jueves, 14 de julio de 2016

La presidenta (1952)




Título original: La presidentessa
Director: Pietro Germi
Italia, 1952, 88 minutos

La presidenta (1952) de Pietro Germi


Resulta bien curioso el caso de La presidentessa (1952): historia ambientada en Francia, en la que intervienen personajes franceses, con nombres muy franceses... y, sin embargo, la película es profundamente italiana. Probablemente porque el dinamismo de los diálogos, tan propio, por otra parte, del género vodevilesco, con sus réplicas ingeniosas y esos señores tan serios con monóculo que pierden, sin embargo, el norte en cuanto divisan a una señorita de buen ver, se aviene a la perfección con la imagen tópica del carácter itálico.

En todo caso, detrás de esta comedia desternillante, adaptación de un vodevil de Maurice Hennequin y Pierre Veber, se hallaba Pietro Germi, uno de los directores míticos de la historia del cine italiano, lo cual era también garantía de éxito. No fue Germi, no obstante, el primero que llevó al cine los devaneos de la avispada Gobette, sino que hubo versiones previas ya desde la época muda. En 1916, hace ahora justo cien años, Frank Lloyd había dirigido una versión en Hollywood titulada Madame la Présidente. A la que seguirían, tiempo después, La présidente (1938) del francés Fernand Rivers y de nuevo otra versión italiana en 1977, a cargo, en esta ocasión, de Luciano Salce.



En definitiva, la finalidad de una obra como ésta no es otra sino poner al descubierto la doble moral de unas autoridades públicamente mojigatas, pero libertinas en privado. En ese sentido, tanto el ministro Gaudet (Carlo Dapporto) como el resto de personalidades irán paulatinamente dejando a un lado su gravedad para sucumbir a los encantos de la tentadora vedete (Silvana Pampanini). 

Pero el vodevil tiene también por objeto criticar el clientelismo de un sistema absolutamente pervertido por quienes, desde el poder, favorecen el ascenso de unos u otros en función de sus intereses. Que se lo pregunten si no al pobre funcionario que una y otra vez se ve obligado a hacer y rehacer los sucesivos nombramientos y ascensos. Hasta que se harta, claro está, y envía al propio ministro a hacer puñetas, en lo que supone un acto de insubordinación en toda regla, aunque gratamente aplaudido por el espectador, que ve así reparadas las impertinencias y vejaciones a que ha sido sometido el pobre hombre durante toda la película.



No hay comentarios:

Publicar un comentario