sábado, 17 de marzo de 2018

Congreso en Sevilla (1955)




Director: Antonio Román
España, 1955, 90 minutos



No te vuelvas pa' Estocolmo. 
Te lo pido de rodillas, 
que quiero yo presumir 
en la feria de Sevilla. 
Nórdica de mi ensueño, 
mujer de mis enderezos, 
quisiera ser esquimal 
pa' darte en la boca un beso... 

Tras su apariencia de comedia amable, Congreso en Sevilla escondía, sin embargo, una visión completamente interesada de los tópicos en torno a lo español y a los "avanzados" países nórdicos. Así pues, si los adustos suecos son retratados como fríos y cerebrales individuos parcos en palabras, la candorosa protagonista no tiene más que desatarse por soleares para que aquéllos se rindan automáticamente a sus pies. Y si, aun todo y con ésas, queda alguno reacio (como la circunspecta doctora Petersen), bastará con que pruebe la manzanilla, ya en la capital andaluza, y el milagro se obrará sin remisión.

La España del turismo de masas comenzaba a perfilarse a mediados de la década de los cincuenta y ello es algo que se percibe muy a las claras en esta película, ya desde el propio título, que parece invitar a los abúlicos escandinavos a desmelenarse en Sevilla con el pretexto de celebrar un congreso médico. Desde luego, un argumento digno de la mente estrecha del inefable José María Pemán, luego endulzado y revisado con los diálogos de los Colina, Santugini y Tono de marras.



Pero hasta en ese marco pretendidamente idílico y folclórico hay lugar para la nota ideológica: se dispone Carmen Fuentes (el personaje al que da vida Carmen Sevilla) a cantar "Caminito de Alcalá" en el interior de las bodegas jerezanas de Pedro Domecq. Y, ¿qué es lo que se ve de fondo? Pues una barrica de manzanilla sobre la que aparece estampada la siguiente leyenda: "A la gloriosa Legión creada por el heroico mutilado General Millán Astray (19 noviembre 1938)". Y en la de al lado el nombre de otro general golpista: García Valiño. ¿Inocente casualidad? Obviamente no. Como la perla machista de turno, curiosa variación misógina del "¡Que inventen ellos!" unamuniano:

Dra. PETERSEN: ¿Qué dirían mis alumnos si me viesen? Yo me debo a la ciencia.
PACO DOMÍNGUEZ: ¡Bah! ¡La ciencia está bien para los señores de barba! ¡La misión de una mujer es hacer feliz a un hombre y poblar la tierra...!

Con todo, la intervención de Fernán Gómez haciendo de cirujano sueco o la de los secundarios Manolo Morán y, en menor medida, Pepe Isbert o un Manolo Gómez Bur con camisa de fuerza, hacen que valga la pena revisar este filme, en el que ya se planteaba, por cierto, una terrible constante de nuestra historia: la de los españoles que se ven forzados a buscarse la vida en el extranjero (en este caso, en Estocolmo) sin demasiada fortuna.

"¡Como este sol no hay nada en el mundo!": la lluvia en Sevilla

viernes, 16 de marzo de 2018

Perdido (2017)




Título original: Mon garçon
Director: Christian Carion
Francia/Bélgica, 2017, 84 minutos

Perdido (2017) de Christian Carion


A punto de cumplirse una semana del fatídico desenlace del caso Gabriel Cruz, llega a nuestra cartelera un thriller francés con el que comparte algunas similitudes. Mon garçon (que aquí ha recibido el prosaico título de Perdido) plantea una situación límite: la de un padre coraje, interpretado por Guillaume Canet, que, tras la misteriosa desaparición de su hijo, no dudará en lanzarse en pos de una respuesta arriesgando su propia vida.

A decir verdad, son muchas las lagunas o incluso fallos de guion los que plantea semejante historia: ¿por qué la policía se muestra tan inoperante a la hora de investigar lo que tiene toda la pinta de ser una red organizada de tráfico de criaturas? ¿Con qué finalidad las secuestran? ¿Quiénes son exactamente sus integrantes? Preguntas que, desde la lógica interna del relato, carecerían de sentido toda vez que lo que se pretende destacar es la heroicidad de Julien Perrin. Dicho de otro modo: como película de evasión que es, se da por sentado que el espectador al que va dirigida no se plantea ese tipo de cosas.

Guillaume Canet y Mélanie Laurent encabezan el reparto


Sea como fuere, su director (Christian Carion, el mismo que tiene en su haber títulos como La chica de París, Feliz Navidad, El caso Farewell o Mayo de 1940) acierta cuando opta por no mostrar directamente los ataques del padre a los secuestradores durante el rescate, aunque previamente peca de tremendista en la escena en la que parece recrearse en la tortura con un soplete de uno de los cómplices.

Oportunismo del estreno, resultado irregular... A buen seguro que tampoco faltará quien considere excesivo el toque moralista en el desenlace, una escena final que retoma la secuencia de inicio y en la que vemos al padre siendo escoltado por los miembros de seguridad del Estado, tal vez recordándonos que quien se atreva a tomarse la justicia por su mano tendrá que vérselas, tarde o temprano, con la gendarmería.


Historias de una indecisa (2017)




Título original: L'embarras du choix
Director: Éric Lavaine
Francia/Bélgica, 2017, 95 minutos

Historias de una indecisa (2017)


Supuestamente graciosa, L'embarras du choix transmite la sensación de haber sido diseñada en un laboratorio por un frío y calculador consejo de sabios, ávido de repetir en taquilla el éxito de Barbacoa de amigos (2014) o de Vuelta a casa de mi madre (2016) aplicando la fórmula magistral que conoce al dedillo. Sin embargo, carece de lo primordial tratándose de una comedia: alma.

Porque la historia de una mujer de cuarenta años incapaz de afrontar la más mínima disyuntiva que se le presente no sólo es forzada, sino que tampoco se llega a resolver de un modo convincente. Así pues, Juliette (Alexandra Lamy) acabará comprometiéndose con dos hombres muy distintos: el cocinero Étienne (Arnaud Ducret) y el escocés Paul (Jamie Bamber). Y aunque no vayamos a desvelar aquí el desenlace (que siempre hay quien se presta a seguir hasta el final este tipo de planteamientos), del hecho que la protagonista termine decantándose por uno de ellos parece inferirse una superficialidad que podría estar en la base de sus continuos dilemas.



Por esa regla de tres, y a pesar de estar en las antípodas de lo que pudiera calificarse como filme de crítica social, el director Éric Lavaine presenta en Historias de una indecisa los equívocos que acechan a una generación que recurre a Tinder y demás aplicaciones por el estilo como principal vía para relacionarse. Desde la promiscuidad sin límites de Sonia (Sabrina Ouazani) hasta la peculiar pareja que forman la peluquera Joëlle (Anne Marivin) y el ocioso Philippe (Jérôme Commandeur), el verdadero tema de fondo no es tanto la anécdota de la falta de decisión de Juliette, sino la dificultad de encontrar a nuestra media naranja (si es que tal mito fue realizable alguna vez) y la creciente insatisfacción generada por una realidad que nos brinda tantas oportunidades a diario que inclinarse por una se convierte en un verdadero suplicio.

Típica comedia ligera de costumbres, L'embarras du choix incide, en un segundo plano, en asuntos como la creciente obsesión por aparentar un dominio del inglés que, en países como Francia, dista de ser real (el personaje de Joëlle así lo demuestra) o el pretendido prestigio de la cocina gala, tal vez venida a menos a juzgar por cómo Richard (Lionnel Astier) gestiona la carta de su restaurante. En cualquier caso, la película, con su banda sonora trufada de canciones pop, no aspira a más que hacernos pasar un buen rato mostrando un mundo de postal en el que todo es fácil y posible.


lunes, 12 de marzo de 2018

El principito (2015)
















Título original: Le Petit Prince
Director: Mark Osborne
Francia/Canadá/EE.UU., 2015, 108 minutos

El principito (2015)

Quizá porque el libro en el que se basa alberga un mensaje muchísimo más profundo que la aparente sencillez del relato y los dibujos que lo acompañan, los creadores de la última adaptación cinematográfica de El principito han querido que sea varias películas a la vez. Para empezar, porque se siguen en ella al menos dos técnicas de animación claramente diferenciadas: una con los típicos personajes rechonchos generados mediante recursos informáticos y que pretenden emular descaradamente el estilo Pixar; otra más artesanal, resultado de aplicar el stop-motion sobre delicadas figuras de papel.

De hecho, es el segundo de los métodos mencionados el que se utiliza para recrear los personajes originales de Antoine de Saint-Exupéry, no así el primero (y mayoritario) con el que se nos introduce a la existencia de una niña cuya vida gris, estricta y monótona ha sido rigurosamente diseñada y controlada por su madre. Aunque no por mucho tiempo, puesto que la irrupción de un viejo y estrafalario aviador en el jardín de su casa pondrá una nota de color en su anodina realidad.



Lo cual dará pie, por cierto, a no pocos guiños cinéfilos. Como el hecho de que la protagonista se evada a través de la lectura del manuscrito que le facilita el aviador, planteamiento que recuerda al de La historia interminable. O el viaje a los mundos de fantasía que inicia a bordo de la aeronave de su vecino tras caer desde lo alto del canalón del desagüe y que se parece al realizado por Dorothy en El Mago de Oz. Sólo que, en lugar de llegar a la Ciudad Esmeralda, su destino es un planeta repleto de rascacielos que recuerda a la Metrópolis de Fritz Lang. Tal vez por ello, sus habitantes caminan con la mirada perdida de un autómata y los brazos caídos como los obreros del subsuelo durante el cambio de turno. No en vano, el clímax de este Principito tendrá lugar en una especie de sala de máquinas muy similar a la que aparece en el filme expresionista. Otros de esos guiños, en cambio, son fugaces y apenas reconocibles, como la gigantesca oficina repleta de sumisos mecanógrafos milimétricamente dispuestos en sus respectivos escritorios y que parece calcada de El proceso de Orson Welles o de El apartamento de Billy Wilder.

En fin: son tantos y tan abrumadores los medios desplegados en esta superproducción que uno no sabe qué destacar, si la banda sonora de Hans Zimmer (con la colaboración de la cantante Camille), las voces del star system galo (Dussollier, Cotillard, Lindon, Cassel, Canet, Gallienne...) o el éxito alcanzado en medio mundo. Nos quedamos, en cambio, con la imaginación: la que reina en el planeta de los baobabs, la del zorro domesticado y la rosa únicos en el mundo, la misma que permite al príncipe adulto revivir la inocencia del niño que fue. Porque sólo vemos bien con el corazón y lo esencial sigue siendo invisible para los ojos...


domingo, 11 de marzo de 2018

Vida/Perra (1982)




Director: Javier Aguirre
España, 1982, 94 minutos

Vida/Perra (1982) de Javier Aguirre


En esencia, el monólogo que Esperanza Roy lleva a cabo en Vida/Perra no dista demasiado del protagonizado por Lola Herrera en Cinco horas con Mario: curiosamente, ambas actrices no sólo nacieron las dos en 1935, sino que sus respectivos papeles, sendas adaptaciones de novelas, se enmarcan en la represión machista que tantas mujeres hubieron de padecer en la España nacionalcatólica del franquismo.

La diferencia, sin embargo, estriba en el hecho de que Juanita Narboni se muestra mucho más desinhibida que Carmen Sotillo tanto en lo contundente del vocabulario como en la intensidad de sus confesiones íntimas. Así pues, el particular ajuste de cuentas con el pasado de esta solterona (natural de la ciudad de Tánger en el relato de Ángel Vázquez, detalle éste obviado por la versión cinematográfica) adquiere una insólita vehemencia, rayana en el paroxismo, en manos del tándem Javier Aguirre/Esperanza Roy (marido y mujer en la vida real), quienes, un poco al estilo de John Cassavetes y Gena Rowlands, no dudaron en utilizar su propio apartamento como escenario de rodaje.



En cuanto a las obsesiones de Juanita, cabe decir que éstas son básicamente dos: su madre y su hermana, figuras que la marcaron de forma muy negativa y destinatarias, por ende, de la mayor parte de dardos envenenados que vaya lanzando a lo largo de su febril soliloquio. De la primera llegará a olvidar el rostro, mientras que de la segunda no puede soportar la idea de que fuese una mujer liberada: ella, que apenas sí tuvo un novio en su juventud, que a la postre resultó ser homosexual. Para abordar tan delicado asunto, la cámara se irá acercando progresivamente al personaje en cada una de las distintas tomas, de modo que Juanita acaba interpelándonos no pocas veces, en un constante diálogo consigo misma y con sus familiares.

Frustración a raudales teñida de amargura que la realizadora marroquí Farida Benlyazid no acertó a repetir en el remake que dirigió en 2005, coproducción con España protagonizada por Mariola Fuentes en la que el "Anticine" de Aguirre dejaba paso a una convencional puesta en escena en la que un cuantioso reparto, internacional y políglota, restaba fuerza al vigor de la interpretación que Esperanza Roy había sido capaz de cargar ella sola sobre sus espaldas dos décadas antes.


sábado, 10 de marzo de 2018

La Carmen (1976)




Director: Julio Diamante
España, 1976, 103 minutos

La Carmen (1976) de Julio Diamante


Por su factura y contenido, La Carmen podría recordar a otras dos producciones españolas rodadas en aquellas mismas fechas: una sería Manuela (1976) de Gonzalo García Pelayo; la otra, La semana del asesino (1972) de Eloy de la Iglesia. Todas ellas, curiosamente, con una estética entre extremada y tremendista que parece anunciar lo que, en pocos años, sería la tónica general en el cine de Almodóvar. Sirvan un par de escenas a modo de ejemplo: Carmen (Sara Lezana) le pide su cinturón al sumiso José para, acto seguido, azotarlo con él; ante la inminencia de una reyerta entre El Morao y José, Carmen rompe unas tijeras para que ambos contendientes se sirvan de las puntas a guisa de navajas...

Enésima recreación del mito concebido por Mérimée, bajo la batuta de Julio Diamante adquiere, sin embargo, un nuevo matiz: el de transferir al hombre buena parte del protagonismo que, en la novela original, tenía la cigarrera. Porque José padece su personal descenso a los infiernos a base de asistir impotente a las continuas humillaciones que le inflige la ingrata bailaora. En ese aspecto, la elección del intérprete no pudo ser más acertada, con un Julián Mateos que fue lo que entonces se llamaba un actor "de raza".



Aunque otro de los atractivos de La Carmen es, sin duda, la inserción de números musicales a cargo de artistas flamencos de renombre, como Enrique Morente o Enrique el Cojo, o la música incidental compuesta por Manolo Sanlúcar. Aproximación al folclore muchísimo más honda que los habituales  pastiches de charanga y pandereta tradicionalmente ensayados por la cinematografía patria y que anunciaba la inminente incursión de Carlos Saura en el género.

Posee, por último, esta película el encanto crepuscular de incluir en su reparto a viejos secundarios del cine español ya en el tramo final de sus respectivas carreras: Erasmo Pascual, José Nieto, Xas das Bolas... O de ver al mítico torero Sebastián Palomo Linares haciendo de sí mismo.


viernes, 9 de marzo de 2018

La jungla de asfalto (1950)




Título original: The Asphalt Jungle
Director: John Huston
EE.UU., 1950, 112 minutos

La jungla de asfalto (1950) de John Huston


Metales y cuerdas anuncian con furiosa estridencia que una obra maestra está a punto de comenzar: es la música de Miklós Rózsa ilustrando los títulos de crédito de La jungla de asfalto, genial adaptación que el no menos genial John Huston llevara a cabo de la novela homónima de W. R. Burnett. Y como ya sucediera con El halcón maltés (1941), título fundacional del Cine Negro, el realizador norteamericano ponía con esta película las bases sobre las que posteriormente se asentaría el estilo de filmes en la línea de Atraco perfecto (Kubrick, 1956) o las estilizadas recreaciones de un Jean-Pierre Melville.

"The City under the City...", como rezaba el eslogan promocional de una película que pasará a la historia, aparte de lo arriba expuesto, por haber catapultado al estrellato a una jovencísima Marilyn, que aquí interpretaba a la ingenua amante del corrupto abogado Emmerich (Louis Calhern).



Aunque la deshonestidad parece ser la tónica general en un ambiente en el que ni siquiera la policía parece quedarse al margen de los trapicheos suscitados a raíz del minucioso asalto a una joyería de alto standing. En ese sentido, decía el librero Paco Camarasa, durante su presentación de esta tarde en la Filmoteca, con motivo del homenaje a Javier Coma, que la sociedad descrita en La jungla de asfalto le recuerda muchísimo a su Valencia natal.

Bromas al margen, lo que sí es cierto es que en dicha película se prefigura algo que el propio Huston acabará de perfilar una década más tarde en Vidas rebeldes (de nuevo con la Monroe a sus órdenes, esta vez como protagonista): la idea de que la ciudad es un nido de perdición frente a la pureza que representa la vida en el campo, con esos prados donde pastan apaciblemente los potros salvajes y a los que fatalmente acabará regresando Dix (Sterling Hayden).


Harvie Krumpet (2003)




Director: Adam Elliot
Australia, 2003, 23 minutos

Harvie Krumpet (2003) de Adam Elliot


Las notas del Canon de Pachelbel nos introducen gradualmente en la vida del protagonista, un individuo aquejado por infinidad de males y que, habiendo nacido en Polonia en 1922, acabará sus días esperando un autobús invisible a las puertas de un asilo australiano llamado Pleasant Paddocks.

Oscar al mejor corto de animación en 2004, la existencia de Harvie Krumpet aparece presidida por una continua sucesión de adversidades que van desde el acoso escolar en su más tierna infancia hasta la muerte repentina de sus seres más queridos, pero que no impiden, sin embargo, que, a partir de un determinado momento de su vida, el personaje busque la felicidad a través de la máxima horaciana del Carpe diem (que llegará a tatuarse en sus propias nalgas, con falta de ortografía incluida) o practicando el nudismo.

A pesar de su aparente tono irónico, Harvie Krumpet encierra una tierna reflexión sobre la soledad a la que se ven expuestos los individuos más vulnerables en las sociedades urbanas, aunque rematada por el aforismo más optimista de su libro de máximas: "La vida es como un cigarro: ¡fúmatela hasta la colilla!"

El director Adam Elliot junto al Oscar y su criatura

Some notes on Harvie Krumpet

The chords of Pachelbel's Canon gradually introduce us to the life of the main character, an individual afflicted by countless illnesses and who, having been born in Poland in 1922, will end his days waiting for an invisible bus at the doors of an Australian residence called Pleasant Paddocks.

Awarded with an Oscar for best animated short film in 2004, the existence of Harvie Krumpet is dominated by a continuous succession of adversities that range from bullying in his early childhood to the sudden death of his loved ones. That of which does not prevent, however, that, from a certain moment of his life, the man seeks happiness practicing nudity or even putting into practice the Horatian motto “Carpe diem” (which he gets tattooed on his own buttocks, with a spelling mistake included).

Despite its apparent ironic tone, Harvie Krumpet contains a tender reflection on how the most vulnerable individuals are exposed to loneliness in urban societies, although rounded off by the most optimistic aphorism of his book of fakts (sic): "Life is like a cigarette: smoke it to the butt!"



jueves, 8 de marzo de 2018

Korczak (1990)




Director: Andrzej Wajda
Polonia/Alemania/Francia, 1990, 118 minutos

Korczak (1990) de Andrzej Wajda


Un grupo de niños juega despreocupadamente a la rayuela en plena calle. Junto a ellos, el cuerpo sin vida de un hombre desnudo yace olvidado sobre la acera. La escena, fugaz y aparentemente casual, resume, sin embargo, a la perfección el espíritu de una película como Korczak (1990), recreación biográfica que llevara a cabo el polaco Andrzej Wajda a partir de la figura del pedagogo Henryk Goldszmit (verdadero nombre de Janusz Korczak), compatriota suyo y personalidad clave en aquel país. Es ese lado cotidiano de la muerte, el haberse habituado a ella como si tal cosa, lo que impacta de una terrible instantánea del gueto de Varsovia en la que el orfanato dirigido por el protagonista supondrá la única esperanza para cientos de jóvenes.

Tal vez constituya una soberana obviedad el decirlo, pero tanto el tratamiento de la fotografía en blanco y negro como la manera de aproximarse a un hombre que, a pesar de sus luces y de sus sombras, se ve en la tesitura de querer ayudar al prójimo en mitad de la debacle nazi demuestran bien a las claras que Spielberg debió de inspirarse en Korczak a la hora de rodar, tres años más tarde, La lista de Schindler (1993). Si bien aquí nos libramos del lacrimógeno violín con sordina de Itzhak Perlman en beneficio de la más heroica partitura del siempre fastuoso Wojciech Kilar.



Con motivo de la reciente publicación de los diarios de Korczak (Seix Barral), la Filmoteca de Catalunya ha proyectado esta tarde la película que nos ocupa. En la presentación previa, Anna Rubió Rodon, Jerzy Slawomirski y Antoni Tort incidían en el carácter polémico de personaje y película. Idea en la que han ahondado durante el coloquio posterior. Porque siendo, como todo parece indicar, un judío asimilado, el Korczak descrito por Wajda no se ajustaba en absoluto a los estereotipos generalmente aceptados por las diversas facciones en liza: demasiado burgués para los marxistas, heterodoxo en exceso para los hebreos, su perfil reunía semejante gama de matices que acabó resultando incómodo para todos (de ahí el relativo olvido en el que ha terminado cayendo).

Sus métodos, por último, tampoco dejaban a nadie indiferente: conductor de un programa de radio en el que daba consejos a la juventud adoptando el papel de viejo doctor; promotor de una revista íntegramente redactada e impresa por y para adolescentes; garante de una suerte de autogobierno de los niños en el hospicio que administraba... Sistema, en definitiva, de lo más innovador, cierto, pero que deja traslucir al mismo tiempo un temperamento vehemente. Quizá por ello el guion de la hoy afamada realizadora Agnieszka Holland lo presentaba como un sereno estoico dispuesto a adentrarse en la niebla de Treblinka escoltado por sus pupilos mientras enarbola el estandarte con la estrella de David.


martes, 6 de marzo de 2018

Queen of Earth (2015)




Título en español: Reina de la Tierra
Director: Alex Ross Perry
EE.UU., 2015, 90 minutos

Queen of Earth (2015) de Alex Ross Perry


Cinco largometrajes (y un sexto en camino), treinta y tres años y Alex Ross Perry ya es un director que suscita el interés de la crítica y del que se organizan retrospectivas, como la que esta tarde se presentaba en la Filmoteca de Catalunya. Quizá porque su cine lleva la etiqueta de independiente, algo que siempre atrae tratándose de producciones americanas, aunque él mismo le ha respondido a Esteve Riambau que el año pasado escribió una película para Disney, por lo que, en su caso, dicho adjetivo obedece más a una situación accidental que no a una elección hecha a conciencia.

Queen of Earth está protagonizada por Elisabeth Moss, colaboradora habitual de Ross Perry, y podríamos decir que es un trabajo que se inscribe en la estela de Repulsion (1965) de Polanski, Persona (1966) de Bergman o Carrie (1976) de De Palma. Nombres ilustres a los que, como es lógico, no logra superar. Porque por mucho que la música de Keegan DeWitt contribuya a crear un ambiente de tensión o que los títulos de crédito supongan un bello envoltorio, el aspecto general de la película está más cerca del de un telefilme de sobremesa que no del de las obras maestras incontestables arriba indicadas.



Con todo, la Catherine a la que da vida Moss es una de esas mujeres atormentada por los fantasmas de su propia locura, hasta el punto de marcar una barrera infranqueable entre ella y los demás habitantes de la casa junto al lago. Situación que parece agravarse por momentos debido al hecho de que su amiga Virginia (Katherine Waterston) inicia una relación con un joven cuyo carácter arrogante contribuirá a separarlas aún más.

Sólo el tiempo dictaminará si Ross Perry está llamado a ser uno de los grandes o no. Por de pronto lo único que podemos decir, aun arriesgándonos a valorar injustamente su todavía escasa obra, es que títulos como esta Queen of Earth han sido tal vez sobrevalorados por un sector de la crítica deseoso de coronarlo enseguida como el genio que aún no ha demostrado ser.


lunes, 5 de marzo de 2018

Les premiers les derniers (2016)




Título en español: Los primeros los últimos
Director: Bouli Lanners
Bélgica/Francia, 2016, 93 minutos



Cuarto (y, de momento, último) largometraje dirigido por el actor belga Bouli Lanners. El espectador atento notará enseguida en la grisácea atmósfera de tiempo detenido que se desprende de Les premiers les derniers la influencia de al menos dos referentes. El primero de ellos sería el Jarmusch de Dead Man (1995), cuya eximia banda sonora a cargo de Neil Young es aquí remedada por la guitarra de Pascal Humbert. El segundo, tal vez menos obvio, sería el ambiente apocalíptico de The Road (La carretera) (2009), con sus inquietantes espacios abiertos por los que deambulan criaturas un tanto sui géneris, a veces chiflados, a veces iluminados, otras amenazadores, pero siempre supervivientes de un mundo en ruinas.



Como telón de fondo, las vías del antiguo aerotrén surcando la solitaria campiña de Orléans: símbolo ideal del progreso venido a menos que ahora sirve para que los candorosos Esther (Aurore Broutin) y Willy (David Murgia) huyan sin rumbo fijo en busca de la hija de ella. Peculiar pareja, la inocencia de la cual contrasta con la peligrosidad de esa banda de maleantes dispuestos a matar a quien sea para hacerse con un misterioso teléfono móvil. O Cochise (Albert Dupontel) y Gilou (el propio Lanners), verdaderos cowboys modernos en un wéstern distópico.



Sólo falta añadir a ciertos personajes de aspecto mesiánico para completar el cuadro: un enterrador que "se parece" a Max von Sydow; un vagabundo llamado Jesús y al que una bala perdida atraviesa una mano, como los clavos del Cristo crucificado; un enclenque anciano de barba profética (Michael Lonsdale) que, interpelado por Gilou sobre por qué se ocupa del motel o de las flores del invernadero, responderá con un misterioso: "Parce que vivre ce n'est pas juste respirer..."


domingo, 4 de marzo de 2018

Barroco (1989)




Director: Paul Leduc
Méjico/Cuba/España, 1989, 105 minutos

Barroco (1989) de Paul Leduc


De plata los delgados cuchillos, los finos tenedores; de plata los platos donde un árbol de plata labrada en la concavidad de sus platas recogía el jugo de los asados; de plata los platos fruteros, de tres bandejas redondas, coronadas por una granada de plata; de plata los jarros de vino amartillados por los trabajadores de la plata; de plata los platos pescaderos con su pargo de plata hinchado sobre un entrelazamiento de algas; de plata los saleros, de plata los cascanueces, de plata los cubiletes, de plata las cucharillas con adorno de iniciales... Y todo esto se iba llevando quedamente, acompasadamente, cuidando de que la plata no topara con la plata, hacia las sordas penumbras de cajas de madera, de huacales en espera, de cofres con fuertes cerrojos, bajo la vigilancia del Amo que, de bata, sólo hacía sonar la plata, de cuando en cuando, al orinar magistralmente, con chorro certero, abundoso y percutiente, en una bacinilla de plata, cuyo fondo se ornaba de un malicioso ojo de plata, pronto cegado por una espuma que de tanto reflejar la plata acababa por parecer plateada...

Alejo Carpentier
Concierto barroco

Si hay una palabra que defina a la perfección el eje central de una película como Barroco, ésa es exuberancia. La misma prodigalidad voluntariamente excesiva que destila el texto de Alejo Carpentier en el que se basa y que el mejicano Paul Leduc prefirió respetar en cuanto al espíritu más que en cuanto a la letra (lo segundo habría sido inviable). El otro término que designa la realidad americana y, por ende, la novela y su adaptación cinematográfica es mestizaje: un sincretismo en el que confluyen todas las sangres y todos los sones, desde Vivaldi hasta El Lebrijano y el Grupo Andalusí de Tánger, pasando por las danzas yoruba hasta desembocar en la trova de Omara Portuondo, Silvio Rodríguez y Pablo Milanés.

Y todo ello, y ahí radica parte de su mérito, sin que sea exactamente un musical ni, mucho menos, un documental etnográfico: por derecho propio, Barroco se inscribe en la insigne nómina de filmes que, como Berlín, sinfonía de una ciudad (Walter Ruttmann, 1927) o El hombre de la cámara (Dziga Vertov, 1929), aciertan a lograr la perfecta simbiosis entre imagen e idea, haciendo que la palabra sea del todo inútil para transmitir lo que el espectador deducirá fácilmente sin necesidad de diálogos.

El esqueleto de la película respeta escrupulosamente la estructura musical diseñada por Carpentier, con la ópera Motezuma como telón de fondo y los diferentes movimientos perfectamente delimitados: Andante, Contradanza, Rondó, Finale... Y un marco espaciotemporal que abarca desde el descubrimiento de América hasta el presente, con escalas en el siglo XVIII o la Guerra Civil Española. Descomunal despliegue de medios para, en definitiva, contar quinientos años de historia en común a través de cinco personajes: El Indiano (Ernesto Gómez Cruz) y su joven alter ego (Roberto Sosa), El Hispano (Paco Rabal), La Sefardita (Ángela Molina) y El Criado (Alberto Pedro).


sábado, 3 de marzo de 2018

A hierro muere (1962)




Director: Manuel Mur Oti
España/Argentina, 1962, 100 minutos

A hierro muere (1962) de Mur Oti


Los que se equivocan son los que se apasionan o los débiles o los cobardes que matan con miedo. Hay que saber hacerlo. Hay que matar a sangre fría...

Las notas de un piano desbocado se desgranan con romántico arrebato durante los créditos iniciales de A hierro muere. Y aunque por el ímpetu con el que son ejecutadas se diría que forman parte de una partitura salida de, por lo menos, las manos de un Rajmáninov, lo cierto es que los autores de la melodía no fueron otros sino Miguel Asins Arbó e Isidro B. Maiztegui.

Lo mismo podría decirse de la puesta en escena ideada por Mur Oti, un pastiche de resonancias hitchcockianas en el que la argentina Olga Zubarry (Elisa) avanza lentamente sosteniendo una bandeja sobre la que reposa un inquietante vaso de leche como el que portaba Cary Grant en Sospecha o donde un tren que se aleja en la noche sirve de plano final al estilo de Con la muerte en los talones.



De hecho, tal y como solía suceder en buena parte de la filmografía del mago del suspense, los movimientos de cámara de A hierro muere sorprenden por lo inusual de su planificación, constituyendo un verdadero recital de contrapicados y primeros planos de los rostros de los protagonistas, en contraste con la profundidad de campo de la toma en el margen contiguo del encuadre.

Caligrafía de resonancias expresionistas al servicio de una historia con moraleja desde el mismísimo título, la típica historia de amour fou entre una antigua presidiaria y un ocioso heredero sin escrúpulos que, incapaces de encauzar su relación dentro de los límites convencionales establecidos por una sociedad en la que no acaban de encajar, planean deshacerse de la anciana tía de éste. En realidad, ni Fernando (Alberto de Mendoza) conoce el pasado de Elisa ni ella sabe de su relación con una despampanante cabaratera (Katia Loritz). Circunstancia que el inspector Muñoz (Luis Prendes) aprovechará para sembrar entre la pareja la semilla de la discordia que desmonte su coartada.


El ojo de cristal (1955)




Director: Antonio Santillán
España/Méjico, 1955, 89 minutos

El ojo de cristal (1955) de Antonio Santillán


Cuando se hacen cambios, la gracia está en comenzar con poco y terminar con algo que valga la pena. Aquel día salí de casa con una hebilla rota y un trozo de alambre y se los cambié a un chico llamado Miller por una armónica aplastada. Más tarde, canjeé la armónica por una navaja sin cuchilla y, hacia las siete de la tarde, mi capital original se había convertido en una pelota de béisbol a la que sólo le faltaba el forro de cuero, así que me dije a mí mismo que había tenido un día muy bueno. Claro que a esas horas ya debería haber estado en casa, pero eso del canje lleva mucho tiempo y le obliga a uno a patearse de arriba abajo las calles de media ciudad.

William Irish (pseudónimo de Cornell Woolrich)
«Through A Dead Man’s Eye»
Traducción de Jordi Arbonès i Montull

Tras más de diez años de infructuosa búsqueda, era cuestión de tiempo que acabásemos dando con una película rodada en las instalaciones del Colegio San Miguel. Y esa película es El ojo de cristal. Dirigida en 1955 por el malogrado Antonio Santillán (fallecería apenas una década después, cuando contaba 57 años), se trata de un thriller policíaco, surgido de la factoría Iquino en coproducción con la mejicana Oro Films, que denota en su estilo, ya desde la magistral escena con la que se inicia, una fuerte influencia del Cine Negro.



Enrique (Carlos López Moctezuma) y su novia Clara (Beatriz Aguirre) planean hacerse con las cincuenta mil pesetas que un tal Francisco Ortiach debe cobrar de una compañía como indemnización por haberse quedado tuerto a consecuencia de un accidente. Pero el taimado Enrique va al encuentro del anciano antes de que éste haya recibido el cheque, por lo que decide matarlo y esconder el cadáver entre los escombros de una fábrica en ruinas. Y, no contento con ello, acto seguido prepara minuciosamente el asesinato de Clara, para lo que urde una sutil coartada. No obstante, el ojo de cristal de su primera víctima y un niño "aprendiz" de policía se van a cruzar fatalmente en su camino...

Los mejicanos Carlos L. Moctezuma (Enrique) y Beatriz Aguirre (Clara)

Y a los cuarenta y cinco minutos con treinta segundos de metraje... ¡Sorpresa!: un plano general del claustro de Santa María de Jerusalén inunda la pantalla. Se supone que Pedrito y sus compañeros son alumnos de la escuela, si no fuera porque los personajes viven en las inmediaciones de la catedral de Barcelona. Lo cual demuestra lo inteligentes que fueron los responsables de las localizaciones al encontrar en pleno Ensanche un rincón gótico que en nada desentonaba con el conjunto de exteriores en los que se desarrolla la historia. Una Ciudad Condal de tranvías y brumas en blanco y negro que puede recordar en algunos momentos a la Viena de El tercer hombre (1949) y cuyos habitantes leen con regocijo las crónicas publicadas por Sebastià Gasch en Destino. La Barcelona entrañable que fuera cuna del mejor cine policíaco y de la que lo mismo se muestran las callejas del casco antiguo que los Jardinets de Gràcia o la Pensión Layetana de la Plaza Ramón Berenguer, en la que se aloja Enrique.


Carteles mejicanos de la película: Saza aparece como 'Zaza'

Del resto del reparto cabe destacar la presencia de Armando Moreno, quien un año antes se había casado con Núria Espert. Su papel de inspector inseguro y deseoso de hacer méritos para ganarse la estima del comisario contrasta con el arrojo de su hijo en la ficción (Manolito Fernández Pin), capaz de seguir al asesino hasta su madriguera con tal de ayudar al padre a desenmarañar una intriga que parecía imposible de resolver. ¿Y qué decir del inefable Saza? Como propietario de la tintorería La Puntualidad compone una genial pincelada cómica, no sólo por su peculiar forma de atender a los clientes, sino, sobre todo, por su manera de correr a gorrazos al pobre Miguelín (Francisco Alonso).

Eso y unos diálogos que no tienen desperdicio. Como cuando Enrique le pide cambio a la quiosquera y ésta va y le espeta: "Tengo un pacto con el banco de la esquina: ni él puede vender periódicos ni yo cambiar billetes." No quisiéramos, por último, acabar sin mencionar la presencia, detrás de las cámaras, del añorado José María Nunes como ayudante de dirección, de José Antonio de la Loma como adaptador de un relato de William Irish (heterónimo de Cornell Woolrich) o de la excelente banda sonora compuesta por José Casas Augé a partir de un bello tema para guitarra.


Claustro del Colegio San Miguel, un día de 1955...

"Los buenos policías saben jiujitsu.
Un día mi padre le hizo a un atracador una llave así..."

"Y no tuvo más remedio que soltar la pistola.
Hasta el Jefe Superior de Policía lo felicitó..." 

"¡Bah! Si creéis todo lo que cuenta... Siempre te pilla a traición.
Su padre debe de ser igual..." 

"-¡Oye, desgraciado! ¡Ya quisieras tú tener un padre como el mío!
-¡Sí, un enchufado!
-¡Vas a tragarte esas palabras...!" 

"¿Cómo hace tu padre para descubrir a los criminales...?" 

"¿Cómo lo ha de hacer?, por los indicios.
-¿Qué son indicios?
-Sí, hombre, sí, parece mentira que no lo sepas. Si te encuentras
un hombre muerto, tienes el indicio de que lo han matado.
-¡Qué gracioso! ¡Podía haberse matado él mismo de una caída!" 

"¿Y si tiene un cuchillo clavado en el pecho también se ha caído?
Yo ya lo entiendo. Si la navaja es de Albacete, puede ser un indicio..." 

¡Eso es! Cualquier cosa hallada al lado de la víctima puede serlo.
Si encontráis una carta de póquer, ¿quién puede ser el asesino?
-Un jugador.
-Exacto. ¿Y si en el bolsillo del muerto encontráis una factura?
-Lo han matado por falta de pago.
-¿Lo entiendes ahora?

"Vamos a ver: si encuentras un ojo de cristal ¿qué?
-Que el asesino era tuerto.
-Claro que sí, zoquete. ¿No lo entiendes todavía?
-¡Eso de los indicios es más complicado que descubrir al criminal!" 

BIBLIOGRAFÍA:

FREIXAS, Ramon, "El ojo de cristal de Antonio Santillán (1955)", reseña aparecida en Dirigido por... Revista de cine, Nº 376, marzo 2008, Cinema bis, página 94, ISSN 0212-7245