viernes, 10 de marzo de 2017

La juventud de Máximo (1935)




Título original: Yunost Maksima
Directores: Grigori Kozintsev y Leonid Trauberg
Unión Soviética, 1935, 92 minutos

La juventud de Máximo (1935)


Máximo, el aguerrido joven rubio de ojos azules que protagoniza la trilogía de Kozintsev y Trauberg, vendría a ser la personificación del proletariado ruso, del espíritu revolucionario soviético. Y es por eso mismo que rezuma optimismo y no se arredra ante nada, siempre de buen humor, cantando hermosas canciones, a veces románticas y a menudo panfletarias.

Pero es precisamente esa mezcla un tanto candorosa entre el musical incipiente y el pasquín incendiario lo que representa el principal atractivo de Yunost Maksima, filme que fue capaz de agradar lo mismo en la URSS (donde sería objeto de una restauración en los años sesenta) que en unos Estados Unidos previos a la caza de brujas y que lo coronaron con el premio concedido por la National Board of Review a la mejor producción extranjera de 1935.

Tiene, además, el aliciente de haber contado con el asesoramiento de Dmitri Shostakóvich, quien compuso la melodía de la escena inicial, pese a que quizá sea visualmente donde reside el encanto de La Juventud de Máximo, puesto que la habilidad de Kozintsev y Trauberg a la hora de componer cada encuadre da lugar a planos de una soberbia belleza. Es, al respecto, memorable la escena del entierro del obrero, con sus claras reminiscencias de El acorazado Potemkin a la hora de retratar las evoluciones de la masa durante el cortejo fúnebre.

Cierto que, relacionado con lo anterior, se le podrían achacar los muchos momentos en los que se hace evidente que durante la década de los treinta el cine sonoro todavía está en ciernes en la Unión Soviética. O, incluso, su maniqueísmo a la hora de retratar la oposición entre burgueses y proletarios. Aunque, con todo, hay que acabar concediendo que, como nos decía un conocido al término de la proyección en la Filmoteca: "Con una película como ésta cada mes, uno no tendría necesidad de ver más cine".


jueves, 9 de marzo de 2017

Rosetta (1999)




Directores: Luc y Jean-Pierre Dardenne
Bélgica/Francia, 1999, 95 minutos

Rosetta (1999) de los Dardenne


Accidentada proyección de Rosetta en la Filmo. Pero al margen de las continuas interrupciones (es lo que tienen, a veces, las copias en 35 mm), la película de los hermanos Dardenne sigue manteniendo intacta la rabia que los llevó a ganar la Palma de Oro en Cannes. Furia que transmiten las imágenes rodadas cámara en mano y siguiendo muy de cerca a su protagonista, una Émilie Dequenne que se daba a conocer con este filme, al igual que Fabrizio Rongione, su partenaire en la ficción.

Extremo es el adjetivo que probablemente mejor define el perfil de los personajes, comenzando por la joven cuyo nombre sirve de título al filme: Rosetta, como la homónima estela egipcia, es la clave que permite descifrar el verdadero alcance de unas existencias vividas intensamente al límite. Porque de no entrar en conflicto con su entorno más inmediato no habría detonante de la acción.



Mas, ¿qué incomoda a la protagonista? De entrada, el que su propia madre se dedique a la prostitución ocasional, en la caravana en la que viven, para sufragarse el alcohol al que es adicta. No es poca cosa, sin duda. Pero es que, además, Rosetta está enfadada con el mundo, ya que, necesitada de empleo para poder huir de un ambiente familiar tan tóxico como opresivo, únicamente parece hallar una cierta tabla de salvación en el panadero encarnado por Olivier Gourmet. De lo que se deriva que no dude en traicionar a Riquet: pura cuestión de supervivencia.

Y todo ello sin olvidar la intensa escena de lucha con la que se abre el filme, en la que la muchacha, visiblemente alterada, es perseguida por los servicios de seguridad de la fábrica de la que acaba de ser despedida. Parece mentira, a la vista de la creciente precarización que vive la sociedad europea a todos los niveles, que una película como ésta se rodase en 1999. Lo cual nos lleva a concluir dos cosas: la primera es el evidente carácter visionario del cine de los Dardenne; la segunda, su indiscutible maestría a la hora de profundizar en unas formas narrativas (en apariencia deslavazadas, pero que conllevan una minuciosa planificación) que han creado escuela en las dos últimas décadas.


miércoles, 8 de marzo de 2017

Kalebegiak (2016)




Título en español: Miradas callejeras
Directores: Koldo Almandoz, Asier Altuna, Luiso Berdejo, Daniel Calparsoro, Iñaki Camacho, Borja Cobeaga, María Elorza, Telmo Esnal, Maider Férnandez, Isabel Herguera, Ekain Irigoien, Julio Medem, Izibene Oñederra, Gracia Querejeta, Imanol Uribe
España, 2016, 116 minutos

Kalebegiak (2016)


15 directores, 12 cortometrajes. El proyecto Kalebegiak (en vasco, fusión de las palabras kale: 'calle' y begiak: 'ojos/mirada') nace a raíz de la Capitalidad Cultural Europea en 2016 de la ciudad de San Sebastián. En la tarde de hoy, Michel Gaztambide, creador de la iniciativa, Maider Fernández, codirectora de uno de los cortos, y el cineasta Luis Aller (que pasaba por allí) la han presentado, introducidos por Octavi Martí, en la Sala Laya de la Filmoteca catalana. De por qué Imanol Uribe no ha comparecido, tal y como estaba anunciado, no han dicho nada...

Lo que sí ha comentado Martí es que este tipo de filmes colectivos uno no tiene oportunidad de verlos íntegros más que en contadas ocasiones, ya que su carrera comercial no suele extenderse más allá del evento para el que fueron concebidos. Lo cual sería una lástima, añadimos nosotros, porque, en el caso de Kalebegiak, la creatividad que derrochan las obras que lo integran es considerable.



He aquí el listado de cortos, por orden de aparición:

1) Iraila, de Asier Altuna y Telmo Esnal.
2) Kutxa beltza, de Isabel Herguera y Izibene Oñederra.
3) Txintxorro, de Gracia Querejeta.
4) La casa del frío, de Imanol Uribe.
5) Kresala, de Ekain Irigoyen.
6) El punto ciego, de Iñaki Camacho.
7) Bidexka, de Borja Cobeaga.
8) Testimonio, de daniel Calparsoro.
9) Narciso, de Koldo Almandoz.
10) La chica de la luz, de Maider Fernández y María Elorza.
11) Los Angeles Observer, de Luiso Berdejo.
12) La ballena real, de Julio Medem.

Todos tienen su interés, aunque, por su originalidad, nos llama especialmente la atención Narciso: la historia de un hombre que viene del futuro para enamorarse de sí mismo. La ballena real, en cambio, se inspira en la supuesta atracción que la reina María Cristina sentía hacia los remeros de las traineras de Donosti.


martes, 7 de marzo de 2017

El señor Henri comparte piso (2015)




Título original: L'étudiante et Monsieur Henri
Director: Ivan Calbérac
Francia, 2015, 98 minutos

« N'attrape pas froid ! »

El Sr. Henri comparte piso (2015)


Hace una semana, comentando Manual de un tacaño, nos preguntábamos cuál sería el siguiente de los arquetipos creados por Molière en inspirar alguna comedia francesa de éxito. Y la respuesta no ha tardado en llegar, puesto que hasta los menos avispados sabrán percibir el ascendente ejercido por Le Misanthrope sobre L'étudiante et Monsieur Henri (estrenada comercialmente entre nosotros con el título de El Sr. Henri comparte piso).

Curiosamente, ambos filmes comparten algo más que su indudable fuente de inspiración clásica: se trata de la presencia de la joven actriz Noémie Schmidt, claro valor en alza del cine francés. Si en la peli de Fred Cavayé era la hija del avaro, un año antes (en lo que supuso su largometraje de debut) había encarnado a Constance Piponnier, la joven de Orléans, hija de un mercader de hortalizas, que decide trasladarse a París y que irá a topar con el huraño viudo Henri Voizot (Claude Brasseur). En un principio reacio a admitir a nadie en sus dominios, el anciano se acabará, sin embargo, dulcificando un tanto a raíz de alquilarle una habitación a la estudiante y convivir con ella.

Pero el señor Henri, como misántropo de libro que es, nunca abandonará del todo la acrimonia que lo caracteriza, en especial en lo concerniente a su hijo y a su metódica nuera Valérie (Frédérique Bel), a la que detesta. De hecho, hasta intenta convencer a Constance de que seduzca a Paul (Guillaume de Tonquédec) para así destruir el matrimonio. Y como ésta va necesitada de dinero... Además, ya antes la hemos visto liada con su profesor de autoescuela, con lo que el espectador no se sorprende de la posible relación con un hombre mayor que ella.



Aparte del motivo del eterno cascarrabias, es en Constance en la que encontramos otros temas de interés. Como, por ejemplo, que su nombre de pila no es casual, pues a pesar de haber suspendido cinco veces el carné de conducir o la asignatura que le falta para terminar la carrera, ella no se rinde (no pierde la "constancia"). Y tampoco en su sueño, alentado por el octogenario Henri, de convertirse en compositora. En esto último, se gana la confianza del abuelo tras interpretar en el piano que fue de su difunta esposa el Adagio en re menor de Alessandro Marcello en la conmovedora transcripción de Bach. Y como ésta falleció al caer por una ventana como consecuencia de su afición por la bebida, no es extraño que Monsieur Henri intente evitar ahora que Constance ahogue sus penas en el alcohol. Porque, por más acritud que desprendan a veces sus palabras, lo que le ocurre en realidad a este hombre es que su manera de decir "te quiero" o "me importas" es "no hagas esto", "no hagas lo otro" o simplemente "¡abrígate, que te vas a resfriar!"

Pieza teatral antes que película, ambas a cargo del bretón Ivan Calbérac, por su planteamiento basado en el retrato amable de los conflictos entre padres e hijos o en la problemática derivada de la convivencia forzosa de personajes pertenecientes a distintas generaciones, El Sr. Henri no sólo comparte piso sino también algunos puntos en común con la reciente Retour chez ma mère de Éric Lavaine, que ya tuvimos ocasión de analizar hace algunas semanas.


lunes, 6 de marzo de 2017

La vida de Calabacín (2016)




Título original: Ma vie de Courgette
Director: Claude Barras
Suiza/Francia, 2016, 66 minutos

Mi vida de Calabacín (2016)


Candidata al Óscar a la mejor película de animación y al Globo de Oro y en Cannes y en los premios César y en medio mundo... Cinco estrellas según la cartelera de varios diarios, obra maestra para algunos críticos... Pero no es hasta que uno se sienta frente a la pantalla que empieza a comprender por qué: la autora del guion es Céline Sciamma, la misma que ya demostrara tener una sensibilidad especial para contar historias vinculadas con la infancia y la adolescencia al dirigir filmes como Tomboy (2011) o Girlhood (2014) o bien, recientemente, colaborando junto a André Téchiné en la escritura de Quand on a 17 ans.

En el caso de Ma vie de Courgette, Sciamma adapta una novela de Gilles Paris, lo cual no impide que haga suya la esencia de un asunto bastante cercano al universo de sus propias películas. Porque en Les Fontaines, la casa de acogida a la que van a parar tanto el protagonista de nueve años como el resto de sus compañeros, todos los niños arrastran tras sí un historial a cuál más complicado. Y, sin embargo, serán capaces de entablar lazos entre ellos que solamente la camaradería dentro de la adversidad puede explicar.



Dentro del pequeño microcosmos que se establece dentro de aquella casa, a cada interno le corresponde un rol diferente: el pelirrojo Simon aspira a ser el macho alfa dominante, si bien no siempre logra salirse con la suya, especialmente a partir de la llegada de Camille, una chica que lee a Kafka y que enseguida conectará con Icare, nuestro Calabacín. Unos más y otros menos, pero todos han quedado marcados de algún modo. Como la pequeña que golpea nerviosamente el tenedor contra su plato o aquella pobre niña que cada vez que siente llegar un coche sale corriendo a recibirlo pensando que será su madre que viene por fin a buscarla. Hasta que un policía bonachón se apiade de la pareja protagonista para darles una segunda oportunidad.

No obstante, la casualidad (o no) ha querido que la cinta francosuiza coincida en las salas con otra película de animación, española en este caso, sobre criaturas con una infancia complicada y que lleva por título Psiconautas, los niños olvidados (2015), codirigida por Alberto Vázquez y Pedro Rivero. Visualmente, ambas comparten un similar espíritu naíf. Claude Barras ha dicho al respecto: "El dibujante Hergé argumentaba que cuanto más se reduce y simplifica el estilo gráfico de una cara es más fácil para la audiencia proyectar sus propias emociones e identificarse con el personaje. Comparto esa convicción y la practico animando muñecos sin la ambición de reproducir la realidad, dando al espectador una realidad nueva. Lo más importante para entrar en el universo de esta película son los ojos de los personajes: sus grandes ojos muy abiertos para ver el mundo contribuyen a crear emoción y empatía".


domingo, 5 de marzo de 2017

Falsch (1987)




Directores: Jean-Pierre y Luc Dardenne
Bélgica, 1987, 82 minutos

Falsch (1987)


Unos compases de la Noche transfigurada de Schönberg servían para dar inicio al primer largometraje de ficción de los hermanos Dardenne. Falsch, adaptación de la obra teatral homónima de René Kalisky, se rodó de noche en el aeropuerto de Ostende. De ahí la frialdad de un filme que, dicho sea de paso, aún dista muchísimo de la fórmula depurada que han hecho célebre sus creadores: vista con la perspectiva de los años, no sólo se ve muy de los ochenta sino que tal vez abusa de la música incidental a base de sintetizador y cajas de ritmo. Por no hablar del entonces toque postmoderno (y hoy bastante ridículo) del, pongamos por caso, orondo señor ataviado con pajarita que baila en mitad de la soledad de un aeródromo vacío.

Pero, gradualmente, la acción se irá decantando hacia el drama más amargo: el de los fantasmas que, a lo Pedro Páramo, pueblan la escena. Joe (Bruno Cremer) es el único superviviente de una familia judía que sucumbió al horror del holocausto nazi. Los Falsch, exiliados en Inglaterra o Palestina, acabarían pereciendo bajo las bombas de Berlín cuando no en los campos de concentración. De modo que Joe, que ha viajado solo en un avión de hélices, deberá enfrentarse a un último ajuste de cuentas con todos ellos cuarenta años después.

Fragmentos del Oratorio de Auschwitz de Krzysztof Penderecki, Kaiser Walser (de nuevo de Arnold Schönberg) y la canción "Swanee" de Al Jolson, en referencia a uno de los personajes, que lleva la cara pintada de negro como el Cantor de Jazz, completan la banda sonora de una película más teatral que cinematográfica, más onírica que realista. De hecho, los propios hermanos Dardenne reconocían en el dossier de prensa de la época: "Dans cette adaptation, nous essayons d'être fidèles à cet adage selon lequel le privilège d'une œuvre adaptée est de pouvoir naître deux fois".


Il court, il court, le monde (1987)













Título en español: El mundo corre
Directores: Jean-Pierre y Luc Dardenne
Bélgica, 1987, 10 minutos



En los inicios de su carrera como cineastas de ficción, los hermanos Dardenne firmaron este cortometraje cómico a propósito de un excéntrico realizador de televisión que prepara un programa de reportajes sobre la celeridad de la vida moderna.

Lo primero que vemos es la espalda de Luc Dardenne, sentado en el asiento delantero de un coche en marcha en el que viaja un equipo que está rodando exteriores para enviarlos a los estudios centrales (de dicho material procede el fotograma que encabeza estas líneas).



Mientras, el responsable del espacio revisa con sus colaboradores lo que de momento llevan grabado, pero tiene que salir pitando tras una llamada telefónica de Sophie, su amante. Los demás continúan con la edición de las imágenes para desesperación del productor, hombre tradicional y pragmático que no ve con muy buenos ojos ni las extravagancias del showman ni la línea editorial que pretende seguir de cara a la audiencia.

En realidad, Il court, il court, le monde no deja de ser un divertimento intrascendente, apenas una probatura en la que los belgas ensayan sus primeros tanteos en el terreno de la fabulación cinematográfica.


La fuga de Segovia (1981)




Título original: Segoviako ihesa
Director: Imanol Uribe
España, 1981, 109 minutos

La fuga de Segovia (1981) de Imanol Uribe


Como si de La gran evasión o la Fuga de Alcatraz se tratase, el vasco Imanol Uribe se atrevía a plantear una película sobre la huida de un grupo de presos etarras de la cárcel de Segovia que tuvo lugar en 1976. Es condición casi obligada de este tipo de filmes que los internos se las apañen para excavar laboriosamente un túnel con las herramientas más rudimentarias. Y en este caso dicha galería conectaba uno de los lavabos comunes con la red local de alcantarillado: intrincada vía de escape que conduce a treinta de ellos hacia la libertad, aunque, una vez en el exterior, deberán aún enfrentarse con las fuerzas de orden público.

Narrada con pulso firme, mediante diálogos lo mismo en castellano que en euskera, es La fuga de Segovia una cinta que, lejos de envejecer, con el paso de los años ha ganado en atractivo. Al respecto, son interesantísimas, por ejemplo, las canciones que con valor simbólico se utilizan en determinados instantes clave, como la desgarradora jota que acompaña los créditos iniciales o la tradicional "Rossinyol que vas a França", interpretada por Ovidi Montllor y uno de los leitmotiv de la fuga.

Dotados de una capacidad organizativa encomiable, Uribe no muestra a estos hombres como terroristas sino como a patriotas vascos firmemente convencidos de la causa por la que luchan. Lo cual pone, asimismo, de manifiesto una valentía considerable por su parte, habida cuenta del convulso momento político que se estaba viviendo en aquel entonces. En ese particular, Segoviako ihesa entronca directamente con la vía abierta un par de años antes por Operación Ogro (1979) de Pontecorvo, otro de los títulos de referencia a la hora de revisar cómo fue tratado el mundo aberzale en el cine de la transición.


sábado, 4 de marzo de 2017

Yanki, No! (1960)




Director: Robert Drew
EE.UU., 1960, 60 minutos

Yanki, No! (1960) de Robert Drew


¡Fidel, Fidel! / ¿Qué tiene Fidel, / que los americanos / no pueden con él? Y Castro se crece, espoleado por la muchedumbre enardecida que colma hasta rebosar los setenta y dos mil metros cuadrados de la Plaza de la Revolución en La Habana. Porque ese hombre que ajusta y reajusta hasta la saciedad el cuello flexible de los micrófonos tras los que se parapeta mientras arenga a las masas es, sin embargo, hasta ese momento, un perfecto desconocido para el público norteamericano. Yanki, No! será su carta de presentación ante la opinión pública de los Estados Unidos.

Originariamente concebido como episodio de la serie televisiva Close-Up!, mediante este documental de una hora de duración y dirigido por Robert Drew a partir de las imágenes filmadas por Albert Maysles y Richard Leacock se intentaba profundizar en los motivos que originan el fuerte sentimiento antiestadounidense entre amplios sectores de la sociedad latinoamericana, especialmente en Cuba y Venezuela.

Del primero de dichos países nos llega el testimonio del pescador Jesús Marero y su familia, precisamente coincidiendo con el traslado desde la misérrima barraca en la que vivían hasta la flamante casa que les ofrece el gobierno. Para ellos, el régimen castrista ha supuesto una bendición. Por eso, los chicos de la casa desfilan por los pasillos de su nueva morada clamando alegremente "¡Cuba sí, yanki no!"

Otro de los momentos estelares del documental tiene lugar en San José de Costa Rica durante la VII Conferencia de Cancilleres de la Organización de Estados Americanos. Es el 16 de agosto de 1960 y la OEA promulga una declaración de aislamiento contra Cuba. La delegación cubana abandona entonces el recinto profiriendo a voz en grito su disconformidad. No están solos: les apoya Ignacio Luis Arcaya Rivero, a la sazón Ministro venezolano de Relaciones Exteriores. Por ese gesto, el presidente Rómulo Betancourt le obligará a dimitir de su cargo. Ya en Caracas, Arcaya y su hijo mayor (de veinte años) denunciarán frente a las cámaras de la ABC y en un perfecto inglés la pobreza que se vive en los barrios de chabolas de dicha capital.

Un debate entre alumnos universitarios y la entrevista a un marinero ruso en La Habana completan el material del que se sirven los autores del filme para aportar su particular visión del tema en clave de Cinéma vérité.

Parecidos razonables: Castro y el Júpiter de Ingres

La batalla de los diez millones (1971)




Título original: La bataille des dix millions
Directores: Chris Marker y Valérie Mayoux
Francia/Cuba, 1971, 58 minutos

La batalla de los diez millones (1970)


Documental de una hora de duración en el que se aborda la fallida campaña lanzada por Fidel Castro en 1970, una década después de la revolución que lo encumbró al poder, con el objetivo de cosechar diez millones de toneladas de azúcar que salven al país de la bancarrota.

Viendo la soltura con la que se desenvuelve frente a las cámaras (aún de pie, ataviado con una gabardina, mientras extrae papeles de un portafolios antes de comenzar una de sus míticas intervenciones televisivas) se diría que el hombre de la barba nació para liderar el uso propagandístico de los medios de comunicación de masas y no un proceso revolucionario.


Cuerda de presos (1956)




Director: Pedro Lazaga
España, 1956, 81 minutos

Cuerda de presos (1956) de Pedro Lazaga


Mucho antes de convertirse en uno de los directores habituales de las españoladas al uso en las postrimerías del franquismo, el vallense Pedro Lazaga (1918–1979) había intentado un cine mucho más personal y arriesgado. Es el caso de, por ejemplo, Cuerda de presos, adaptación de la novela homónima de Tomás Salvador que transcurre a finales del siglo XIX y que relata el arduo camino que debe recorrer una pareja de guardiaciviles encargada de custodiar a un peligroso reo desde un pueblo leonés hasta Vitoria.

Visualmente, Lazaga demuestra en esta película una obstinada preferencia por el uso del contrapicado, no de forma tan acusada como lo haría un Orson Welles, pero sí con la clara intención de realzar al trío protagonista, encarnado por los actores Antonio Prieto Puerto (el veterano Cabo Antonio Pedroso), Germán Cobos (como el novato agente Silvestre) y Fernando Sancho (genial en su caracterización del tosco "Sacamantecas"). Se da la circunstancia, cosa comprensible, de que entre los dos primeros se llega a establecer una entrañable relación paternofilial; un, podríamos llamar, relevo vital en el que el uno aprende del otro las arduas equivalencias del sistema métrico decimal (aunque sea de carrerilla) y el otro la gramática parda, que es la que de verdad importa.

La pericia de Manuel Berenguer hace que algunos planos semejen acuarelas


Ligado a lo anterior, a la dualidad entre lo nuevo y lo viejo que personifican el Cabo y el bisoño, hay en esta historia, quizá porque ya estaba en la novela que le sirvió de inspiración, una clara nostalgia de un tiempo que se esfumó para no volver, de una supuesta ingenuidad arcádica que fue sacrificada en aras del progreso. Ello se hace evidente de un modo palpable en la fascinación que ejerce sobre los personajes el tren, como summum de la modernidad, o en los refranes que continuamente ensarta el más veterano de los guardiaciviles y que, a su vez, había aprendido de su abuelo: "Si eres malo, te verás con los civiles detrás. Y si te portas muy bien, no te dan miedo ni cien". O incluso: "Al cerdo y al delincuente, por el tufo solamente". Es como si don Quijote y Sancho se hubiesen intercambiado los papeles.

Contiene Cuerda de presos algunas escenas memorables, la mayoría ligadas al criminal Juan Díaz de Garayo, alias el "Sacamantecas", y a sus reiterados intentos de fuga, siendo la más espectacular la que se desarrolla entre la niebla. Aunque por su fuerza expresiva es también notable la sucesión de primeros planos del malhechor recluido en el corral que le sirve de improvisada prisión.


viernes, 3 de marzo de 2017

Invasión (1969)













Director: Hugo Santiago
Argentina, 1969, 123 minutos



Manuel Flores va a morir,
eso es moneda corriente;
morir es una costumbre
que sabe tener la gente.

Y sin embargo me duele
decirle adiós a la vida,
esa cosa tan de siempre,
tan dulce y tan conocida.

Miro en el alba mis manos,
miro en las manos las venas;
con extrañeza las miro
como si fueran ajenas.

Vendrán los cuatro balazos
y con los cuatro el olvido;
lo dijo el sabio Merlín:
morir es haber nacido.

¡Cuánto cosa en su camino
estos ojos habrán visto!
Quién sabe lo que verán
después que me juzgue Cristo.

Manuel Flores va a morir,
eso es moneda corriente:
morir es una costumbre
que sabe tener la gente.

Un ejemplar de El hacedor reposa levemente inclinado en el anaquel de una estantería. Lo cual no es casualidad en modo alguno, ya que la película que contiene dicho plano fue escrita por Borges a partir de una historia suya y de Adolfo Bioy Casares. A pesar de su estilo críptico, resultaría más o menos evidente reconocer en Invasión, ópera prima de Hugo Santiago, el contexto político del peronismo, de la misma manera que la ciudad imaginaria de Aquilea no es más que un Buenos Aires de pesadilla.

Graciela Muchnik, cuñada del realizador, ha dedicado su breve presentación en la Filmoteca de Catalunya a perfilar los inicios de un cineasta residente en Francia desde que fuera becado por el Fondo Nacional de las Artes. Así pues, llegado a París con una carta de recomendación de Ramón Gómez de la Serna para Jean Cocteau, Santiago comenzaría su carrera a las órdenes de Robert Bresson como ayudante de dirección.

En su caligrafía, elegantemente fotografiada en blanco y negro por Ricardo Aronovich, puede reconocerse la impronta del Godard de Alphaville (1965), aunque también son muchas las concomitancias con Fata/Morgana (1966) de Vicente Aranda. De hecho, con esta última comparte, además de situar la acción en una megalópolis desierta donde algo inquietante se está gestando, el hecho de filmar en el interior de un enorme estadio de fútbol vacío: tal vez la mejor metáfora del carácter alienante de la cultura de masas. En ese sentido, Lautaro Murúa (Herrera) parece tomar el angustiante relevo del profesor que interpretaba Antonio Ferrandis en el Camp Nou.

Como también es sumamente interesante ver plasmadas en imágenes algunas de las constantes del universo literario borgiano, de entre las que destaca su obsesiva atracción hacia la figura del gaucho. Dos son los momentos en los que ésta se hace patente: por un lado, la interpretación de la milonga que precede a estas líneas y cuyos versos adquieren un marcado carácter profético ("morir es haber nacido"); por otro, el momento en el que Cachorro (Ricardo Ormellos) visita una sala de cine en la que están proyectando el western Along the Rio Grande (1941) de Edward Killy, con lo que se abriría una interesante comparación entre cowboys y gauchos o entre el Oeste y la Pampa.

Tal vez el anciano don Porfirio (Juan Carlos Paz) y sus hombres no logren detener la invasión que amenaza a la ciudad de Aquilea, de la misma manera que, en la vida real, la dictadura militar argentina se incautó de las ocho bobinas del negativo original de la película. Por fortuna, veinte años después se conseguiría restaurar el filme, convirtiendo en baldía la obstinación de las fuerzas reaccionarias por borrarlo del mapa. Aquí os presentamos el resultado.


jueves, 2 de marzo de 2017

La promesa (1996)




Título original: La promesse
Directores: Luc y Jean-Pierre Dardenne
Bélgica/Francia/Luxemburgo/Tunicia, 1996, 90 minutos

La promesa (1996)


Segunda (y última) sesión presentada personalmente por Luc y Jean-Pierre Dardenne en la Filmoteca de Catalunya, si bien la retrospectiva continuará a lo largo de todo el mes de marzo. Es La promesse una cinta descarnada en torno al drama de la inmigración ilegal en Europa. Hasta tal punto, que resulta inevitable pensar en el final de Los olvidados de Buñuel cuando Roger (Olivier Gourmet) se deshace del cuerpo sin vida de Amidou. Sin embargo, lo que en el genio de Calanda era punto de llegada para los belgas es el inicio de uno de esos dilemas morales a los que tan dados son: los remordimientos de conciencia que llevan al adolescente Igor (Jérémie Renier) a prometer al moribundo que se hará cargo de su viuda.

Finalizada la proyección, comentan varias cosas interesantes durante el coloquio con los asistentes. Reconocen que es inevitable el hecho de que haya similitudes entre su cine y el de otros realizadores: admiten que hay algo en su estilo de Bresson (aunque bromean diciendo que para él lo que hacen los Dardenne sería puro teatro). De todas maneras, confiesan no ser excesivamente cinéfilos.



En cuanto a la desaparición de los formatos analógicos frente a la presencia imperante del digital, comentan que no todo está perdido: hay cámaras digitales que permiten recrear en pantalla una textura similar a la de la película de 35 mm. y, además, la Cinematek de Bruselas ha podido restaurar (y nosotros disfrutar estos días en Barcelona) la filmografía de los hermanos Dardenne gracias a la tecnología digital.

Por último, hay lugar también para las anécdotas. Como aquella ocasión, con motivo del Festival de Toronto, en la que, tras un pase de Le gamin au vélo, fueron abordados en la calle por tres ancianitas ataviadas con bambas de colores: "Your film is fantastic! No sex, no violence, no bad words!" Ríe el público la ocurrencia, quedando claro, una vez más, el excelente sentido del humor de estos cineastas.


En la oscuridad (2007)




Título original: Dans l'obscurité
Directores: Luc y Jean-Pierre Dardenne
Bélgica, 2007, 3 minutos

Breve (y notable) aportación de los hermanos Dardenne para el filme colectivo Chacun son cinéma ou Ce petit coup au coeur quand la lumière s'éteint et que le film commence (2007). Aunque inicialmente no estaba previsto en el programa, la Filmoteca ha querido premiar a los asistentes con este cortometraje en el que los directores, a su vez, rendían tributo a Robert Bresson y, más concretamente, a Au hasard Balthazar (1966), cuya banda sonora con música de Schubert y bullicio campestre puede escucharse de fondo: de hecho, ésa es la película que está viendo en un cine de Lieja (Bélgica) la protagonista del corto.


miércoles, 1 de marzo de 2017

La chica desconocida (2016)




Título original: La fille inconnue
Directores: Jean-Pierre Dardenne y Luc Dardenne
Bélgica/Francia, 2016, 113 minutos

La chica desconocida (2016)


Vistos desde lejos se diría que son Paul Newman y Henry Fonda. Pero no: son los Dardenne (Jean-Pierre y Luc) que hoy y mañana jueves visitan la Filmoteca de Catalunya para inaugurar la retrospectiva que allí se les dedica. Y no defraudan. Porque, a pesar de llevar toda la tarde concediendo entrevistas, con rueda de prensa incluida, aún han querido dedicar media hora larga a presentar su última película antes de la proyección. Por supuesto, la Sala Chomón está a reventar con todas las localidades vendidas.

Tampoco les falta el sentido del humor: "Una vez, en el Festival de Gante, nos tocó introducir a otros hermanos cineastas: los Taviani. El animador de la gala hizo una primera pregunta a uno de ellos y éste se explayó en su respuesta durante más de diez minutos. Transcurridos los cuales, nos preguntó algo distinto a nosotros. Pero entonces, el otro Taviani lo interrumpió airadamente diciendo: 'No, no, no! Siamo due!' Y se tiró otros diez minutos respondiendo a la primera pregunta..." Aviso para navegantes: aguantar las fraternales explicaciones de una pareja de cineastas puede llegar a ser desesperantemente tedioso. El que avisa no es traidor.

Pero los belgas, lejos de cumplir tan desalentador vaticinio, no nos han aburrido, ni mucho menos, a pesar de su advertencia inicial. Todo lo contrario: han obsequiado a los presentes con algunas curiosidades dignas de ser referidas. Como el hecho de que, tras ser exhibida en Cannes (de cuya Palma, por cierto, no han sido merecedores esta vez), decidieron cortar algunos minutos de La fille inconnue. O de cómo originariamente el protagonista iba a ser un médico, hasta que se cruzó en su camino la joven actriz Adèle Haenel y cayeron de inmediato rendidos ante su natural encanto.

La doctora Davin (Adèle Haenel) evolucionará, en su relación con los demás,
desde la severidad hacia una compasión de consecuencias imprevisibles


Hay en La chica desconocida algunas de las constantes habituales del cine de los hermanos que la han dirigido: acción ubicada en Seraing (la pequeña ciudad obrera en la que transcurre la práctica totalidad de su filmografía), ausencia de música incidental, un personaje en apariencia fuerte (en este caso la doctora Davin) que debe enfrentarse, tras descubrir su debilidad, a alguien todavía más débil que ella, etc. Y una curiosa investigación, en plan thriller, por parte de una protagonista que no logra sobreponerse al sentimiento de culpa que le genera el no haber querido abrirle la puerta de su consulta a una muchacha de origen africano que aparecerá muerta al día siguiente. He ahí el detonante de toda la historia.

Lo llamativo del caso es que dicho planteamiento no deja de ser metáfora palmaria de la situación que está viviendo Europa con la crisis de los refugiados. Tema que ya fue abordado por los Dardenne hace veinte años en La promesse, pero que desgraciadamente mantiene toda su vigencia.

No podemos resistirnos, por último, a consignar cómo determinados detalles de La fille inconnue recuerdan al Haneke de Caché: ese aire de maldad flotando en el ambiente; la incertidumbre sobre lo que realmente ha ocurrido (las circunstancias simplemente se exponen y es el espectador quien extrae sus propias conclusiones); la importancia que tiene una grabación en vídeo para el desarrollo posterior de la trama; la más que presumible implicación de un adolescente en los hechos... En definitiva, nadie que ame realmente el cine podrá sentirse decepcionado ante la inteligente propuesta que nos ofrecen los hermanos Dardenne.


martes, 28 de febrero de 2017

Manderley (1981)




Director: Jesús Garay
España, 1981, 114 minutos

"Anoche soñé que volvía a Manderley..."

Manderley (1981) de Jesús Garay


¿Película de culto o filme oculto? Con este juego de palabras, en clara alusión a su accidentada carrera comercial y a lo complicado que es poderla ver hoy en día, presentaba esta tarde Jesús Garay, en la Filmoteca de Catalunya, el que fuera su debut como director cinematográfico. Realmente, ni es una película fácil ni el paso del tiempo la ha tratado con piedad. De hecho, Garay se ha valido de otro retruécano para expresar hasta qué punto le cuesta identificarse con ella: el ADN sería ya el de otro, aunque su DNI coincide con el de la persona que la filmó.

Fruto de la fantasía delirante que supuso la Transición, Manderley fue una cinta underground a propósito de lo polimorfo perverso: un intento de disertación sobre el deseo sin límites, tanto en horizontal como en vertical, en un escenario en el que se han abolido los géneros. O lo que vendría a ser lo mismo: transgresión en pleno choque con la realidad, seguida de la enorme frustración que forzosamente ello conlleva. En este sentido, sus tres protagonistas se sienten atrapados en un cuerpo que no les corresponde y en una sociedad en la que tampoco encajan.

Las anécdotas que rodearon el rodaje fueron múltiples y peliagudas. De entrada porque, a punto de comenzarlo, uno de los actores inicialmente previstos se echó atrás, por lo que hubo de ser sustituido por Joan Ferrer. A lo que habría que sumar el temor de Garay a que otro de los dos restantes fuese retenido por su familia, por lo que cada mañana oteaba el horizonte preocupado hasta verlo aparecer. Y, por si fuera poco, la Guardia Civil se plantó en Santander exigiendo el permiso de rodaje, algo que, afortunadamente, por aquel entonces había dejado de ser obligatorio.

Paula (Quique Rada) interpretando su peculiar versión de "Aline"

Confiesa Garay que si lograron rodar en el Palacio de la Magdalena fue gracias a que tenía un amigo concejal en el ayuntamiento. Lo cual le vino muy bien para reconducir la historia que quería contar hacia el universo imaginado en Rebeca por Daphne du Maurier, ya que, de hecho, Quique Rada pretendía originariamente hacer de reina de Inglaterra... De modo que el estilo arquitectónico del edificio, a medio camino entre casona cántabra y mansión de los Tudor, resultaba idóneo para recrear ese psiquiátrico fantasmagórico junto a los abruptos acantilados del cantábrico que trascendía lo que en la adaptación de Hitchcock era apenas una mala maqueta.

En cuanto a los momentos álgidos del filme, destacan especialmente dos por su intensidad dramática: en uno podemos ver a Ocaña recitando la "Elegía a Ramón Sijé" de Miguel Hernández, cuyos versos han quedado tan asociados a Serrat que, en la voz del sevillano, parecen renacer con renovado ímpetu. El otro tiene como protagonista al rapsoda Pío Muriedas (1903-1992), quien declama un fragmento de "New York (oficina y denuncia)" de García Lorca.

La película participó en algunos festivales. En Rotterdam coincidió con la primera de Jarmusch (Permanent vacation) y en San Sebastián con Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (la ópera prima de Almodóvar). De modo que, en ambas ocasiones, Manderley quedó eclipsada. Por otra parte, aquí fue calificada como S, por lo que su exhibición quedó limitada a salas X, inicio del calvario que prácticamente la ha condenado, desde entonces, a la invisibilidad.


lunes, 27 de febrero de 2017

Manual de un tacaño (2016)




Título original: Radin !
Director: Fred Cavayé
Francia, 2016, 89 minutos

Manual de un tacaño (2016)


Nihil novum sub sole... Primero fue Plauto. Siglos más tarde, Molière. Y ahora Dany Boon bajo la dirección de Fred Cavayé. El que un personaje arquetípico sea la enésima versión de un vicio profundamente vinculado a la condición humana parece no suponer impedimento alguno para que se siga explotando su vis cómica. Así pues, ya se trate del Euclión romano de la Aulularia (o Comedia de la olla) o bien del barroco Harpagón protagonista de L'avare, lo cierto es que, desde que el mundo es mundo, periódicamente se ha ido poniendo al día la figura del tacaño, y siempre con notable éxito. De lo cual cabe deducir que a los espectadores de todas las épocas siempre les ha gustado ver la pintura exagerada de ciertos defectos, máxime cuando se trata de ridiculizarlos sin ambages.

En Radin !, que aquí se ha titulado con el más explícito Manual de un tacaño, Dany Boon toma el relevo de Louis de Funès, quien ya interpretara al avaro personaje en 1980. Sólo que esta vez no se trata de una adaptación del clásico teatral, sino más bien de una libre lectura de un terreno que en su momento ya exploraron Jacques Tati o Rowan Atkinson. Porque el François Gautier que interpreta Boon debe mucho (y no hay más que echar un vistazo al póster del filme para darse cuenta de ello) a Mr. Bean o a Monsieur Hulot. La diferencia estriba en que éste sí que habla, quizá porque se enmarca en una tradición cómica basada más en el diálogo que en el mimo (Mr. Bean y Monsieur Hulot son, en ese sentido, bastante chaplinescos).



Para humanizar un tanto al personaje, se le convierte en virtuoso violinista, se le busca una partenaire que bebe los vientos por él (Laurence Arné) y, finalmente, aparece una hija adolescente de cuya existencia el buen hombre no tenía ni idea (Noémie Schmidt). Rotundamente inverosímil, se nos dirá. Cierto, pero en la comedia (como en el amor y en la guerra) todo vale. Y, por si fuera poco, Laura cree que su padre es en realidad una especie de filántropo que dedica el dinero que ahorra a mantener un orfelinato en Méjico.

Aquí no hay trampa ni cartón: quien vaya al cine a ver las correrías de este tacaño sabe perfectamente a lo que va. Es decir, que Dany Boon, en virtud del estrellato que detenta desde hace tiempo, posee un público predispuesto a reírle todas y cada una de las gracias. Y los avispados productores, conscientes de ello, se valen de argumentos infalibles: un taxista simpático (Mon meilleur ami), un estricto agente de aduanas (Rien à déclarer) o un provinciano enamorado de una parisina (Lolo). Eso cuando no tiran de los arquetipos molierescos, porque, aparte del avaro, hace tres años ya vimos al mismo actor dirigir y protagonizar Supercondríaco, traslación al siglo XXI de Le malade imaginaire. ¿Qué será lo siguiente? ¿Tartuffe? ¿Le Misanthrope? Lo mismo da: sea lo que sea seguro que tiene éxito y nos lo venderán después bajo la etiqueta de "la comedia del año en Francia".


domingo, 26 de febrero de 2017

El hombre que viajaba despacito (1957)




Director: Joaquín Luis Romero Marchent
España, 1957, 80 minutos

El hombre que viajaba despacito (1957)


No se puede decir que haya envejecido muy bien esta comedia protagonizada por el sin par Miguel Gila (1919-2001). En todo caso, él sí que guardaba un grato recuerdo de ella, siendo prácticamente la única, de las veintiséis películas en las que participó, de la que solía hablar en términos positivos al cabo de los años. En fin, algo debía de tener cuando hasta el NO-DO (Nº 738 B, Año XV) se hizo eco del rodaje de sus exteriores en Móstoles.

Los créditos iniciales daban fe de otra de las habilidades del humorista, quizá menos conocida hoy en día: la de dibujante. Suyas son las caricaturas que acompañan a los nombres del reparto mientras suena la banda sonora compuesta por Jesús Franco, quien también ejerció como ayudante de dirección de Joaquín L. Romero Marchent.

Además de humorista, Gila fue también un notable dibujante

Es indudable que Gila borda el papel de pueblerino (lo interpretó, de hecho, toda la vida en sus célebres monólogos televisivos pegado al teléfono), aunque el problema en El hombre que viajaba despacito tal vez estriba en el hecho de que el guion carece totalmente de fundamento. La historia de un paisano que se casa mientras hace la mili y luego es padre, seguida del extraño periplo que debe recorrer hasta reunirse con su esposa Marta (Licia Calderón) para conocer al bebé carece totalmente de fundamento. Se podría objetar que ello es debido a que el humor de Gila tuvo siempre un componente surrealista considerable, pero aun así hay que reconocer que, cinematográficamente hablando, lo que le funcionaba a las mil maravillas sobre el escenario de una sala de fiestas o en los platós de televisión no resulta igual de convincente en pantalla. ¿Era Gila un artista que ganaba en las distancias cortas? Pues probablemente. Tal vez el cine no era el formato ideal para su humor, como tampoco puede decirse que sean hoy asumibles sus bromas sobre gitanos.

De todos modos, sí que conviene señalar algunos aciertos contenidos en el filme. Como esa escena inicial, en la que Gila se halla encaramado en el cañón de un tanque y que tanto recuerda a El gran dictador de Chaplin. O aquel payaso que interpreta en la plaza de un pueblo y que tiene algo de felliniano. Eso es lo bueno del cine: que, si uno escarba un poco, siempre salen a relucir referencias cinéfilas. Aunque estén pilladas por los pelos y sea en una película teóricamente menor.


sábado, 25 de febrero de 2017

Otra vuelta de tuerca (1985)




Director: Eloy de la Iglesia
España, 1985, 113 minutos



Habíamos escuchado la historia sentados alrededor del fuego y casi sin respirar, pero, aparte decir que era horripilante, como debiera serlo un cuento extraño, contado en una casa vieja la víspera de Navidad, no recuerdo que se hiciera ningún otro comentario hasta que a alguien se le ocurrió decir que era el único caso que conocía en que un castigo como ése hubiera ido a caer sobre un niño.

Henry James
The turn of the screw
(Traducción de Soledad Silió)

Para quienes asocien el nombre de Eloy de la Iglesia únicamente con historias de quinquis drogadictos, tipo Colegas o El pico, o incluso con títulos de un realismo rayano en la violencia exacerbada, como La semana del asesino o La estanquera de Vallecas, a buen seguro quedarán sorprendidos si no tenían constancia de su versión del clásico de Henry James. Porque Otra vuelta de tuerca destaca por una cuidadísima dirección artística así como por la contención de su puesta en escena.



Tiene, además, la particularidad de que adapta el universo victoriano y gótico de la novela original al paisaje vasco, con lo que el pequeño Miles pasa a ser el adolescente Mikel (Asier Hernández), Mrs. Grose es el ama de llaves Antonia (Queta Claver) y Miss Giddens la institutriz será ahora un hombre, el joven maestro Roberto (Pedro Mari Sánchez), antiguo seminarista de origen humilde que, tras colgar los hábitos y ser contratado por el Conde de Etxeberría (Luis Iriondo) para que se haga cargo de la educación de sus sobrinos, deberá enfrentarse a los angustiosos espectros que alberga la elegante mansión familiar en la costa: la Villa de los Leones.

Viéndola, es fácil que a uno le vengan enseguida a la mente películas como Los otros (también rodada a orillas del Cantábrico a partir de un guion en teoría del propio Amenábar, pero claramente inspirado en el relato de Henry James) o Suspense (The Innocents, 1961) de Jack Clayton, ésta sí adaptación oficiosa, llevada a cabo por, entre otros guionistas, Truman Capote.



Pero, a pesar de todo, y aun tratándose de un clásico de la literatura universal, la fuerte personalidad de Eloy de la Iglesia se sigue palpando en el ambiente como acontece en el resto de su filmografía: lo mismo en la atracción malsana entre hermanos que en las dudas que atormentan a Roberto, sería perfectamente posible reconocer un estilo, una similar caligrafía a la presente en filmes de temática teóricamente distinta como El diputado, en definitiva, la marca de fábrica de un autor tan intenso como autodestructivo.


viernes, 24 de febrero de 2017

L'orsalhèr (1984)




Título en francés: Le montreur d'ours
Director: Jean Fléchet
Francia, 1982-84, 105 minutos

El exhibidor de osos (1982) de Jean Fléchet


Mucho antes de que el francés Jean-Jacques Annaud acometiese el proyecto de El oso (L'ours, 1988), su compatriota Jean Fléchet rodó en régimen de cooperativa esta producción a propósito de un joven que, en la Occitania del siglo XIX, decide abandonar a sus padres, a sus seis hermanos y a su novia para echarse a los caminos con un osezno que, tras ser capturado y haberlo domesticado, le servirá de reclamo con la finalidad de atraer a los lugareños.

Gaston Sentein (Patrice Icart) se convierte así en l'orsalhèr, figura mítica de la región de Ariège que se gana la vida no sólo exhibiendo al plantígrado como atracción sino también pregonando las propiedades mágicas o curativas del animal. En ese orden de cosas, lo mismo veremos sanar a una anciana tras montarse en él que, en otra de las secuencias de la película, al oso mostrando sus habilidades con unos pañuelos sobre los que acto seguido se abalanzará la concurrencia, ávida por comprarlos.



Desde la primera escena, el espectador es consciente, por lo tanto, de hallarse ante un filme en el que la naturaleza ofrece su lado más conmovedor, con ese pajarillo que conversa con el protagonista y que reaparecerá en el desenlace. Al mismo tiempo, la historia de Gaston, narrada en paralelo por los aldeanos, ya sea a la orilla del fuego o en forma de aleluyas, adquiere un componente legendario, por lo que tiene de relato de aprendizaje, tanto a nivel personal como ideológico. Es decir: que no sólo asistimos al proceso madurativo del personaje, como consecuencia de las situaciones que vivirá a lo largo de su periplo, sino también a su evolución ideológica, fruto de entrar en contacto con individuos como ese anciano parsimonioso, siempre caminando a saltitos con un enorme cesto a cuestas, al que irá reencontrando por los caminos de forma recurrente o el librero ambulante (que le hará leer a Proudhon, concretamente ¿Qué es la propiedad?, panfleto anarquista publicado en 1840). De ahí que Gaston acabe cuestionándose su propia trayectoria: ¿tenía realmente derecho a apropiarse de la libertad del oso en beneficio propio?

En todo caso, y en clave alegórica, se podría establecer que la suerte del animal corre paralela a la del hombre, ya que si uno es arrancado de la naturaleza para ser domesticado, Gaston también abandonará la lengua gascona de su pueblo natal en beneficio del francés ("la lengua de los señores", tal y como le dice el párroco) que aprenderá en Toulouse. De modo que L'orsalhèr (1984) es algo más que una película sobre el folclore y las tradiciones ancestrales occitanas (conviene destacar, al respecto, la presencia en el reparto de la cantante Rosina de Pèira, en el papel de madre de Gaston), ya que encierra un claro mensaje combativo de resistencia de las lenguas regionales frente a la hegemonía francófona. ¿O acaso no es ya, en sí mismo, una declaración de intenciones el hecho de rodar un largometraje de ficción en occitano?