Director: Mariano Ozores
España, 1975, 95 minutos
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| Los pecados de una chica casi decente (1975) |
Comedia con muerto de las que consisten en ir cambiando de sitio el cadáver, en este caso un infortunado carabinero que fallece en el acto (no de servicio, sino amoroso). Circunstancia ya de por sí funesta, pero agravada por el hecho de que el hermano de la fogosa María (Lina Morgan) es un cura de pueblo de armas tomar. Tanto que, cuando se entera de los desmanes cometidos por la pareja a sus espaldas, la emprende con el mobiliario para descargar su rabia. Pero por más cólera que sienta Gino (Alfredo Landa), su condición de párroco le obliga a hacerse cargo de la situación ante la inminente visita del obispo (Joaquín Roa).
Esta típica producción tardofranquista, de innegable regusto teatral (no en vano se trata de una adaptación de Balada de los tres inocentes, de Pedro Mario Herrero), debía estar ambientada en un pueblecito extremeño, que es donde el autor del sainete sitúa la acción. Sin embargo, la censura franquista no podía tolerar que semejantes excesos sucediesen en suelo patrio, sobre todo habiendo de por medio ministros de la Iglesia, por lo que finalmente se prefirió italianizar la trama para no suscitar escándalos en la autodenominada (según la jerga oficial del Régimen) "reserva espiritual de Occidente".
Por si la nota fúnebre no fuese suficiente, también la madre (Queta Claver) regresa al pueblo muy cambiada después de haber visitado en la capital a un psiquiatra que le aconseja dejar de llevarle luto a su difunto esposo y, más aún, liberarse del ascendiente que el hijo mayor ejerce sobre ella. Ni que decir tiene que Gino y María se quedan de piedra cuando la ven llegar vestida de colores estridentes, fumando y con una peluca rubia. Aunque el colmo de su asombro se lo llevan cuando la buena mujer les anuncia que mantiene una relación con el también carabinero Vittorio (Antonio Ferrandis) y que, fruto de la misma, se encuentra en estado de buena esperanza.
Al margen de que la cosa acabe en boda, después de alguna que otra sorpresa que no desvelaremos, lo cierto es que el planteamiento general de la cinta de Mariano Ozores (estrenada el 1 de septiembre del 75) deja entrever un algo de aquellos célebres versos de Machado que hablaban de "una España que muere y otra España que bosteza". Y es que, efectivamente, parece como si, entre risas y veras, un nuevo país (más moderno, más desinhibido) asomase tímidamente la cabeza, abriéndose paso frente a la represión impuesta durante decenios por el Nacionalcatolicismo (a este respecto, que la acción transcurra teóricamente en Italia no deja de ser un simple subterfugio). No de otra forma cabe entender la fogosidad de María o el integrismo fanático de su hermano, rayano en la caricatura.



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