sábado, 21 de enero de 2017

La princesa de los Ursinos (1947)




Director: Luis Lucia
España, 1947, 97 minutos


"¡Láa, la-la-la-lá, la-láaaa!"

La princesa de los Ursinos (1947)


No hemos pretendido hacer historia (nombres fechas y recuentos de batallas), sino reflejar el ambiente espiritual de España en un momento del siglo XVIII. 
Luis XIV de Francia, el "Rey Sol", acaba de lograr que su nieto ocupe el trono de España con el título de Felipe V. No se conforma con este triunfo. Quiere más y su ambición le enfrenta con el carácter español indómito, independiente, forjado en siglos de lucha y para quien los Pirineos ni han desaparecido ni desaparecerán jamás. 
Entre realidad y fantasía conoceréis un famoso duelo diplomático cuyas vicisitudes silencia la historia.


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1948 fue el año de la llegada a España del pequeño Juan Carlos de Borbón y Borbón, un niño de apenas diez años de edad que, con los años, estaba llamado a ser... amante de Bárbara Rey. Quizá por ello (por su llegada, digo), las autoridades franquistas consideraron oportuno que el público debía comenzar a familiarizarse con la dinastía borbónica y sus inicios en suelo hispánico.

De modo que, manos a la obra, Carlos Blanco escribió el guion y Cifesa puso toneladas de cartón piedra, yeso y pelucas, muchas pelucas con rizos, rulos y demás bagatelas vagamente dieciochescas. Luis Lucia dirigiría el cotarro (con Rovira Beleta de ayudante). Y, tomando como pretexto un personaje histórico, Marie-Anne de La Trémoille, princesa de los Ursinos (París, 1641 – Roma, 5 de diciembre de 1722), fue concebida una superproducción que nada tenía de histórica. Puesto que el objetivo era más bien utilizar el pasado para justificar el presente.

En ese aspecto, los diálogos contienen afirmaciones inequívocamente falangistas. Como cuando el embajador Goncourt (interpretado por José María Lado) dice aquello de: "Hay entre los españoles, por espíritu de raza, un decidido propósito a no dejar que nadie les imponga sus destinos." Lo de "espíritu de raza", por cierto, acabaría sirviendo para rebautizar cierta película de Sáenz de Heredia...

Así que la tal princesa es enviada a Madrid con el objetivo de que Felipe V (Fernando Rey: ¡qué bárbaro, con ese apellido estaba predestinado a hacer o de monarca o de vedette del destape!) no olvide jamás que él es francés y "que los Pirineos desaparezcan efectivamente: que Francia y España formen una sola nación de dos cuerpos." Una sola nación, pero con la capital en Versalles (se entiende). Y, ¿por qué tanta insistencia en ver una amenaza en el país vecino? Pues porque tras el fin de la Segunda Guerra Mundial el régimen de Franco temía la injerencia de las democracias occidentales. De ahí que el concepto de independencia se repita hasta la saciedad.

Ya sólo faltaba el galán cantarín de turno, en este caso Roberto Rey (vaya, hombre: ¡otro bárbaro con apellido de amante palaciego!), para que enamorase a la princesa y le hiciese "comprender España", echando por tierra los planes del pérfido gabacho.




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...pero el espíritu de Luis Carvajal, valor y audacia al servicio de la independencia patria, no ha muerto. ¡Vive!... Y vivirá siempre en el corazón de los españoles.

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