jueves, 6 de diciembre de 2018

Apuntes para una película de atracos (2018)




Director: León Siminiani
España, 2018, 90 minutos



Los Appunti per un'Orestiade africana (1970) de Pasolini estaban llamados a ser una insólita tragedia moderna que, sin embargo, nunca llegó a concretarse. Pues bien: es según dicho modelo de películas bosquejadas que el director Elías León Siminiani (San Sebastián, 1971) ensaya el filme de asaltantes de bancos que siempre soñó hacer. Proyecto ambicioso donde los haya, toda vez que las pelis de atracos constituyen un género en sí mismo que hunde sus raíces en los propios orígenes del cinematógrafo y de la narrativa que le es inherente, como lo atestigua la fundacional The Great Train Robbery (1903) del pionero americano Edwin S. Porter.

Precisamente, dos cineastas de esa misma nacionalidad, pero que acabarían afincándose en Europa (Dassin y Kubrick), fueron los responsables, mediada la década de los cincuenta, de fijar el modelo canónico y definitivo con sus respectivas Rififi (1955) y The Killing (1956), si bien Siminiani, por aquello de que hay que hacer patria, se decanta más por el modelo policíaco español que, en aquellos mismos años, se estaba adelantando en algunos de sus planteamientos (rodar en la calle, cámara oculta...) a la mismísima Nouvelle vagueApuntes para una película de atracos se abre, de hecho, con un fragmento de la secuencia inicial de A tiro limpio (1964) de Pérez-Dolz. Y así, sucesivamente, le irán siguiendo escenas de otros títulos que vale igualmente la pena reivindicar (y desempolvar) como Los peces rojos (1955) o El ojo de cristal (1956). De todas ellas hemos hablado ya en este blog y a sus correspondientes entradas nos remitimos para mayor información.



Con todo, el documental que nos ocupa sobrepasa de largo el homenaje cinéfilo (con sus espléndidos títulos de crédito que remedan el glamuroso blanco y negro de aquel entonces) para adentrarse en la no menos atractiva personalidad de Carlos Iglesias, alias El Flako, hijo de atracador y, como él, maestro consumado en la técnica del butrón. Ataviado en todo momento con una máscara que oculta sus facciones —y que recuerda, por cierto, a la que usaba la protagonista de Los ojos sin rostro (Les yeux sans visage, 1960) de Georges Franju—, el Robin Hood de Vallecas demuestra, pese a su juventud, un conocimiento exhaustivo del subsuelo madrileño, cuya red de alcantarillado permite acceder a los sótanos de no pocas sucursales bancarias del casco antiguo.

Elías y El Flako no comparten, a priori, demasiadas cosas: pertenecen a clases sociales distintas y la trayectoria vital de ambos es radicalmente opuesta. Sin embargo, la aventura en la que deciden enfrascarse les acaba llevando a un terreno común: una geografía humana donde la paternidad o las relaciones de pareja actúan a menudo como las únicas coordenadas fiables a la hora de lograr el verdadero y único botín por el que realmente merece arriesgarse en este mundo: la felicidad.


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