópteros que sobrevuelan el hospital quirúrgico móvil norteamericano donde se desarrolla la acción, mientras los créditos van desfilando por la pantalla, significaba el fin de la programación infantil.

Quizá por eso, por asociar su título con una vivencia tediosa, no había visto hasta hoy la película de Robert Altman en la que se basó, imperdonable laguna que, al fin, ha quedado resuelta. Y, primera sorpresa: ¡no sale Alan Alda! Porque el rostro del actor neoyorquino iba indisolublemente asociado, en la memoria de un servidor, al acrónimo MASH (Mobile Army Surgical Hospital). Pero no: en la peli eran otras jóvenes promesas las que encabezaban el cartel. Básicamente, el trío integrado por Donald Sutherland (Hawkeye), Elliott Gould (McIntyre) y Tom Skerritt (Duke), así como los formidables secundarios Robert Duvall (Burns) y Sally Kellerman ('Labios Calientes'). 

Parodia de La última cena de Da Vinci similar a la llevada a cabo
 por  Buñuel en Viridiana (1960)


Aunque, como sucede en la mayoría de filmes de Altman, el planteamiento fue completa y absolutamente coral, lo que motivaría las quejas de Sutherland y Gould ante el temor de que la cinta acabase resultando un fracaso en taquilla. Algo que no sólo no sucedió, sino que se tradujo en un Óscar al mejor guion y en la Palma de Oro en Cannes. Y es que no hay que perder de vista que la guerra de Vietnam estaba entonces en su máximo apogeo y, por más que la acción de MASH se situase en Corea, a nadie le pasó por alto que la ácida ironía desmitificadora de sus inteligentísimos diálogos iba directamente dirigida a cuestionar la política exterior estadounidense en aquel preciso instante.

Cierto que no todo ha envejecido igual de bien en la película, de un modo particular el tratamiento que se dispensa a determinados personajes femeninos. Así, por ejemplo, la célebre escena en la que los gemidos de placer de la jefa de enfermeras se difunden accidentalmente por megafonía o aquella otra en la que derriban las paredes del barracón de duchas justo cuando la señorita O'Houlihan se halla en plena ablución resultan en la actualidad altamente humillantes, a pesar de que el mensaje central del filme (a saber: que todos los conflictos bélicos, junto con la estricta normativa del estamento militar, obedecen a una absurdidad difícilmente justificable) mantenga intacta su validez universal.


viernes, 25 de mayo de 2018

Lucky (2017)




Director: John Carroll Lynch
EE.UU., 2017, 88 minutos

Lucky (2017) de John Carroll Lynch


Debut en la dirección del actor John Carroll Lynch (Fargo, Zodiac, Jackie...) y ocaso de un nonagenario Harry Dean Stanton que, por días, no llegó a ver el estreno del que finalmente ha terminado siendo su testamento fílmico: Lucky.

Quizá porque el otro Lynch (el célebre realizador de Twin Peaks, sin parentesco alguno con John Carroll) interpreta a uno de los parroquianos del bar que suele frecuentar el protagonista, o a lo mejor debido a que la acción se sitúa en la misma América profunda en la que transcurren sus películas, pero es muy probable que una vaga sensación de déjà vu invada a todo aquel que vea la obra póstuma del prolífico intérprete de títulos como Alien (1979) o La milla verde (1999). A un servidor, sin ir más lejos, le vienen a la mente, a bote pronto, un par de pelis igual de entrañables que Lucky: Bagdad Cafe (1987) de Percy Adlon y  The Straight Story (1999) del ya mencionado Lynch (David).



Lo cual no es forzosamente malo. De hecho, en alguna de las escenas se percibe incluso el eco del Orson Welles de Ciudadano Kane (1941) o El cuarto mandamiento (1942), como aquélla en la que el veterano de guerra (Tom Skerritt) se emociona, con la mirada perdida en el infinito, al recordar la sonrisa beatífica de una muchacha filipina: detalle clave, por cierto, para comprender una historia crepuscular como la que nos ocupa, toda vez que ese gesto de los budistas, mostrando aquiescencia ante el destino inexorable, reaparecerá en el último plano de Lucky (y hasta aquí podemos leer).

En cualquier caso, el filme está repleto de referencias espirituales y filosóficas, desde los ejercicios de yoga con los que Lucky inicia su rutina diaria hasta las peculiares conversaciones que el anciano entabla en la cafetería ("No eres nada") o en el bar ("El realismo existe, aunque cada uno percibamos cosas distintas..."). Elogio de la vida lenta, con el mismo punto entre cotidiano y poético del que se servía Jarmusch en Paterson (2016), y que aquí encarnan a partes iguales el provecto ateo y President Roosevelt, el díscolo quelonio que se dará a la fuga adentrándose en las profundidades del desierto.


viernes, 28 de abril de 2017

Alien, el octavo pasajero (1979)




Título original: Alien
Director: Ridley Scott
Reino Unido/Estados Unidos, 1979, 116 minutos

Alien, el octavo pasajero (1979)
de Ridley Scott


Uno de mis primeros recuerdos cinematográficos está directamente relacionado con Alien. Apenas cuatro años tenía yo cuando se estrenó el hoy ya clásico de la ciencia ficción. Y mi hermano, que contaba entonces catorce primaveras, la fue a ver. Ya en casa, en el recogimiento de nuestro cuarto, me contaba los detalles con morbosa fruición. De modo que puede decirse que me acuerdo de la película sin haberla visto. 

La escena que más me impactaba de su minucioso relato era la del ente (¿cómo llamarlo: lapa galáctica, trilobites sideral...?) enganchado a la cara de Kane (John Hurt) y cómo, tras un primer momento de alivio al ser liberado, el tripulante acababa reventando como un ciquitraque sobre la mesa donde él y sus compañeros recién habían comenzado a desayunar.

Frente a las convencionales rodajas de pepino, Alien defendía
las propiedades del CENTOLLO como eficaz antioxidante
contra el envejecimiento facial


Han pasado casi cuarenta años y hoy, por fin, he tenido ocasión de ver Alien en pantalla grande. Vista con ojos de adulto tal vez impacte menos que al asustadizo niño de cuatro años al que se la contaron (a fin de cuentas, lo que uno se imagina siempre resulta más sobrecogedor que lo que uno ve), pero la fuerza sus imágenes se mantiene intacta.

Y, por otra parte, el cinéfilo cuarentón, bastante menos impresionable y más dado a comparar, establece enseguida conexiones con otros filmes de similar factura. Los referentes inevitables son 2001 (1968) y La guerra de las galaxias (1977): de la primera ha heredado el tempo narrativo y el diseño del interior de la nave (con esas puertas hexagonales que se abren automáticamente en horizontal); de Star Wars, alguna que otra licencia en aras de la espectacularidad: atronadoras explosiones en mitad del espacio o estruendosos vendavales huracanados en el inhóspito planeta sin atmósfera (ni, por tanto, aire) a través de los que propagarse las ondas sonoras.