domingo, 11 de diciembre de 2016

El compromiso (1969)




Título original: The Arrangement
Director: Elia Kazan
EE.UU., 1969, 125 minutos

El compromiso (1969) de Elia Kazan


The Arrengement: antepenúltima película dirigida por Elia Kazan, la típica de su filmografía que casi nadie ha visto, quizá por lo injustamente acogida que fue en su momento. De hecho, tenía que haberla protagonizado Marlon Brando, quien declinó la oferta, y Charlton Heston rechazó también un papel que finalmente iría a parar a manos del, desde hace unos días, centenario Kirk Douglas. No era, todo hay que decirlo, una interpretación cómoda, dada la enorme carga autobiográfica que lleva implícita la propia novela de Kazan en la que se basa el filme. Pero revisitado casi cincuenta años después, lo cierto es que Douglas superó con nota el reto. 

Si hay una palabra que defina a la perfección El compromiso ésa es intensidad, tal es la vehemencia que ponen los actores (Deborah Kerr, Faye Dunaway, Richard Boone, Hume Cronyn...) a la hora de acometer una historia ya de por sí trepidante. Los primeros diez minutos son de un dinamismo asombroso: el que preside la vida del reputado publicista Eddie Anderson (Douglas). Desde que se levanta hasta que llega al trabajo no hay un solo segundo que no esté milimétricamente cronometrado en aras de obtener la mayor productividad. Pero eso mismo será lo que produzca un cortocircuito en el interior de su cabeza.



Tras el accidente de coche por él provocado, Anderson hará balance de lo que ha sido hasta entonces su vida para acabar llegando a la conclusión, después de afeitarse el bigote y cambiar de peinado, de que no le gusta en quién se ha convertido. Y es que, en realidad, ni siquiera Eddie es su verdadero nombre... Auténtico ejemplar de hombre hecho a sí mismo, durante el resto del metraje nos irán llegando flashes de cómo Evangelos, el hijo de un inmigrante griego, logró abrirse camino en una sociedad tremendamente competitiva, no sin antes eludir el opresivo ambiente familiar en el que se crió. En ese sentido, Kazan recurrirá al manido recurso de hacer asistir al adulto a algunas escenas que rememora de su pasado. Algo que todos los directores americanos que se reivindican como autores han aprendido de Bergman y sus Fresas salvajes (1957).

Toda la película logra transmitir una cierta aura paranoica, muy acertada si se tiene en cuenta que lo que estamos presenciando hay momentos en los que no queda muy claro si sucede en la realidad o en la mente del convaleciente Eddie. Aunque, por otra parte, también las relaciones entre los personajes son apasionadamente efusivas: entre el publicista y su esposa (Kerr) o con su amante (Dunaway) o con el padre (Boone, curiosamente un año más joven que Douglas en la vida real, aunque eso ya le había sucedido al bueno de Kirk con Ernerst Borgnine en The Vikings). Casi casi se diría que nos hallamos frente a un melodrama de Tennessee Williams, con el que Kazan estaba tan familiarizado. En realidad, la inspiración es otra: El compromiso vendría a ser la segunda parte de América, América, de la que se incluye una breve secuencia de apenas unos segundos. Es esta nueva entrega de la saga la que explica cómo les fue a los hijos de quienes llegaron a la tierra de las oportunidades a principios de siglo y a qué tuvieron que renunciar con tal de conseguir lo que se proponían, pese a que, al fin y a la postre, se acaben avergonzando de ello.


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