jueves, 8 de abril de 2021

La ilusión viaja en tranvía (1954)




Director: Luis Buñuel
Méjico, 1954, 82 minutos

La ilusión viaja en tranvía (1954) de Luis Buñuel


Por razones más arbitrarias que objetivas se le ha colgado a La ilusión viaja en tranvía (1954) el sambenito de "película menor", tal vez porque Buñuel se la ventila en sus memorias con una simple alusión sin entrar en más detalles. Sin embargo, tiene mucho de subversivo eso de robar el vehículo de transporte público con el que uno se ha ganado la vida durante tantos años y dedicarse a recorrer la ciudad con él, dándole de nuevo servicio en vez de permitir que lo desguacen. En ese sentido, el apego que la pareja protagonista siente hacia el convoy 133 sería hasta cierto punto equiparable a la experimentada por el personaje de Fernando Fernán-Gómez hacia su vieja montura en un filme de parecido aire crepuscular: El último caballo (1950) de Neville.

Aunque el parecido es aún mayor con una cinta británica rodada, más o menos, por aquellas mismas fechas. Se trata de Los apuros de un pequeño tren (The Titfield Thunderbolt, 1953), dirigida por Charles Crichton, y en la que los vecinos de una aldea inglesa a punto de perder su obsoleta línea de ferrocarril deciden rescatar la vieja locomotora, haciéndola funcionar ellos mismos, en competencia con la empresa de autobuses local.



Y así, a medio camino entre la comedia de costumbres y la crítica social, asistimos a la odisea encabezada por "Caireles" (Carlos Navarro) y "Torrajas" (Fernando Soto 'Mantequilla'), dos seres con un cierto toque picaresco en los que parece adivinarse, además, el eco lejano de Max Estrella y don Latino de Híspalis. El suyo será, en compañía de la dulce Lupita (Lilia Prado), un periplo esperpéntico, bastante revelador de las miserias de una urbe cuyos tipos más característicos irán subiendo y bajando del carro por ellos conducido. Allí se darán cita los gachupines presuntuosos que desprecian a los obreros, los escolares de un internado que viajan en compañía de su adusta institutriz y hasta una gringa anticomunista que prefiere pagar el billete en lugar de viajar gratis.

También subirá a bordo el puntilloso Papá Pinillos (Agustín Isunza), antiguo trabajador de la empresa municipal de tranvías que, incapaz de asumir su condición de jubilado, se obsesiona con denunciar ante la directiva la existencia de un convoy robado que circula sin permiso. Lo cual da pie a una curiosa crítica contra la ineptitud arrogante de los jerarcas, incapaces de aceptar los errores de una pésima gestión, frente a la libertad de quienes, como "Caireles" y "Torrajas", se atreven a seguir su propio camino.



4 comentarios:

  1. Puede que sea menor, pero reconocemos en ella al genio de Calanda con sus temas recurrentes, su crítica a la religión y los problemas sociales que le interesaron.

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    1. Tienes razón en cuanto a lo social, si bien yo no he sabido apreciar elementos anticlericales en esta cinta.

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  2. Hola Juan!
    La tengo muy fresca. Coincido con lo que has escrito. Es realmente como montar en una maquina del tiempo, me encanta ese mundo...
    Saludos!

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    1. Desde luego: porque, en ese recorrido por los barrios del DF, nos muestra un México que ya no existe.

      Saludos.

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