domingo, 14 de junio de 2026

Alléluia (2014)




Director: Fabrice du Welz
Bélgica/Francia, 2014, 93 minutos

Alléluia (2014) de Fabrice du Welz 


La pasión que une a la pareja protagonista de Alléluia (2014) presenta todos los síntomas de lo que tradicionalmente se ha denominado, sobre todo en el ámbito artístico, amour fou. Un cuadro clínico cuya principal característica reside en la necesidad imperiosa de controlar al objeto de deseo más allá de toda cuestión razonable. Ello es lo que le ocurre a Gloria (Lola Dueñas), locamente enamorada de un individuo, de nuevo interpretado por Laurent Lucas, actor habitual en la filmografía del belga Fabrice du Welz, que se dedica a atraer a las mujeres mediante una combinación de seducción y magia negra para después aprovecharse de ellas. La sangrienta borrasca que se desata en torno a los dos hace de su relación un torbellino de consecuencias terribles para todo aquél que se cruce en su camino, especialmente si se trata de alguna de las conquistas de Michel, en general señoras mayores y, por ende, más vulnerables.

Segunda entrega de su llamada Trilogía de las Ardenas, du Welz toma como punto de partida un caso real y perturbador de la crónica negra estadounidense: los conocidos como asesinos de los "Corazones Solitarios" (Ray Fernández y Martha Beck), que ya inspiraron el clásico The Honeymoon Killers (1970) de Kastle y Volkman o Profundo Carmesí (1996) de Arturo Ripstein. Sin embargo, la propuesta de du Welz huye del biopic criminal convencional para sumergirnos en un delirio carnal, místico y claustrofóbico donde el horror nace de la dependencia emocional absoluta entre sus protagonistas.



Así pues, lo que empieza como un drama de suspense sobre timos financieros se transforma rápidamente en una espiral de celos psicóticos, ya que Gloria no soporta ver a Michel acostándose o flirteando con sus "presas". Cada mirada, cada muestra de afecto (incluso impostada) desata en ella una furia homicida. De modo que Michel, un hombre esencialmente cobarde y manipulador, se ve superado por el monstruo que él mismo ha despertado y, paradójicamente, queda atrapado por el terror y la fascinación que le produce Gloria. Hasta el extremo de que entre ambos se establece una entidad simbiótica en la que ella es la fuerza bruta y destructiva, mientras que a él le corresponde el rol de catalizador.

Tampoco el título "Alléluia" es gratuito, sino que se adivina una dimensión religiosa y ritual en el trasfondo de la película. En ese orden de cosas, el sexo, el asesinato y la devoción se confunden en una suerte de liturgia pagana. Al mismo tiempo, Gloria resulta terrorífica, cierto, pero, de algún modo, también trágica; es una mujer devorada por un vacío existencial tan grande que sólo puede llenarse con la sumisión o la destrucción. En cambio, Michel responde a un perfil que pasa de depredador seguro de sí mismo a rehén de los acontecimientos, cuya masculinidad se desmorona ante el ímpetu primitivo que representa su pareja. Una exploración salvaje del amour fou llevado a sus últimas y más sangrientas consecuencias, donde el amor ya no es una fuerza redentora, sino una enfermedad mental contagiosa y mortal.



Vinyan (2008)




Director: Fabrice du Welz
Francia/Bélgica/Reino Unido/Australia, 2008, 96 minutos

Vinyan (2008) de Fabrice du Welz 


Ésta es la historia de un matrimonio obsesionado con reencontrar a su hijo de cinco años, desaparecido tras el violento sunami que arrasó las costas tailandesas en 2004. Una búsqueda, más allá de lo razonable, en que la obstinación de la pareja no cederá ante dificultades de todo tipo, ya sean geográficas o económicas. En ese sentido, la fe ciega que ambos tienen en hallar con vida al pequeño Josh actúa de motor de un periplo marcado por el incansable empeño de Paul (Rufus Sewell) y Jeanne (Emmanuelle Béart), pero también por la falta de escrúpulos de unas mafias locales capaces de colocarles a cualquier menor con tal de cobrar la recompensa.

Al margen de esa trama principal, Vinyan (2008) supone asimismo un minucioso análisis de cómo la desesperación humana nos lleva en ocasiones a aferrarnos a la más remota de nuestras esperanzas, por muy infundadas que éstas puedan llegar a ser. De ahí que los Bellmer se adentren en las profundidades de la selva inhóspita en una odisea imprevisible que en muchos momentos puede recordar a la descrita por Coppola en su mítica Apocalipse now (1979). Con la diferencia, nada desdeñable, de que aquí el supuesto coronel Kurtz no es ningún ídolo legendario sino un tipo materialista que se hace llamar Thaksin Gao.



A medida que se internan en el corazón de las tinieblas asiático, la película abandona la narrativa lineal para sumergirse en el horror atmosférico. Así pues, la jungla de du Welz no es un simple escenario, sino más bien un organismo vivo, opresivo, sudoroso y devorador. La naturaleza se vuelve cómplice de la demencia de Jeanne, aislándolos de la civilización y sumergiéndolos en un territorio donde las reglas de los adultos ya no se aplican. En ese orden de cosas, Paul camina por la jungla arrastrado por la culpa y el amor a su esposa, sabiendo en el fondo que su hijo está muerto, mientras que Jeanne se despoja progresivamente de su humanidad y de su cordura, dispuesta a aceptar cualquier realidad, por macabra que sea, con tal de no asimilar la pérdida.

Según las creencias animistas tailandesas, un "Vinyan" es un espíritu errante, el alma en pena de alguien que sufrió una muerte violenta y no ha recibido los ritos funerarios adecuados. Son almas hambrientas, atrapadas entre dos mundos. En el tercio final, la película da un giro inesperado y brutal. La búsqueda del hijo se materializa en el encuentro con una horda de chicos salvajes, descalzos, cubiertos de barro y mudos. Estos niños, huérfanos reales de la tragedia o encarnaciones místicas de los vinyan, operan como una tribu sin moral ni compasión. Lo cual subvierte la imagen de la infancia inocente, ya que aquí los niños son una fuerza de la naturaleza implacable y terrorífica. El clímax final, de una carga freudiana y edípica sobrecogedora, ofrece una de las resoluciones más inquietantes del cine de género del siglo XXI, donde el instinto maternal se deforma hasta rozar la locura absoluta.



Calvario (2004)




Título original: Calvaire
Director: Fabrice du Welz
Bélgica/Francia/Luxemburgo, 2004, 88 minutos

Calvario (2004) de Fabrice du Welz


Un modesto cantante de variedades, de nombre artístico Marc Stevens y cuyo repertorio hace las delicias de las jubiladas que acuden a sus recitales en centros cívicos y salas de fiesta de pueblo, termina recalando con su destartalada furgoneta en las profundidades de una remota aldea perdida en medio del bosque. Lo que no imagina el bueno de Marc es que bajo la aparente calma del lugar le aguardan los más crueles suplicios...

Ópera prima del belga Fabrice du Welz, en Calvaire (2004) se daban ya cita una serie de elementos que el director de la misma iría reutilizando a partir de entonces una y otra vez, obsesivamente, a lo largo de los veinte años que, de momento, abarca su filmografía. Por ejemplo nombres como Gloria y Bartel, en esta ocasión aplicados al extraño dueño de la pensión local (Jackie Berroyer) y a la esposa que un buen día decidió abandonarlo, o la presencia de Laurent Lucas encabezando el reparto en la que supuso la primera colaboración del cineasta con su actor fetiche.



Valiéndose de una puesta en escena que pudiera recordar remotamente a clásicos como Deliverance (1972), du Welz construye, sin embargo, una pesadilla en la que no escatima emociones fuertes de todo tipo, no aptas para paladares sensibles y, al mismo tiempo, idóneas para los habituales del Festival de Sitges, adonde la película obtuvo en su momento un sonado éxito. Y es que el verdadero horror de Calvaire radica no sólo en la violencia física, sino en la aniquilación del yo. Marc vive de su imagen, de seducir (aunque sea a un público anciano) y de su voz. Pero al ser atrapado por Bartel es obligado a transformarse físicamente en Gloria. Du Welz filma este proceso no como un fetiche, sino como una violación psicológica absoluta en la que el protagonista se convierte en un lienzo en blanco sobre el que un hombre desquiciado proyecta sus traumas de abandono.

Por otra parte, el paisaje de las Ardenas no es un entorno natural precisamente hermoso, sino que se trata más bien de una trampa claustrofóbica, un limbo del que es imposible escapar. En ese sentido, si hay una secuencia que define la genialidad retorcida de la película, es la memorable escena de la taberna del pueblo. En un lugar habitado exclusivamente por hombres embrutecidos, uno de ellos comienza a tocar un piano desafinado mientras los demás bailan en un trance casi hipnótico. Una escena carente de diálogos que destila, no obstante, una tensión insoportable, capturando a la perfección la demencia colectiva de una comunidad endogámica y olvidada por el mundo. No se trata, pues, de una película cómoda, sino de un viaje en el que se subvierten las expectativas del cine de terror comercial sustituyendo los sustos fáciles por una atmósfera de degradación constante. Y es que a través de la figura de su protagonista se muestra un calvario en el sentido más bíblico de la palabra: la crucifixión de la dignidad humana en un rincón del mundo donde la cordura murió hace mucho tiempo.



martes, 9 de junio de 2026

Backrooms (2026)




Director: Kane Parsons
EE.UU./Canadá, 2026, 110 minutos

Backrooms (2026) de Kane Parsons


El enorme impacto suscitado por los vídeos que Kane Parsons ha ido publicando en YouTube durante los últimos años ha motivado que el joven, apenas un veinteañero, debute en la dirección con Backrooms (2026), interesantísimo ejercicio de terror psicológico en el que puede reconocerse, con relativa facilidad, el eco de Ari Aster o David Lynch e incluso, hilando más fino, del Kubrick de El resplandor (1980) y hasta del último tramo de 2001 (1968). Todo un complejo entramado de dimensiones paralelas, de los sucesivos presentes que ocuparon un mismo espacio, en cuyo interior quedan atrapados los personajes, víctimas de quién sabe qué traumas que tal vez proyectan sobre su entorno más inmediato.

No faltan, como suele suceder en estos casos, voces críticas respecto a un planteamiento que consideran gratuito, cuando no oportunista, equiparándolo con fenómenos precedentes en la línea de El proyecto de la bruja de Blair (1999) y similares. Sin embargo, no es menos cierto que, ya desde los tiempos de Orson Welles y su mítica versión radiofónica de La guerra de los mundos, la industria permanece siempre atenta a fichar a jóvenes promesas que pudieran reeditar en la gran pantalla el éxito de audiencia previamente obtenido en otros medios, ya fuesen la radio en aquel lejano 1938 o las plataformas y redes sociales de hoy en día.



Así pues, y en complicidad con A24, Parsons invierte sus diez millones de dólares de presupuesto en una historia de terror liminal que saca partido, con bastante acierto (todo hay que decirlo), al concepto de "no lugar" o espacios de transitoriedad, término acuñado por el antropólogo francés Marc Augé para referirse a tantísimas áreas de la vida moderna (aeropuertos, autopistas, oficinas...) pensadas para deambular por ellas, pero nunca para establecerse. Parábola física sobre la soledad del siglo XXI, dicha noción nos recuerda que el lugar más terrorífico del mundo no es una cripta gótica ni una cabaña perdida en mitad del bosque, sino un pasillo interminable alfombrado donde nadie sabe tu nombre y del que, por definición, no se puede salir.

En ese orden de cosas, el personaje de Clark (Chiwetel Ejiofor) transmite de manera desgarradora la desesperación del hombre moderno que a menudo prefiere perderse en la irrealidad amarilla de corredores laberínticos antes que afrontar su fracaso en el mundo real, mientras que Mary (Renate Reinsve) dota a la trama de una mirada clínica y empática indispensable para que no nos desentendamos de la historia, una obra de horror conceptual profundamente arquitectónica, existencialista y desoladora.