domingo, 23 de diciembre de 2018

El amo de la casa (1925)

















Título original: Du skal ære din hustru
Director: Carl Theodor Dreyer
Dinamarca, 1925, 107 minutos

El amo de la casa (1925) de Dreyer

Hace falta ser un genio de las proporciones de Dreyer para iniciar una película con semejante advertencia: "Ésta es la historia de un marido consentido, una clase extinta en nuestro país, pero que aún existe en el extranjero..." Ironía rayana en el más ácido sarcasmo si se tiene en cuenta la universalidad (entonces como, desgraciadamente, ahora) de las actitudes machistas que pretende criticar El amo de la casa.

Estamos, pues, ante una obra con mensaje a la antigua usanza. Algo así como la puesta al día de aquel teatro neoclásico dieciochesco que, como quien no quiere la cosa, doraba la píldora para que el espectador se fuese de la sala habiendo aprendido la lección que, más tarde, habría de reproducir en su vida cotidiana.

Viktor (Johannes Meyer), el escarmentado "amo de la casa"

Tenía que ser la civilizada Dinamarca, tierra de avances y medidas pioneras en el ámbito social, el país cuya boyante cinematografía alumbrase, en aquel remoto 1925, un filme en el que se obliga al protagonista masculino, tirano recalcitrante hasta que las mujeres del hogar se alían contra él, a admitir: "¡Qué estúpidos somos los hombres! Sólo por traer el sueldo a casa, pensamos que ya está todo hecho, mientras nuestras esposas hacen tres veces nuestro trabajo y no reciben un sueldo, sino reproches y malas caras".

En realidad, es la artera Mads (Mathilde Nielsen) la responsable de urdir una estrategia en la que no resulta difícil percibir el eco de aquella Lisístrata ateniense, concebida por el comediógrafo Aristófanes en el siglo V a. C., que, desde el proscenio, arengaba a las demás mujeres para que se declarasen en huelga sexual. Y aunque la táctica de la anciana no llegue al radicalismo de la heroína griega, lo cierto es que, ocultándole durante un tiempo el paradero de la sumisa Ida (Astrid Holm), Viktor dejará de ser un zángano insufrible, con lo que la esposa regresa finalmente al redil donde el mismo "sabio y viejo reloj" de péndulo en forma de corazón que aparecía en el plano final de Páginas del libro de Satán (1920) parece que quiera cantar con su reanudado tictac la buena nueva: "¡Ida ha vuelto! ¡Todo va bien!"


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