Título original: The Death of Robin Hood
Director: Michael Sarnoski
EE.UU., 2026, 122 minutos
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| La muerte de Robin Hood (2026) de Michael Sarnoski |
Enésima recreación cinematográfica de un personaje cuya presencia fílmica, lejos de agotarse, se ha mantenido presente a lo largo del tiempo, abarcando todas las épocas de la historia del cine. Sin embargo, The Death of Robin Hood (2026) ofrece una nueva dimensión del arquero de Sherwood, presentándolo como un villano moribundo que tal vez se benefició del éxito de una leyenda esencialmente falsa. En ese sentido, la película de Michael Sarnoski nos habla de la muerte de los ideales en un momento histórico en el que, faltos de héroes en quienes confiar, parece que lo que cunde es el desánimo.
En ese mismo orden de cosas, Hugh Jackman se mete en la piel de un individuo hosco, ya entrado en años, tan oscuro como la fotografía tenebrosa de Pat Scola, con el objetivo de desmitificar la figura de quien realmente no fue sino un hombre controvertido, con no pocos crímenes a sus espaldas. A tal efecto, el guion del propio Sarnoski toma como punto de partida una balada original del siglo XVII para llevar a cabo una de las visiones más ásperas y poéticas jamás filmadas sobre Robin Hood. El resultado es un drama existencial que constituye, al mismo tiempo, la deconstrucción descarnada sobre cómo la historia deforma la verdad para crear leyendas con las que podamos sobrevivir.
La acción se sitúa en la Inglaterra de 1247, cuando el protagonista ya no es un joven ágil, sino un anciano demacrado, con barba y melena gris descuidada, que vive en un exilio autoimpuesto en las montañas, carcomido por el remordimiento. Asimismo, la violencia de las reyertas en que se ve involucrado resulta rápida, visceral, y está desprovista de cualquier tipo de romanticismo. El caso es que, tras ser gravemente herido y reencontrarse brevemente con un Little John (Bill Skarsgård) cansado y transformado por los años, Robin busca refugio en un convento. Y allí es donde entra en escena la hermana Brigid (Jodie Comer), en una dinámica interpretativa que se acaba convirtiendo en el auténtico corazón de la historia.
Visualmente, la película destaca por su ya mencionada apariencia sombría. Fotografiada en gloriosos 35mm, la cinta renuncia a los habituales focos de los blockbusters y abraza la luz natural. Así el espectador se siente transportado a una Cumbria medieval, filmada en los impresionantes parajes de Irlanda del Norte, donde el barro, la nieve y la penumbra dominan la pantalla. No se trata, pues, de una cinta de aventuras veraniega, sino más bien de un drama psicológico otoñal de la factoría A24. De ahí que Sarnoski prefiera el vacío existencial a un espectáculo de flechas y capas verdes que hoy se vería ya por completo desfasado.



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