jueves, 13 de junio de 2019

Zama (2017)




Directora: Lucrecia Martel
Argentina/Brasil/España/República Dominicana/Francia/Holanda/Méjico/Suiza/EE.UU./Portugal/Líbano, 2017, 115 minutos

INDIOS INSOMNES

Zama (2017) de Lucrecia Martel


Sin ser una película histórica en el sentido neto del término, Zama consigue transmitir, sin embargo, una extraña sensación de verosimilitud. Incluso a pesar de su insólita música incidental, cuya sonoridad recuerda, en determinados momentos, a la cítara del Anton Karas de El tercer hombre (1949). Con todo, ¿quién puede tener la certeza absoluta de cómo sonaba realmente el siglo XVIII o XIX? ¿Quién puede asegurarnos que los habitantes de una remota colonia conocían las partituras de los más insignes compositores europeos del momento? Visto así, "Amapola" es un tema tan válido para ambientar la trama como las sinfonías de Haydn y Mozart.

No era tarea nada fácil llevar a la pantalla la novela del argentino Antonio Di Benedetto (1922–1986), aunque, en manos de su compatriota Lucrecia Martel, la figura poliédrica de don Diego de Zama (Daniel Giménez Cacho) adquiere la trascendencia de un coronel Kurtz visto a través del prisma de lo real maravilloso. ¿O tal vez sea Vicuña Porto (Matheus Nachtergaele) el verdadero Kurtz de este largo viaje hacia la nada? La comparación es ociosa, por supuesto, pero viene a subrayar la evolución del protagonista: un hombre que es muchos hombres a la vez.



Martel se lamentaba esta tarde, en su paso por la Filmoteca de Catalunya, de que, frente a la omnipresencia anglosajona, cada vez sea más complicado hacer cine en español. La suya, aunque no lo parezca, es una película de bajo presupuesto, realizada en colaboración con multitud de productores (entre ellos Almodóvar o el actor estadounidense Danny Glover) de muy distintas nacionalidades. Lo cual acabó dando pie a innumerables anécdotas durante el rodaje: desde las tres esmirriadas gallinitas que aparecen aquí y allá (y que son siempre las mismas) hasta la escena de la llama, animal curioso por naturaleza y cuya "profesionalidad" resultó admirable en todas las tomas que fue necesario filmar.

Mientras leía viejas crónicas para documentarse, cuenta la directora que topó con cierto autor que, al describir el ambiente reinante en algún punto de la antigua colonia española, afirmaba ver, a todas horas, "indios insomnes" por doquier, incapaces de comprender lo que estaba sucediendo a su alrededor. Luego vendrían los Estados nacionales para acabar de empeorarlo todo. Zama retoma esa misma atmósfera de confusión, tal vez con la finalidad de cuestionar la estampa del macho machísimo sin fisuras que nos legó la historia, sustituyéndola, como el Aguirre (1972) de Herzog, por un individuo dispuesto a renunciar al mundo decadente de pleitesías y pelucas sudorosas, en el que ya no tiene cabida, para adentrarse, en pos de la gloria, en los confines del abismo.


lunes, 10 de junio de 2019

El creyente (2018)




Título original: La prière
Director: Cédric Kahn
Francia, 2018, 107 minutos

El creyente (2018) de Cédric Kahn


Al dar inicio la película, apenas sabemos nada a propósito del joven Thomas (Anthony Bajon) más allá de la adicción a la heroína o de su violento carácter disruptivo. De hecho, una cicatriz en el pómulo izquierdo delata alguna refriega reciente que, a buen seguro, habrá sido el detonante de su ingreso inmediato en un centro de menores. De quiénes son sus padres o si tiene hermanos no se aportan mayores datos, si bien es fácil intuir un pasado familiar tumultuoso.

Lo verdaderamente importante en La prière es la vida que va a comenzar de cero en ese lugar, desde los arrebatos de los primeros días, cuando sus compañeros a duras penas logran contener los raptos de cólera de Thomas, hasta la posterior evolución del adolescente que cree hallar el sosiego y la paz interior en una supuesta vocación sacerdotal de la que ni él mismo está completamente seguro.

Anthony Bajon recibiendo indicaciones de Cédric Kahn durante el rodaje


Los métodos empleados en esa casa de acogida son, tal vez, el elemento más controvertido del filme: separación de los internos por sexos, vigilancia estricta de su conducta, intensas jornadas de trabajo físico en el campo, prohibición absoluta de tabaco así como de cualquier mal hábito por el estilo y, sobre todo, inculcar una fe ciega en las bondades del rezo como método curativo para superar las adicciones.

Valiéndose de premisas similares a las observadas en su cine por los hermanos Dardenne, el director —y a veces actor: lo vimos, por ejemplo, a las órdenes del belga Joachim Lafosse, en L'économie du couple (2016)— Cédric Kahn ha querido poner el dedo en la llaga atreviéndose a cuestionar el sectarismo, disfrazado de caridad cristiana, que impera en residencias como la regentada por Marco (Alex Brendemühl): emplazamientos, aislados en la montaña, en los que, bajo la promesa de desintoxicación, más que desengancharse de las drogas, lo que se lleva a cabo es un auténtico lavado de cerebro de los allí alojados.


domingo, 9 de junio de 2019

Extinção (2018)




Título en español: Extinción
Directora: Salomé Lamas
Portugal, 2018, 85 minutos

Extinción (2018) de Salomé Lamas


La portuguesa Salomé Lamas (Lisboa, 1987) se adentra en uno de tantos conflictos regionales enquistados en el corazón de la vieja Europa: el de la República Moldava Pridnestroviana o, como se suele llamar popularmente a dicho territorio, Transnistria. Ubicado en su mayor parte entre el río Dniéster y la frontera oriental de Moldavia con Ucrania, es, de facto, un Estado independiente de alrededor de medio millón de habitantes, organizado en régimen de república presidencialista, con su propio Gobierno, Parlamento, ejército, policía, sistema postal e incluso moneda (el rublo transnistrio). Pero la falta de reconocimiento internacional mantiene congelado el estatus del país, condenándolo a un limbo similar al de otras zonas (Abjasia, Nagorno-Karabaj, Osetia del Sur...) de la antigua área de influencia soviética.

Como si de una pesadilla se tratara, Extinção sigue la odisea en blanco y negro de Kolya, un joven nacido en 1990 (año de la declaración de independencia) y que, pese a poseer nacionalidad moldava y rusa, se declara abiertamente ciudadano de Transnistria.



Comienza entonces un recorrido por diferentes puestos fronterizos que nos llevará, junto con el protagonista, hasta los puntos más recónditos de esa fantasmal tierra de nadie en la que la decadente simbología heredada de la URSS, hierática y monumental, es el testigo mudo de la debacle del socialismo estalinista.

En repetidas ocasiones, Lamas opta por dejar la pantalla en negro durante interminables minutos en los que únicamente se escucha la conversación entre Kolya y los guardias que lo interrogan. Otras veces, en cambio, se recurre al sarcasmo como método de denuncia: por ejemplo, la parábola según la cuál cada líder soviético conducía el país como una locomotora a la que se le acababan las vías. Y así, con un estilo que, en buena medida, parece deudor del del húngaro Béla Tarr, se llega a la culminante escena que pone fin al periplo: la efigie del protagonista, encaramada en lo alto de la frondosidad de un bosque sobre el que se cierne un vendaval, a la espera de que se consuma la fatídica extinción.


Angkar (2018)




Directora: Neary Adeline Hay
Francia/Camboya, 2018, 71 minutos

Angkar (2018) de Neary Adeline Hay


Por más que nos las hayan repetido una y mil veces, las cifras del genocidio camboyano siempre seguirán siendo pavorosamente espeluznantes. Aunque hayan pasado más de cuarenta años desde aquel fatídico experimento mediante el que se pretendía "redimir" al ser humano condenándolo a trabajar arduamente en el seno de una sociedad agraria.

La joven cineasta francesa Neary Adeline Hay, hija de un superviviente que logró escapar del régimen de terror instaurado por los Jemeres Rojos, plantea en su primer documental un viaje al "corazón de las tinieblas" similar a aquél que ya propusieran algunos filmes de ficción —Apocalypse Now (1979), The Killing Fields (1984)—, pero con la salvedad, nada desdeñable, de que todo lo que vamos a ver y oír durante algo más de una hora es rotundamente real.



Es en ese mismo sentido que Khonsaly, el padre de la directora, regresa al escenario de la masacre para reencontrarse con algunos de sus antiguos torturadores, hoy convertidos en venerables ancianos en los que nada haría sospechar un tan turbio pasado. Si no fuera porque, al fin y a la postre, son ellos mismos quienes no tienen reparos en admitir, sin ambages, cuál fue su cometido como miembros de "La Organización" o Angkar.

Y bien: ¿qué ha quedado después de tanto sufrimiento? Hacia el final del filme se muestra a un grupo de jóvenes que baila despreocupadamente en una discoteca como si los tres años y nueve meses que duró el horror en la otrora Kampuchea Democrática no hubiesen sucedido jamás. Hoy Camboya es un destino turístico en auge y es cuestión de tiempo que se acabe convirtiendo en una nueva Tailandia. Las víctimas, sin embargo, conservarán para siempre el desconsuelo dentro de sí mismos. Quizá por ello la cineasta opta por filmar a su padre de espaldas en no pocas ocasiones.


sábado, 8 de junio de 2019

Primeras soledades (2018)




Título original: Premières solitudes
Directora: Claire Simon
Francia, 2018, 100 minutos

Primeras soledades (2018) de Claire Simon


Con este filme "hablado", en el que los adolescentes de un instituto de enseñanza secundaria de Ivry-sur-Seine se sinceran frente a la cámara, la cineasta Claire Simon completa su trilogía dedicada al mundo de la educación. El título, un sintomático Premières solitudes, pone de manifiesto, ya de entrada, la incertidumbre a la que deberán hacer frente unos jóvenes para los que la vida, "con su ideal cortejo de ilusiones" (que cantaban Pata Negra), no ha hecho más que comenzar.

Unas suspirarán todo el día, preguntándose qué es lo que se siente de verdad cuando se está enamorado; otros, más emotivos, no podrán reprimir las lágrimas al verbalizar la incomunicación que experimentan con sus padres. Para algunos, en cambio, el problema es más identitario, debido al contraste entre la tradición de sus países de origen y la cultura mainstream en la que se hayan inmersos.



Sin embargo, todos tienen en común, aparte de cursar el último curso de bachillerato en el Lycée Romain Rolland, que están matriculados en la opción de Historia del Cine, aunque ello no necesariamente significa que sigan con atención las explicaciones de su profesora a propósito de Luces de la ciudad (1931) de Chaplin...

En cualquier caso, la complicidad que se acaba estableciendo entre ellos facilitará las confidencias (esa necesidad de abrirse a los demás tan terapéuticamente provechosa) en un momento clave de sus respectivas trayectorias vitales. De poco habría servido, pues, que profesores, padres y madres interviniesen en dicho proceso: como individuos que son, Anaïs, Catia, Clément, Elia, Lisa, Hugo, Judith, Manon, Mélodie y Tessa se enfrentan, por vez primera, a la disyuntiva de ser ellos mismos.


Ley de raza (1970)




Director: José Luis Gonzalvo
España, 1970, 84 minutos

Ley de raza (1970) de José Luis Gonzalvo


Todos los hombres tenemos en la vida una racha de locura. Lo mejor es pasarla de joven. Porque en la vejez suele ser catastrófico. Algunos se la aguantan sin pasarla. Y eso es peor. Porque la llevan siempre dentro, agriándoles el genio. La maldad de muchos hombres se debe a que no tuvieron escape para esa racha. Y les fue quemando la sangre... Y les tuerce la intención...

Extracto de la alocución del maestro (Luis Peña) a los chicos

Tan bella como singular, Ley de raza (o La ley de una raza, como en ocasiones se la conoce) es uno de esos tesoros ocultos que, de vez en cuando, nos depara el cine español. Rodada con sonido directo (algo insólito para la época) y la presencia de algunos actores no profesionales en su reparto, supuso el segundo y último largometraje de un director hoy olvidado: el zaragozano José Luis Gonzalvo Monterde (1934-1997).

De hecho, todo en esta película respira un aire genuinamente baturro, desde los exteriores, filmados en Daroca y las ruinas de Belchite, hasta el texto en la que se basa: Juan Pedro el dallador (1953), Medalla de Oro de París de novela y obra del también aragonés Ildefonso-Manuel Gil (1912-2003), poeta y miembro de la Generación del 36, que pasó buena parte de su vida en el exilio. Circunstancia, ésta última, que cabría relacionar con las palabras en off del protagonista con las que se abre la cinta: "Un día volveré a Daroca... Y tú me explicarás todo. Yo no entiendo nada. No sé lo que ha pasado... Y por qué me ha pasado a mí en esta tierra desolada. Tú me lo explicarás. Quiero que tú me expliques por qué. Por qué soy distinto. Por qué estoy fuera. Por qué me habéis echado..."



Y, sin embargo, y en aparente contraste con lo anterior, Ley de raza es, al mismo tiempo, un alegato en favor de los gitanos en el que dos artistas flamencos brillan con luz propia: Antonio El Bailarín (1921-1996) y La Chunga (Marsella, 1937), esposa, por aquel entonces, del propio Gonzalvo. Lo cual llevaría a suponer un más que probable sustrato autobiográfico en la génesis de la película, teniendo en cuenta el escándalo que supone, en la pequeña aldea donde transcurre la acción, el romance entre la gitana Carmela (interpretada por La Chunga) y el payo Juan Pedro (Fernando Marín).

Todo un atrevimiento, si se considera el estigma que arrastraba dicha etnia, y que el guion de Ley de raza volvía a mostrar, por enésima vez, en su vertiente más lorquiana: "Es muy duro luchar contra prejuicios tan arraigados. En cierto sentido, los gitanos son en España como los negros en Norteamérica: están bien en los escenarios y en las plazas de toros, [pero] en la vida no se les concede igual importancia entre los demás..." Aunque para audacia la banda sonora, compuesta a medias entre Benito Lauret y el director, y que lo mismo contiene destellos vanguardistas, a base de fagot y un misterioso y reiterativo jadeo, que temas para órgano de clara inspiración medieval.


viernes, 7 de junio de 2019

Le concours (2016)




Título en español: El examen de ingreso
Directora: Claire Simon
Francia, 2016, 121 minutos

Le concours (2016) de Claire Simon


Si no fuese porque uno tiene muy claro que ha venido a ver un documental en el marco de la Mostra Internacional de Films de Dones, hay determinados momentos de Le concours en los que se podría llegar a pensar que estamos frente a una película de terror. O, lo que sería más exacto: una fábula distópica en la más pura tradición kafkiana.

Y es que la estampa de todos esos jóvenes aspirantes que se agolpan en el salón de actos de La Fémis, ávidos de pasar el estricto examen de ingreso que les permita formar parte de una de las escuelas de cine más prestigiosas del mundo, parece salida de El Proceso tal y como lo imaginara Orson Welles en una adaptación incluso mejor que la novela.



La cineasta Claire Simon, que fue durante un tiempo profesora en dicho establecimiento, opta por plantar la cámara, sin comentarios ni subrayados que recalquen lo que las imágenes ya dicen por sí solas: brillante ejercicio de objetividad crítica que pone, sin embargo, de manifiesto una cierta aversión hacia un sistema de raigambre napoleónica mediante el cual las élites seleccionan a sus futuros herederos.

« Tous égaux, mais seuls les meilleurs... » El lema que puede leerse en el cartel del filme es lo suficientemente explícito como para formarse una idea aproximada del espíritu que alienta tras el entramado público de escuelas nacionales superiores de enseñanza. A fin de cuentas, si el tribunal que recibe a los candidatos, con el objetivo de deliberar quién puede acceder y quién debe quedarse fuera, lo integraran figuras incontestables de la altura de un Godard o un Tavernier, aún tendría sentido mantener semejante procedimiento (por más que recuerde a los discutibles formatos televisivos tipo Got Talent). Pero seamos sinceros: ¿quiénes son esos hombres y mujeres que entablan acaloradísimas discusiones a propósito del entusiasmo diletante de este muchacho o que se burlan abiertamente del proyecto de guion de aquella otra chica de provincias que habla con acento? ¡Ah, vanidad de vanidades! El cine, por suerte, es otra cosa bien distinta.


jueves, 6 de junio de 2019

Lo que dirán (2017)




Directora: Nila Núñez Urgell
España, 2017, 61 minutos

Lo que dirán (2017) de Nila Núñez Urgell


Dos adolescentes. Una religión. Y, sin embargo, ambas amigas, a pesar de las muchas cosas que las unen, tienen formas de ser radicalmente opuestas. Aisha, por ejemplo, es apacible, tradicional, moderada. Ahlam, en cambio, es la "outsider" del instituto, díscola y cada vez más distanciada de los preceptos que marca el islam. Con todo, y por más que sean inseparables, hay un detalle que las distingue a simple vista: el hiyab.

Casualmente, el nombre del pañuelo usado por las mujeres musulmanas para cubrirse la cabeza había sido utilizado, en 2005, como título de un cortometraje dirigido por Xavi Sala. Aunque, a diferencia de lo que allí era la anécdota central (una profesora intenta convencer a una de sus alumnas de que se quite la mencionada prenda para poder entrar a clase), en Lo que dirán el hecho de lucirla (o no) se vive con absoluta naturalidad.

Aisha: "Aburrida: es lo que define mi adolescencia..."


Para Aisha, miembro de una familia de origen paquistaní, el velo representa una de sus señales de identidad más características, si no la que más. Por contra, la marroquí Ahlam, un torbellino de puro carácter, se sentiría muy rara si tuviese que llevarlo, toda vez que para ella el hecho de que su padre abandonara el núcleo familiar supuso un verdadero alivio. Pero la disparidad de criterios no es óbice para que las dos amigas compartan confidencias y complicidades como cualquier chica de su misma edad.

Rodado en el IES Joan Coromines del barcelonés barrio de Sants, el documental de Nila Núñez, premiado en Gijón y en la mayoría de festivales por los que ha ido pasando desde su estreno en 2017 (Som cinema, L'Alternativa, Cinespaña...), muestra la convivencia en las aulas como una realidad absolutamente cotidiana y consolidada, fruto de la tolerancia. Que Aisha y Ahlam elijan, además, el hiyab como tema para su treball de recerca (el trabajo de investigación con el que los alumnos catalanes culminan los dos años de bachillerato) le aporta a la ya de por sí objetiva puesta en escena un componente crítico que es la más eficaz de las armas para desmontar prejuicios, estereotipos y demás clichés de nuestro tiempo.

Ahlam: "Mañana intentaré ser otra, pero no: sigo siendo la misma..."

miércoles, 5 de junio de 2019

Récréations (1998)




Título en español: Recreos
Directora: Claire Simon
Francia, 1998, 54 minutos

Recreos (1998) de Claire Simon


« Quand j'étais enfant, je dessinais comme Raphaël mais il m'a fallu toute une vie pour apprendre à dessiner comme un enfant... » La cita, generalmente atribuida a Picasso, se suele traer a colación cada vez que se pretende poner de manifiesto cuál es la esencia del arte moderno. Así pues, y vista desde la óptica de un pintor vanguardista, la infancia se nos aparece como la depositaria de algo verdaderamente profundo: una pureza que el adulto, prisionero de las normas que limitan su voluntad, no supo preservar.

Buena parte de esa idealización en torno al mundo de los niños es la que movió a la cineasta Claire Simon (Londres, 1955) a filmar sus juegos infantiles durante la hora del recreo en la misma escuela parisina a la que asistía su propia hija. El resultado, un documental producido en colaboración con La Sept (el que luego sería el canal ARTE), llevó por título Récréations, término que en francés posee el doble sentido de "volver a crear" durante un rato que, a su vez, ha de servir de esparcimiento.



Simon concibe el patio de un colegio como un microcosmos o improvisado espacio teatral en el que continuamente se viven dramas de enorme y fugaz intensidad. Así, por ejemplo, las vallas que allí se quedaron tras alguna jornada electoral lo mismo son vistas, en la mente de una criatura de seis años, como una cama que como improvisada prisión. O un simple banco, en la última secuencia, el peligroso y emocionante precipicio desde cuyo borde una niña asustada aprende a saltar con la ayuda de sus compañeros.

Todo lo cual no impide, sin embargo, que la maldad o la violencia, inherentes a la condición humana, queden fuera de campo: Simon las filma con la misma objetividad que el resto de acciones que allí tienen lugar. Aunque, y ello es bastante simbólico, los adultos aparecerán puntualmente para imponer un orden de doble filo: las señoras de la limpieza, ataviadas con sus escobas, se dedican a barrer el patio en el que, al día siguiente, volverá a representarse una nueva función de la comedia de la vida, pero (y eso es lo inquietante) eliminando todo rastro de la creatividad infantil. Porque, y de nuevo es Picasso quien nos da la clave, « dans chaque enfant il y a un artiste. Le problème est de savoir comment rester un artiste en grandissant. »


martes, 4 de junio de 2019

Sé natural: la historia no explicada de Alice Guy-Blaché (2018)




Título original: Be Natural: The Untold Story of Alice Guy-Blaché
Directora: Pamela B. Green
EE.UU., 2018, 103 minutos

Sé natural: la historia no explicada de Alice Guy-Blaché (2018)
de Pamela B. Green


"¿Cómo es posible que jamás haya oído hablar de ella?" Quienes tienen noticia por vez primera de la cineasta francesa Alice Guy (1873–1968) se suelen hacer de inmediato esta misma pregunta. Porque tratándose de una de las pioneras de la historia del cine, con una filmografía en su haber (según consta en IMDb) de cuatro cientos cuarenta y cinco títulos como directora, difícilmente se puede concebir que una figura de tal calibre haya caído en el olvido.

Concebido, como el aclamado Searching for Sugar Man (2012) de Malik Bendjelloul, con el firme propósito de rehabilitar la memoria del personaje motivo de interés, el documental adquiere la estructura de una investigación en toda regla, abrumadoramente frenética tanto en su desarrollo como en el enorme volumen de información que se condensa. Así pues, la voz en off de Jodie Foster, narradora y productora ejecutiva del proyecto, irá desglosando los pormenores de la azarosa trayectoria de una mujer cuya carrera arranca en el París de los Lumière para continuar, a partir de 1910, en la incipiente industria americana.



Tal y como señalan algunos de los numerosos testimonios que participan en Be Natural: The Untold Story of Alice Guy-Blaché, sería posible establecer un paralelismo entre la efervescencia creativa de aquellos primeros años y la actual proliferación de vídeos caseros a través de YouTube. Sin embargo, y así lo confirma el interés que suscitó su obra entre cineastas de la talle de Eisenstein o el propio Hitchcock, Alice Guy se avanzó a su tiempo al apostar por métodos que hoy se nos antojan de lo más moderno. Como aquel lema que mandó escribir en las paredes de los estudios Solax en Fort Lee (Nueva Jersey) y del que este documental toma su título: "Sé natural", en alusión a la actitud que Guy recomendaba adoptar a sus intérpretes en una época, la del cine mudo, tan dada a las poses grandilocuentes frente a la cámara.

Lo que vino después responde a los parámetros habituales en un mundo hecho a medida de los hombres: un matrimonio (con su socio Herbert Blaché) que hace aguas, una historiografía (representada por individuos de mente estrecha como Georges Sadoul) que tiende a soslayar la contribución de tantas directoras hasta el punto de atribuir algunos de sus filmes a otros cineastas... En fin: la práctica condena a la invisibilidad, pese al ingente legado que nos dejó y que ahora otra realizadora, Pamela B. Green, se ha propuesto rescatar.


lunes, 3 de junio de 2019

Clara y Claire (2019)




Título original: Celle que vous croyez
Director: Safy Nebbou
Francia/Bélgica, 2019, 101 minutos

Clara y Claire (2019) de Safy Nebbou

Y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son, 
aunque ninguno lo entiende...

Las denominadas redes sociales reciben tal apelativo porque teóricamente nos interconectan, aunque, como a la protagonista de Celle que vous croyez (2019), también pueden atraparnos. Sobre todo si, amparándose en el relativo anonimato que ofrecen, uno cae en la tentación de parapetarse tras un perfil falso.

En ese aspecto, la película de Safy Nebbou no gira tanto en torno al dilema moral de si mentir puede acarrear fatales e inesperadas consecuencias (que también), sino, de un modo especial, a propósito del problema de la identidad en las sociedades modernas.

¿Que las mujeres, principalmente a partir de una cierta edad, se vuelven invisibles? Ningún problema: internet nos brinda la posibilidad de crear un alter ego virtual, joven y apetecible, capaz de mantener vivo el encanto que, en el riguroso mundo sensible, los estragos del tiempo se empeñan en marchitar.



De ahí que Claire, la profesora universitaria encarnada por Juliette Binoche, le confiese a su terapeuta (Nicole Garcia) que, más que hacerse pasar por una joven de veinticuatro años, ella siente que tiene esa edad cada vez que contacta con Alex (François Civil) a través de Facebook.

Basado en la novela de Camille Laurens, el filme se vale de un argumento convencional y hasta cierto punto previsible para recordarnos el carácter etéreo de la realidad, el derecho a reinventarse a uno mismo y/o la posibilidad de utilizar las nuevas tecnologías para rebelarse contra los estereotipos que terminan por encasillarnos.


domingo, 2 de junio de 2019

El caballero Don Quijote (2002)




Director: Manuel Gutiérrez Aragón
España, 2002, 122 minutos


El caballero Don Quijote (2002) 
de Manuel Gutiérrez Aragón


—Señores —dijo don Quijote—, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño. Yo fui loco, y ya soy cuerdo: fui don Quijote de la Mancha, y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno. Pueda con vuestras mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la estimación que de mí se tenía, y prosiga adelante el señor escribano.

Miguel de Cervantes Saavedra
El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha (1615)
Capítulo LXXIV

Acaso porque el proyecto tenía que haber sido inicialmente dirigido por Mario Camus, lo cierto es que El caballero Don Quijote, a diferencia de su primera entrega televisiva, deja traslucir una cierta apatía en la puesta en escena. Y es que, ya fallecido Fernando Rey y habiendo cambiado a Alfredo Landa por el más histriónico Carlos Iglesias, en el momento de su estreno dio un poco la impresión de que esta segunda parte llegaba a destiempo.

Juan Luis Galiardo encarnó un hidalgo más bien taciturno, sin que sea posible discernir en qué medida ello es inherente al personaje o hasta qué punto fue el actor quien terminó inoculando su propio carácter al caballero andante. En cualquier caso, hay que decir en favor de Galiardo que al Quijote de 1615 le sienta bien ese toque desencantado, quizá como consecuencia de los muchos palos recibidos en "recompensa" por su afán altruista de desfacer entuertos y liberar princesas cautivas. Tal vez por ello, José Luis Alcaine consideró necesario darle a la dirección de fotografía (por la que acabaría obteniendo el Goya) esa pátina color miel que todo lo impregna, como de puesta de sol, en clara referencia al ocaso, real y metafórico, del protagonista.



De ahí que este Don Quijote, al que derrotarán en las playas de Barcelona y que recobrará la cordura justo antes de fallecer, ya no proyecte con tanta frecuencia sus delirios en el mundo que lo rodea, sino que son sus vecinos —el barbero (Víctor Clavijo), el cura (José Luis Torrijo) y, sobre todo, Sansón Carrasco (Santiago Ramos)— quienes transforman la realidad para él, así como los duques (Joaquín Hinojosa y Emma Suárez), responsables, a su vez, del notable embrollo de la ínsula de Sancho.

Tal y como acontece en el texto original de Cervantes, donde las muchas y variadas aventuras de 1605 contrastan con la pausada reflexión de diez años después, Gutiérrez Aragón (con el auxilio de Félix Murcia en la dirección artística) nos muestra a la singular pareja por caminos polvorientos, con la armadura abollada el uno y cada vez más contagiado el otro de la sinrazón de su amo.


sábado, 1 de junio de 2019

Evasión o victoria (1981)




Títulos originales: VictoryEscape to Victory
Director: John Huston
Reino Unido/EE.UU./Italia, 1981, 116 minutos

Evasión o victoria (1981) de John Huston


La casualidad ha querido que el mismo día que se jugaba la final de la Champions falleciera en un trágico accidente de circulación el futbolista José Antonio Reyes: cara y cruz de una misma moneda (la vida) en la que la gloria o la desgracia dependen, con suma frecuencia, de las arbitrariedades del azar.

También esta tarde, aunque ya a un nivel más local, daba inicio el Off-Side Fest/Cinema fora de joc. O, lo que viene a ser lo mismo, el Festival de cine documental de fútbol de Barcelona. La primera de sus sesiones, que se prolongarán hasta el próximo 9 de junio, ha sido el clásico Evasión o victoria: dirigida en 1981 por John Huston y que, además de contar entre su reparto con ases del balón de la categoría de Ardiles, Bobby Moore o el mismísimo Pelé, fue el remake de una vieja cinta húngara titulada Két félidö a pokolban (1961), algo así como "Dos medias partes en el infierno".

Fue, precisamente, en Hungría (por aquel entonces bajo régimen comunista) donde se rodó esta recreación del denominado "Partido de la muerte": un encuentro que habría tenido lugar en 1942 y en el que se enfrentaron oficiales nazis contra un combinado de jugadores ucranianos prisioneros de guerra. La leyenda dice que fueron estos últimos quienes se alzaron con la victoria (abultada, para más inri) y que por ello murieron ejecutados como represalia, aunque, al respecto, hay versiones para todos los gustos.



Son muchas, por cierto, las anécdotas que se cuentan a propósito del rodaje, siendo las protagonizadas por el inefable Sylvester Stallone las más sucosas. Y es que, según parece, el actor insistía en que fuese su personaje quien, pese a desempeñar las funciones de portero del equipo, anotase el decisivo gol en la escena final. Algo que, dada la presencia de Pelé, parecía del todo inviable. De modo que no hubo más remedio que añadir la secuencia del penalti para, así, colmar sus ansias de protagonismo.

Escape to Victory (habitualmente conocida, en Estados Unidos, como Victory) no deja de ser una superproducción de encargo, con sus trucos efectistas y actuaciones estelares, lo cual no impide que, a fuerza de una eficaz estructura narrativa calculada al milímetro, posea el encanto de determinados títulos del cine comercial, siempre vigentes, capaces, en todo momento, de enganchar a cualquier tipo de espectador por más que se hayan pasado en infinidad de ocasiones por televisión.


viernes, 31 de mayo de 2019

Sábado noche, domingo mañana (1960)

















Título original: Saturday Night and Sunday Morning
Director: Karel Reisz
Reino Unido, 1960, 89 minutos

Sábado noche, domingo mañana (1960)

Uno de los títulos clave en la Nueva Ola del cine británico, y hoy afamado filme de culto, Saturday Night and Sunday Morning supuso, también, el debut de Karel Reisz en la dirección de largometrajes. Amén de la puesta de largo de un actor que estaba llamado a ser uno de los más notables de su generación: el recientemente desaparecido Albert Finney (1936–2019).

El éxito y posterior fama de una película de tales características cabe buscarlo en el retrato descarnadamente realista de la clase trabajadora, así como de los ambientes por ésta frecuentados. Una sordidez que no sólo se hace patente en el lenguaje soez de sus protagonistas, sino que transmiten, asimismo, las imágenes con esas barriadas grises, garitos infectos y factorías estruendosas en las que transcurre la acción.



El guionista Alan Sillitoe, autor, además, de la novela en la que se basa el texto, había vivido en lugares parecidos. Incluso fue operario en la misma fábrica en la que vemos a Arthur (Finney) manejar el torno. Quién sabe si mantuvo, como el rebelde personaje central, una aventura con una mujer casada (Rachel Roberts), pero lo cierto es que la censura obligó a suavizar algunas de dichas escenas dado el atrevimiento que suponía, para la puritana sociedad inglesa de aquel entonces, mostrar abiertamente una relación de naturaleza adúltera.

Trabajar a destajo de lunes a viernes; desfogarse el fin de semana: ¿de qué le ha servido a Arthur su aparente rebeldía si, tal y como sugiere la secuencia final, la historia volverá a repetirse junto a Doreen (Shirley Anne Field) por más que ambos planeen compartir una ilusionante vida en común? De lo que se deduce que no hay felicidad posible cuando es el propio contexto social el que empuja al individuo a repetir una serie de patrones, a cuál más alienante.


Dilili en París (2018)




Título original: Dilili à Paris
Director: Michel Ocelot
Francia/Alemania/Bélgica, 2018, 95 minutos

Dilili en París (2018) de Michel Ocelot


Después de haber recorrido medio mundo en sus anteriores filmes de animación, ya sea mediante la saga africana de Kirikou o merced a las ensoñaciones arábigas de Azur et Asmar (2006), el francés Michel Ocelot aterriza por fin en la capital de su propio país con el propósito de revisitar el esplendoroso legado artístico de la Belle époque.

Al estilo de grandes clásicos de la literatura universal como la Divina comedia de Dante, el Ulysses de  Joyce o Luces de bohemia de Valle-Inclán, Dilili à Paris adquiere la estructura de un itinerario a lo largo del cual la pareja protagonista irá encontrándose con lo más granado de las artes y las letras en su periplo por la eterna ciudad de las luces.



Lo cual, tratándose de un filme que verán, sobre todo, niños, no deja de suponer una labor encomiable por parte de un director que, además de entretener, se marca el objetivo de que el público infantil tenga un primer contacto con los nombres ilustres de la pintura (Picasso, Toulouse-Lautrec, Renoir, Degas, Monet...), la música (Debussy, Satie...), la literatura (Proust, Colette, Gide...), la ciencia (Marie Curie, Pasteur...), la escultura (Rodin, Camille Claudel...) y demás campos del saber.

Inacabable desfile de personalidades, a cuál más relevante, y al que se suma una trama de clara vocación feminista, donde la siniestra secta de los Mâle-maîtres se dedica a secuestrar niñas para obligarlas a vivir a cuatro patas en algún lugar recóndito y subterráneo del alcantarillado urbano. E incluso multicultural, toda vez que la pequeña Dilili, de etnia canaca, participa en uno de aquellos horrendos zoológicos humanos que, con motivo de la Exposición Colonial (1907), la en apariencia sofisticada sociedad parisina alumbró y aun visitó asiduamente en enclaves como el Jardín Tropical.


miércoles, 29 de mayo de 2019

Una historia de amor (1967)




Director: Jorge Grau
España, 1967, 108 minutos

Una historia de amor (1967) de Jorge Grau

Bientôt nous plongerons dans les froides ténèbres ; 
Adieu, vive clarté de nos étés trop courts !

Charles Baudelaire
« Chant d'automne »
Les Fleurs du mal

Comentaba Esteve Riambau medio en sorna, al presentar la sesión que tenía lugar esta tarde en la sala Laya de la Filmoteca de Catalunya, que Jordi Grau bautizó sus memorias con el muy significativo título de Confidencias de un director de cine descatalogado. Detalle que evidencia la imagen que de sí mismo tenía un realizador tan versátil como, en ocasiones, incomprendido. Amigo y colaborador de Fellini, Grau (1930–2018) inició su andadura en el romano Centro Sperimentale di Cinematografia. Motivo más que suficiente para que durante la primera etapa de su carrera, en la que precisamente se inscribe Una historia de amor (1967), abunden los elementos de tipo neorrealista.

La trama, transcurrido más de medio siglo tras el rodaje de la película en la Barcelona de mediados de los sesenta, puede parecer hoy día folletinesca en exceso. Sin embargo, ese triángulo entre Daniel (Simón Andreu) y las hermanas María (Teresa Gimpera) y Sara (Serena Vergano), lejos de obedecer a ningún tipo de morbosidad truculenta, se inspira en una vivencia personal del propio cineasta, con lo cual la historia adquiere tintes autobiográficos que la hacen más conmovedora aún, si cabe.



Y ¿qué decir del valor documental de un filme que nos devuelve la instantánea de una extinta Ciudad Condal en blanco y negro? Comprobar que por Portal de l'Àngel, hoy concurrida zona peatonal (y comercial), circularon una vez los automóviles. O que el bullicio de Plaza Catalunya y de los grandes almacenes adyacentes (léase El Corte Inglés) ya era, más o menos, como en la actualidad. En cuanto a Núria Feliu, que aparece fugazmente interpretando un tema en catalán, o las diversas alusiones a los Beatles (hasta tres), indican cuál era entonces el summum de la modernidad en un país que se afanaba por salir del túnel del subdesarrollo.

Daniel, que trabaja como redactor en Tele/eXprés (mítica cabecera barcelonesa surgida a raíz del tímido aperturismo que supuso la Ley Fraga), aspira a convertirse en escritor de prestigio, aunque, de momento, no pase de proyectar una novela de ciencia ficción (La muerte sorbo a sorbo), mientras que sus poemas acaban fatalmente en el interior de una estufa de carbón, la misma que su esposa, embarazada y muerta de frío, sólo enciende cuando él llega a casa: triste metáfora del futuro que les aguarda, pero también (y sobre todo) del amor imposible entre ambos cuñados.


martes, 28 de mayo de 2019

Innisfree (1990)




Director: José Luis Guerín
España/Francia/Irlanda, 1990, 110 minutos

Innisfree (1990) de José Luis Guerín


I will arise and go now, and go to Innisfree,
And a small cabin build there, of clay and wattles made;
Nine bean rows will I have there, a hive for the honey bee,
 And live alone in the bee-loud glade.

William Butler Yeats (1865-1939)
The Lake Isle of Innisfree

Como el Macondo de García Márquez en el ámbito de la narrativa hispanoamericana (y aun universal), Innisfree forma ya parte de la geografía mítica de todo cinéfilo que se precie. Un marco idílico, ubicado en la Irlanda profunda, y que, sin embargo, jamás existió. Porque esa aldea bucólica de verdes campiñas y ambiente pastoril en la que transcurre The Quiet Man (1952) fue apenas la plasmación en imágenes del ideal que John Ford había ido forjando en su mente de la tierra de sus ancestros.

Otro cineasta de grandes proporciones, en este caso el español José Luis Guerín (Barcelona, 1960), se propuso, a finales de los ochenta, rendir un sentido homenaje tanto al director como a la película, motivo por el que se desplazó hasta Cong, en la confluencia de los condados de Galway y Mayo, para rodar su documental Innisfree.



Y lo que allí encuentra, transcurridos treinta y siete años desde que John Wayne y Maureen O'Hara correteasen por esos mismos prados y riachuelos, son las ruinas de la casa solariega de los O'Feeney (apellido real de Ford), un país asolado por la recesión económica y la diáspora de su juventud (obligada a emigrar a Norteamérica, ante la imposibilidad de ganarse la vida en Éire) y, para colmo, los lugares emblemáticos del filme transformados en vulgar atracción turística.

No obstante, nada de ello es óbice para que los parroquianos de Cong, muchos de ellos antiguos extras que participaron en el rodaje de la película, se sigan congregando en el bar de Pat Cohan para calmar su sed a base de pintas de Guinness. Cálido espacio de reunión en el que, al son de viejas tonadas, afloran los recuerdos de un tiempo pasado que se fue para no volver.