Título original: It's Impossible to Learn to Plow by Reading Books
Director: Richard Linklater
EE.UU., 1988, 85 minutos
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| Es imposible aprender a arar leyendo libros (1988) |
La ópera prima de Richard Linklater apenas tuvo difusión en el momento de ser creada (de hecho, ni siquiera se estrenó comercialmente) y no se daría a conocer hasta años más tarde, cuando fue incluida como extra en el DVD de Slacker (1990). Consiste en una serie de planos fijos en los que vemos al protagonista, interpretado por el propio Linklater, dialogando con amigos, inmerso en sus quehaceres cotidianos, y sobre todo viajando a lo largo y ancho de EE.UU. en un periplo que le lleva desde Austin (Texas) hasta diferentes enclaves de Montana o California.
Técnicamente, la puesta en escena de It's Impossible to Learn to Plow by Reading Books (1988) no puede ser más sencilla, sin apenas movimientos de cámara, más allá de algún trávelin hacia atrás con el operador colocado en la parte trasera de un tren o un tranvía. Ejercicio casero y vanguardista a partes iguales cuyo título (un antiguo proverbio ruso) constituye, ya en sí mismo, toda una declaración de intenciones. A fin de cuentas, tan imposible resulta aprender a labrar como a hacer cine únicamente a través de la lectura de manuales teóricos. De ahí que Linklater se lance a las calles pertrechado con su cámara de Súper-8, dispuesto a captar cuanto sucede a su alrededor, al mismo tiempo que desentraña los entresijos del oficio.
Por otra parte, en estas primeras probaturas como cineasta, en las que Linklater se ocupa prácticamente de todo, el hoy afamado director de Nouvelle Vague (2025) ya daba muestras de una incipiente cinefilia al incluir un par de escenas extraídas de dos filmes míticos, ambos pertenecientes a ídolos suyos: Atraco perfecto (1955) de Kubrick y Gertrud (1960) de Dreyer. Homenajes explícitos a los que cabe añadir, además, una fugaz referencia al actor Sterling Hayden, el obituario del cual aparece publicado en las páginas de un periódico.
Constantes que podrán rastrearse a lo largo de la prolífica filmografía de un autor que debutaba con una propuesta minimalista y casi muda, muchísimo más contemplativa que posteriores trabajos suyos. Buena prueba de que para hacer cine sólo se necesita una cámara y una visión, despojándose de cualquier artificio narrativo de Hollywood. A este respecto, la calidad de la imagen tiene ese grano nostálgico de las producciones domésticas, lo cual la convierte, más que en una película al uso, en un diario visual, la road movie de un principiante que, andando el tiempo, estaba llamado a hacer historia.
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