domingo, 15 de enero de 2017

Petit indi (2009)












Título en español: Pequeño indio
Director: Marc Recha
España/Francia, 2009, 92 minutos



Quienes sean usuarios habituales del servicio de cercanías de Renfe en Barcelona, si alguna vez han viajado en dirección a Manresa, Terrassa, Sabadell y demás municipios del Vallès, a buen seguro que habrán reparado, al aproximarse a la parada de Torre Baró, en esos diminutos bloques de pisos, unos verdes y otros rosa, que se divisan en el horizonte, a nuestra derecha, a través de la ventanilla. Semejantes a cajas de cartón, desde lo alto de unas colinas coronan un paisaje salpicado de autopistas, un río y algunos huertos. 

Para algunos, dicho entorno resultará sin duda inhóspito. Pero como la belleza está en los ojos de quien mira, el director Marc Recha decidió ubicar precisamente allí la acción de Petit indi. En ese espacio del cinturón industrial de Barcelona, a priori tan poco cinematográfico, habitan Arnau (Marc Soto) y sus tíos. Él es un quinceañero desgarbado, de brazos rígidos, un tanto desorientado por el hecho de que su madre cumple condena en prisión. Su tío Ramon (Sergi López) se lo lleva consigo al canódromo y, poco a poco, parece que el muchacho le va tomando gusto a eso de las apuestas: no tanto porque le interesen los galgos, sino porque parece proyectar la peregrina idea de pagar un abogado que saque de la cárcel a su madre con el dinero que gane.



Ni Sergi (Eduardo Noriega) ni Sole (Eulàlia Ramon) aciertan a llenar el vacío afectivo que siente Arnau, por lo que el chaval se refugiará en la compañía de sus peculiares mascotas: un jilguero y un zorro malherido al que rescata. La simbología que se desprende de ambos animales es del todo transparente: un pájaro enjaulado (así se siente Arnau y así vive su madre) y una fiera salvaje difícilmente domesticable (el Principito ya lo intentó y Arnau correrá similar suerte...)

De nuevo Marc Recha indaga en su universo particular de silencios, en esa mirada sobre lo cotidiano que algunos han comparado con el cine iraní, pero que en realidad es profundamente catalana. Tanto las carreras de galgos, en un decrépito equipamiento urbano a punto de echar el cierre, como los singulares concursos de pájaros cantores cobran una dimensión especial al ser filmados por Recha. Como esos descampados de Montcada i Reixac o Sant Adrià de Besós por los que pulula el solitario Arnau y que configuran el panorama gris de un adolescente desorientado.


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