Director: Gonzalo Suárez
España/Bélgica/Portugal, 1996, 90 minutos
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| Mi nombre es sombra (1996) de Gonzalo Suárez |
En Mi nombre es sombra (1996), Gonzalo Suárez firma una de sus obras más enigmáticas, líricas y formalmente arriesgadas. Y es que, lejos de conformarse con una adaptación lineal de El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson, el cineasta ovetense desarticula el mito clásico de la dualidad humana para filtrarlo a través de su propia cosmogonía literaria, tomando como anclaje conceptual «La verdadera historia de H. y J.», incluido en su libro de relatos El asesino triste (Alfaguara, 1994). Los hermanos Almodóvar, por cierto, al frente de El Deseo, figuran como productores asociados.
Donde Stevenson planteaba un simple conflicto moral entre la virtud y la depravación, Suárez opera una metamorfosis un tanto sui géneris, de modo que el doctor Octavio Beiral (François-Eric Gendron) no busca separar el bien del mal en términos éticos absolutos, sino materializar el dolor obsesivo del fantasma de un amor imposible. Su inspiración no proviene únicamente de las probetas de un laboratorio, sino de la fisura de su propia alma. Porque la sombra (encarnada en la presencia inquietante de Jean-Claude Adelin) no es simplemente un monstruo que emerge de la oscuridad: es la personificación de la violencia soterrada y del deseo inexpresado hacia Florence (Amparo Larrañaga).
Suárez recuperaba aquí algunos clichés de su obra literaria. En ese sentido, la sombra no funciona como un reflejo o un doble especular rígido, sino como un ente emancipado de su creador, una masa informe que cobra vida propia para atormentar y, al mismo tiempo, completar al individuo. Visto así, el "Otro" deja de constituir una patología psiquiátrica para convertirse en una fatalidad lírica. Entre otras cosas porque la sombra ama, sufre y destruye con el mismo ímpetu abrumador con el que Beiral calla. No obstante, uno de los aciertos más hondamente poéticos de la película radica en la elección y el tratamiento del espacio geográfico. La costa de Asturias —focalizada sobre todo en el concejo de Llanes, la Península de Borizo, la Playa de Toró o el Palacio de Partarríu— abandona su condición de mero telón de fondo para erigirse en el personaje más rotundo de la cinta.
Fiel a su trayectoria en títulos como Remando al viento (1988) o Don Juan en los infiernos (1991), Suárez plantea una puesta en escena de atmósfera pictórica. Apoyado en la dirección de fotografía de Javier Salmones y la banda sonora de Carles Cases, el filme abusa deliberadamente del claroscuro, jugando con contraluces donde la silueta del hombre recortada contra la inmensidad del mar o contra los ventanales de la casona adquiere dimensiones casi mitológicas. Este entorno escarpado e indómito acentúa la pequeñez del hombre frente a sus propios abismos. Los encuentros y persecuciones entre el médico y su sombra sobre las rocas azotadas por el mar convierten la geografía de Llanes en una cartografía de la culpa. Circunstancia que provoca que la naturaleza no sea ni pacífica ni bucólica, sino violenta y misteriosa, espejo perfecto de una psique dividida que no encuentra descanso.


















































