Director: Rodrigo Sorogoyen
España, 2016, 127 minutos
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| Que Dios nos perdone (2016) de R. Sorogoyen |
Incursión de Sorogoyen en el thriller policíaco al más puro estilo castizo, un poco en consonancia con otras producciones nacionales de aquel entonces como, por ejemplo, las dirigidas por Alberto Rodríguez. En ese aspecto, podría decirse que el cineasta se apuntaba al carro de las investigaciones arduas, repletas de detalles sórdidos, en torno a un huidizo asesino de ancianas. Roberto Álamo y Antonio de la Torre encarnan a una pareja de agentes absolutamente antitética. Por una parte, el carácter irascible de Alfaro le granjea la enemistad de muchos de sus compañeros y hasta de unos superiores que no ven con buenos ojos sus métodos expeditivos. Velarde, en cambio, destaca por su carácter retraído, agravado por una tartamudez considerable que lo aísla aún más de la gente. Sin embargo, su forma de trabajar resulta tan metódica que no hay minucia que se le pase por alto.
Una de las premisas de las que parte el guion de Sorogoyen e Isabel Peña incide en la débil línea que separa al psicópata de sus perseguidores, dando a entender que, en el fondo, unos y otros podrían fácilmente intercambiar sus papeles. A fin de cuentas, la tensa relación que mantuvieron durante la infancia con sus respectivas madres condiciona de modo semejante la relación que mantienen, ya de adultos, con los demás. Circunstancia que, en el caso de Velarde, se hace evidente en su dificultad para entablar contacto con las mujeres, por ejemplo la chica de la limpieza que trabaja en su portería. Aunque la cólera de Alfaro tampoco anda muy lejos de los rasgos propios de un desequilibrado.
Que Dios nos perdone (2016) supuso uno de los ejercicios de cine negro más despiadados e impecables del panorama español contemporáneo. Rodrigo Sorogoyen no sólo firma un drama criminal de pulso asfixiante y factura impecable, sino una radiografía social amarga que indaga en la decrepitud moral y la violencia soterrada de una sociedad descompuesta. Ambientada en la atmósfera claustrofóbica del verano madrileño de 2011 y gracias, sobre todo, al demoledor trabajo interpretativo de su pareja protagonista, la cinta trasciende la mera investigación policial para reflexionar sobre la ya mencionada, y a menudo porosa, frontera que separa a los protectores del orden de los monstruos que persiguen.
En última instancia, el filme deja un poso amargo y profundamente desconcertante que perdura mucho más allá de su visionado. Y es que, lejos de ofrecer resoluciones catárticas o consuelos morales, Sorogoyen confronta al espectador con la certeza de que dicha monstruosidad no es una anomalía externa, sino una patología latente en la propia condición humana y en las estructuras que nos rigen. Es ese retrato sin concesiones, sumado a una dirección de actores magistral y una tensión dramática que nunca decae, lo que eleva la película al rango de obra imprescindible dentro de su género.


















































